Leonardo Velecela
Poeta que considera el portal su segunda casa
La deseo con delirio insano,
como lobo, acechando en las hojas secas
entre el ramal moribundo de un otoño gris,
viviendo y muriendo despacio.
Deseo sus labios, como pirata al borde de la locura,
que busca en el tiempo oscuro del mar su
tesoro más deseado.
La deseo en el viento, en el agua, y la deseo en el sol
caliente y en mi cuerpo ardiente.
La deseo entre mis sabanas de colores,
en mis anhelos muertos en los rincones,
en mi cama triste también la deseo,
y en el tiempo vació de su día y mi noche.
La deseo en sus ojos tibios, en su cuerpo simple,
tras los palos secos de un pobre comienzo,
la deseo desde mi sitio grande
y en su condición pequeña, de tercer mundo,
en su ingenuidad y mi experiencia.
En verdad la deseo sus palabras, su sonrisa,
su cuerpo envuelto en trapos viejos,
diseñados por un pobre destino, en sus sandalias
de bajo precio, y en sus pies quemados por el sol.
La deseo, en sus senos que se escapan de su blusa descolorida,
como el sol saliente entre las colinas, sus caderas simples,
y especiales, toque sensual, su perfume natural inexistente
belleza de flor silvestre
sin joyas ni ropas de diseñador, ni calzado fino.
Así la deseo
Leonardo V.
como lobo, acechando en las hojas secas
entre el ramal moribundo de un otoño gris,
viviendo y muriendo despacio.
Deseo sus labios, como pirata al borde de la locura,
que busca en el tiempo oscuro del mar su
tesoro más deseado.
La deseo en el viento, en el agua, y la deseo en el sol
caliente y en mi cuerpo ardiente.
La deseo entre mis sabanas de colores,
en mis anhelos muertos en los rincones,
en mi cama triste también la deseo,
y en el tiempo vació de su día y mi noche.
La deseo en sus ojos tibios, en su cuerpo simple,
tras los palos secos de un pobre comienzo,
la deseo desde mi sitio grande
y en su condición pequeña, de tercer mundo,
en su ingenuidad y mi experiencia.
En verdad la deseo sus palabras, su sonrisa,
su cuerpo envuelto en trapos viejos,
diseñados por un pobre destino, en sus sandalias
de bajo precio, y en sus pies quemados por el sol.
La deseo, en sus senos que se escapan de su blusa descolorida,
como el sol saliente entre las colinas, sus caderas simples,
y especiales, toque sensual, su perfume natural inexistente
belleza de flor silvestre
sin joyas ni ropas de diseñador, ni calzado fino.
Así la deseo
Leonardo V.