La Diabólica Violación

Edouard

Poeta adicto al portal
En la quejumbrosa noche glacial de difuntos, un enterrador de amortajada tez diabólica profana la santa cripta donde reposan los restos óseos de un obispo. Que en tenue neblina de un noviembre calamitoso son robados de su mullido catafalco para realizar con ellos perversos rituales frente al flamear ídolo cavernoso de las profundidades abismales. Al principio, nuestro severo nigromante abre un negro saco para desvalijar todo dorado objeto de culto que su candil de aceite ilumina pesaroso y a intermitencias. A continuación introduce tanto el cráneo como las osamentas del divino interventor del dios de los santos. Cuando ya ha realizado tal vil faena suelta de su nociva boca sin dientes un suspiro de impenetrable satisfacción. Sale del camposanto; en dirección a la capilla pequeña donde se congrega la ralea más lamentable del populacho degenerado. Cuando entra con un chirriar funesto de la podrida puerta en el malsano escondrijo del nazareno, los entes crapulosos se adueñan de la mortuoria bolsa y, sacando los pedazos esqueléticos, los colocan sobre el altar de las desvariaciones. Prenden a cada lado un cirio negro y musitan palabras fervientes de descomposición. Sin más demora, un fuego pútrido y efervescente se enciende; dibujándose en aquel la mirada gris del Demonio que escupe bilis sobre el esqueleto hecho ya polvo y arrojado por una enigmática conmoción al frío pavimento. Donde se arremolina en un efímero segundo para escapar por la entreabierta puerta de la feligresía.
 

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