Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
La calle permanece sombría en la noche que, bien entrada, sólo permite a la luna poner un punto de luz velada. En la calle una casa. En la casa una ventana baja, de reja forjada y macetas con claveles. Hay silencio, un silencio que se podría tocar con las manos; todas las luces apagadas.
Con todo cuidado, evitando hacer cualquier ruido, Santiago se acerca a la ventana. Pega a ella el oído y comprueba con alivio que no se escucha nada. Acompañado por sus amigos, llevan ramas cortadas de los álamos de junto al río y de los olmos del camino viejo, el que lleva a los páramos. Colocan con cuidado las ramas rodeando la ventana. Un marco verde acoge la reja como un brote de primavera. Sobre las ramas, adornando colocan las campánulas azules que traen recogidas en un cesto. A continuación los narcisos recogidos en los campos altos, son colocados primorosamente, intercalados con los racimos de lilas que han cortado del lilar del tío Juan, a quien pidieron permiso esta misma tarde, y los lirios del jardín del propio Santiago.
A veces tienen que auparse unos a otros para llegar a donde quieren colocar las flores y lo hacen sofocando las risas y con el más serio de los cuidados.
Cuando ya está todo bien presentado y Santiago se encuentra conforme, se despide la cuadrilla hasta la mañana a primera hora.
“No dejéis de tener preparados los instrumentos”, comenta Enrique, "que mañana damos diana".
La noche va trascurriendo lenta, como si no quisiera amanecer nunca. Santiago recuerda el cantar:
“Esta noche los mozos
tienen quimera,
por la cinta del pelo
de una morena”
Al fin y a la postre, el día se dibuja y trae la amanecida ilusiones de enamorado. Bien arreglado, como domingo que es, peinado con un poco de brillantina que le dome el cabello rebelde y puesta la colonia que le regaló su hermana por Navidad, se dirige llevando en la mano el laúd, a la plaza donde han quedado los amigos. Cuando llega, ya están allí Javier, Enrique, Manolo y José que llega a la vez que él.
Todos juntos, afinan sus instrumentos y combaten el relente de la mañana con una copa de aguardiente y una rosquillas que ha llevado Javier.
Con parsimonia y en silencio, llegan a la casa de Lucía. Unos instantes para calmar los nervios y a continuación comienzan a sonar los instrumentos. La música llena la calle, se abren ventanas en las casas cercanas, por las que asoman caras de gentes curiosas. Por fin, la ventana de la reja, abre sus cuarterones y la voz de Santiago ronda:
“A tu puerta la enramada
con clavelina de amor.
No te ha enramado Don Carlos,
ni tampoco un labrador,
que te ha enramado tu amante
con su fuerza y su valor…”
Lucía mira con asombro la enramada y luego, con arrobo, contempla a Santiago. Una sonrisa feliz se dibuja en su cara.
El cantar es promesa de amores serios.
Nota: Las estrofas entrecomilladas, corresponden a cantos de ronda populares de mi tierra
Con todo cuidado, evitando hacer cualquier ruido, Santiago se acerca a la ventana. Pega a ella el oído y comprueba con alivio que no se escucha nada. Acompañado por sus amigos, llevan ramas cortadas de los álamos de junto al río y de los olmos del camino viejo, el que lleva a los páramos. Colocan con cuidado las ramas rodeando la ventana. Un marco verde acoge la reja como un brote de primavera. Sobre las ramas, adornando colocan las campánulas azules que traen recogidas en un cesto. A continuación los narcisos recogidos en los campos altos, son colocados primorosamente, intercalados con los racimos de lilas que han cortado del lilar del tío Juan, a quien pidieron permiso esta misma tarde, y los lirios del jardín del propio Santiago.
A veces tienen que auparse unos a otros para llegar a donde quieren colocar las flores y lo hacen sofocando las risas y con el más serio de los cuidados.
Cuando ya está todo bien presentado y Santiago se encuentra conforme, se despide la cuadrilla hasta la mañana a primera hora.
“No dejéis de tener preparados los instrumentos”, comenta Enrique, "que mañana damos diana".
La noche va trascurriendo lenta, como si no quisiera amanecer nunca. Santiago recuerda el cantar:
“Esta noche los mozos
tienen quimera,
por la cinta del pelo
de una morena”
Al fin y a la postre, el día se dibuja y trae la amanecida ilusiones de enamorado. Bien arreglado, como domingo que es, peinado con un poco de brillantina que le dome el cabello rebelde y puesta la colonia que le regaló su hermana por Navidad, se dirige llevando en la mano el laúd, a la plaza donde han quedado los amigos. Cuando llega, ya están allí Javier, Enrique, Manolo y José que llega a la vez que él.
Todos juntos, afinan sus instrumentos y combaten el relente de la mañana con una copa de aguardiente y una rosquillas que ha llevado Javier.
Con parsimonia y en silencio, llegan a la casa de Lucía. Unos instantes para calmar los nervios y a continuación comienzan a sonar los instrumentos. La música llena la calle, se abren ventanas en las casas cercanas, por las que asoman caras de gentes curiosas. Por fin, la ventana de la reja, abre sus cuarterones y la voz de Santiago ronda:
“A tu puerta la enramada
con clavelina de amor.
No te ha enramado Don Carlos,
ni tampoco un labrador,
que te ha enramado tu amante
con su fuerza y su valor…”
Lucía mira con asombro la enramada y luego, con arrobo, contempla a Santiago. Una sonrisa feliz se dibuja en su cara.
El cantar es promesa de amores serios.
Nota: Las estrofas entrecomilladas, corresponden a cantos de ronda populares de mi tierra
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