jorgeaa
Poeta recién llegado
El teléfono sonando desde muy temprano,
escuché a mi madre sollozando,
unas flores incoloras yacían en el piso;
ahora este parece tan amargo e inestable
que ya casi no lo reconozco.
La lista de espera,
que rebotaba de un lugar al otro,
dentro la burocracia del Estado,
autor de tantos epitafios,
había cumplido de nuevo su labor .
La reticencia batalla contra la realidad;
poco a poco me hago de la idea,
que mi nombre militaría,
en esa espera desesperanzada,
aguardando el día; ese día,
manufacturado para no llegar.
Prefiero no contar,
las lunas venideras,
ni los otoños inexorables,
ni los bufones que vienen,
o los bufones que se van.
¿Existe una ironía en el huérfano limosneando al vil ladrón?
¿Es acaso la vida, una sátira para esos que existen pero ya no viven?
¿Por qué lloraba entonces mamá?
La vecina había fallecido,
dejando atrás a un hombre inapreciable,
que hacía hasta lo imposible,
y una niña inocente
que comenzaba el kindergarten.
El cáncer mató a mi vecina,
murmuraban las viejas del vecindario.
¡Insensatas, el cáncer no mató a mi vecina!
Replicaba con vehemencia.
Ella padeció una enfermedad,
más engorrosa aún;
una enfermedad sin salida,
sin cura,
sin tratamientos;
a la deriva,
a la espera de la muerte.
Esa enfermedad que todos padecemos,
ésa enfermedad,
que actúa como nuestra tutora,
aquella llamada,
Instituto Guatemalteco de Seguridad Social.
Jorge Aguilar Amado
escuché a mi madre sollozando,
unas flores incoloras yacían en el piso;
ahora este parece tan amargo e inestable
que ya casi no lo reconozco.
La lista de espera,
que rebotaba de un lugar al otro,
dentro la burocracia del Estado,
autor de tantos epitafios,
había cumplido de nuevo su labor .
La reticencia batalla contra la realidad;
poco a poco me hago de la idea,
que mi nombre militaría,
en esa espera desesperanzada,
aguardando el día; ese día,
manufacturado para no llegar.
Prefiero no contar,
las lunas venideras,
ni los otoños inexorables,
ni los bufones que vienen,
o los bufones que se van.
¿Existe una ironía en el huérfano limosneando al vil ladrón?
¿Es acaso la vida, una sátira para esos que existen pero ya no viven?
¿Por qué lloraba entonces mamá?
La vecina había fallecido,
dejando atrás a un hombre inapreciable,
que hacía hasta lo imposible,
y una niña inocente
que comenzaba el kindergarten.
El cáncer mató a mi vecina,
murmuraban las viejas del vecindario.
¡Insensatas, el cáncer no mató a mi vecina!
Replicaba con vehemencia.
Ella padeció una enfermedad,
más engorrosa aún;
una enfermedad sin salida,
sin cura,
sin tratamientos;
a la deriva,
a la espera de la muerte.
Esa enfermedad que todos padecemos,
ésa enfermedad,
que actúa como nuestra tutora,
aquella llamada,
Instituto Guatemalteco de Seguridad Social.
Jorge Aguilar Amado