Samuel Akinin
Poeta recién llegado
La desnudez
Acalla mi voz la mirada
al ver tu cuerpo desnudo.
Mis ojos te siguen tranquilos,
haciéndolo sin disimulo.
Hace un momento te cubría
un tupido manto lleno de colores.
Estabas frente a mi vista
y aquello que veía entretenido,
dejaba volar en mi consciente
las más creativas y diversas ideas
del ya pasado ayer en que tú, vestida,
decorabas el grato sentir de mi afecto.
Sin consentimiento alguno y sin impedimento,
sin aviso previo, el viento que viene del norte
llega, arrancando suspiros del suelo.
Lo hace casi sin saber lo que hace,
sin tener misericordia o dar consuelo.
Y mientras quedan tus brazos desnudos
sin remedio, arrancan de mí un suspiro.
Luego vengo, te observo de arriba abajo,
descubro ya todo tu cuerpo desnudo,
casi inerte, a este punto, levanto la vista
curioso, miro con detenimiento al cielo;
cierto rubor aflora mi desconcierto.
¿Será la ley divina, la Naturaleza sabia,
las estaciones o cualquier cosa santa?
Tras el desnudarse de todo tu entorno,
una vez, con el nuevo cuerpo desvestido
observé y pude apreciar el contorno
que a la vista me estaba escondido.
Tus hijos caídos, apenas recién apagados
a mi pesar, mostraban tus ramas desnudas,
eran cual fantasmas que no dicen nada,
ésos mismos que nada hoy los aqueja
o peor aún, que nada pareciera las llamara
pues saben que más pronto que tarde
volverá a reinar la primavera y entonces
retornarán las hojas a cubrir sus ramas.
Y mi árbol, que ahora luce desnudo, renacerá
como hasta hoy lo ha hecho, con orgullo,
para que lo pueda apreciar desde mi ventana.
Samuel Akinin Levy
Acalla mi voz la mirada
al ver tu cuerpo desnudo.
Mis ojos te siguen tranquilos,
haciéndolo sin disimulo.
Hace un momento te cubría
un tupido manto lleno de colores.
Estabas frente a mi vista
y aquello que veía entretenido,
dejaba volar en mi consciente
las más creativas y diversas ideas
del ya pasado ayer en que tú, vestida,
decorabas el grato sentir de mi afecto.
Sin consentimiento alguno y sin impedimento,
sin aviso previo, el viento que viene del norte
llega, arrancando suspiros del suelo.
Lo hace casi sin saber lo que hace,
sin tener misericordia o dar consuelo.
Y mientras quedan tus brazos desnudos
sin remedio, arrancan de mí un suspiro.
Luego vengo, te observo de arriba abajo,
descubro ya todo tu cuerpo desnudo,
casi inerte, a este punto, levanto la vista
curioso, miro con detenimiento al cielo;
cierto rubor aflora mi desconcierto.
¿Será la ley divina, la Naturaleza sabia,
las estaciones o cualquier cosa santa?
Tras el desnudarse de todo tu entorno,
una vez, con el nuevo cuerpo desvestido
observé y pude apreciar el contorno
que a la vista me estaba escondido.
Tus hijos caídos, apenas recién apagados
a mi pesar, mostraban tus ramas desnudas,
eran cual fantasmas que no dicen nada,
ésos mismos que nada hoy los aqueja
o peor aún, que nada pareciera las llamara
pues saben que más pronto que tarde
volverá a reinar la primavera y entonces
retornarán las hojas a cubrir sus ramas.
Y mi árbol, que ahora luce desnudo, renacerá
como hasta hoy lo ha hecho, con orgullo,
para que lo pueda apreciar desde mi ventana.
Samuel Akinin Levy
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