No sé medirla.
He intentado calcularla con la razón de los hombres prudentes, con las reglas que nos enseñaron para no perdernos, pero siempre fracaso.
Porque la distancia entre tu nombre y mi pecado no se mide en kilómetros.
Se mide en insomnios.
En silencios.
En todas las veces que prometí olvidarte y terminé pronunciándote por dentro.
Tu nombre es apenas una palabra.
Un puñado de letras.
Pero cuando aparece en mi pensamiento, despierta una región salvaje de mi alma que creía dormida.
Y entonces llega el pecado.
No el de los libros.
No el de los altares.
Sino el de desear aquello que jamás debí mirar dos veces.
El de imaginar futuros imposibles.
El de encontrar refugio en una presencia que no me pertenece.
Desde entonces vivo calculando distancias absurdas:
la que existe entre tu voz y mi cordura,
entre tu ausencia y mi nostalgia,
entre la calma que aparento y el incendio que escondo.
A veces creo haber encontrado la respuesta.
Pienso que la distancia exacta entre tu nombre y mi pecado es una mirada.
El tiempo que tarda una canción en herirme.
El espacio diminuto entre un "debo olvidarte" y un "ojalá estuvieras aquí".
Pero vuelvo a recordarte y toda medida se vuelve inútil.
Porque hay personas que desafían la lógica.
alteran el orden de los días.
Que convierten la memoria en tentación.
Y quizás por eso nunca descubriré la distancia exacta entre tu nombre y mi pecado.
Porque ambos viven demasiado cerca.
Tan cerca,
algunas noches sospecho que son la misma palabra,
pronunciada con distinta culpa.
He intentado calcularla con la razón de los hombres prudentes, con las reglas que nos enseñaron para no perdernos, pero siempre fracaso.
Porque la distancia entre tu nombre y mi pecado no se mide en kilómetros.
Se mide en insomnios.
En silencios.
En todas las veces que prometí olvidarte y terminé pronunciándote por dentro.
Tu nombre es apenas una palabra.
Un puñado de letras.
Pero cuando aparece en mi pensamiento, despierta una región salvaje de mi alma que creía dormida.
Y entonces llega el pecado.
No el de los libros.
No el de los altares.
Sino el de desear aquello que jamás debí mirar dos veces.
El de imaginar futuros imposibles.
El de encontrar refugio en una presencia que no me pertenece.
Desde entonces vivo calculando distancias absurdas:
la que existe entre tu voz y mi cordura,
entre tu ausencia y mi nostalgia,
entre la calma que aparento y el incendio que escondo.
A veces creo haber encontrado la respuesta.
Pienso que la distancia exacta entre tu nombre y mi pecado es una mirada.
El tiempo que tarda una canción en herirme.
El espacio diminuto entre un "debo olvidarte" y un "ojalá estuvieras aquí".
Pero vuelvo a recordarte y toda medida se vuelve inútil.
Porque hay personas que desafían la lógica.
alteran el orden de los días.
Que convierten la memoria en tentación.
Y quizás por eso nunca descubriré la distancia exacta entre tu nombre y mi pecado.
Porque ambos viven demasiado cerca.
Tan cerca,
algunas noches sospecho que son la misma palabra,
pronunciada con distinta culpa.