Adalberto Martin USA
Poeta recién llegado
La enseñanza de la vida
La vida instruye callada
con tan solo la experiencia;
hace del dolor su ciencia
y del tiempo su jornada.
Su ciencia jamás prestada
se imprime sobre la herida,
y enseña que la caída
vale más que la victoria,
pues borra toda memoria
de la ilusión concedida.
Nada enseña el bien ganado
si el esfuerzo no lo ampara;
la lección que más prepara
brota del paso mal dado.
El acierto moderado
confunde la inteligencia,
mas el yerro, en su presencia,
revela ley escondida:
no hay verdad en la subida
sin error en la experiencia.
No ofrece el vivir señales
ni explica su geometría;
solo muestra, día a día,
sus fórmulas desiguales.
Da lecciones inmortales
sin doctrina ni pizarra,
pues la verdad se desgarra
cuando el ánimo se aleja;
pero en su fingida queja
se esclarece lo que narra.
Aprender es despojarse
de la máscara del ego,
y entender que todo ruego
es un modo de encontrarse.
La verdad suele ocultarse
tras el velo del error,
pues del límite interior
nace el juicio que madura;
y en la duda se asegura
la semilla del fervor.
El saber se va templando
en la fragua del intento;
y cada soplo del viento
va la duda modelando.
Nada se da reclamando,
ni el bien llega por promesa;
la verdad, que nunca cesa,
se revela en su tardanza;
pues se educa la esperanza
y se afina toda empresa.
Toda norma se disuelve
si la experiencia tropieza;
y la duda se endereza
cuando todo se resuelve.
El deseo que se envuelve
en su sombra fugitiva
deja al alma pensativa,
y el mundo, en su movimiento,
enseña que el pensamiento
solo en el dudar se aviva.
La experiencia, madre austera,
guarda en sí todo secreto;
y de su rigor discreto
brota la luz verdadera.
Nada el alma considera
sin pasar por su balanza;
y en la suma de la andanza,
lo que el placer no confía,
lo enseña la travesía
con rigor y con templanza.
Cada instante, breve y mudo,
es maestro sin lenguaje;
pues la vida, en su engranaje,
dio sentido a lo que pudo.
Lo mortal, en lo desnudo,
halla su perpetua guía;
y en la sombra de su día
se revela lo escondido,
pues todo fin es sabido
cuando acaba la porfía.
Y la vida siempre enseña
invitando a la instrucción;
del error hace lección,
y del gozo se hace dueña.
Su verdad nunca se empeña,
mas se impone en su demora,
pues la pena que devora
es maestra del sentido,
y en su tránsito perdido
la conciencia se mejora.
Así enseña, sin querella,
la existencia en su fortuna:
que no hay luz sin su laguna
ni una verdad sin centella.
Toda huella es una estrella
que del polvo se levanta,
y en su caída quebranta
la soberbia del camino,
pues instruye lo divino
cuando el error se adelanta.
Y en cada fugaz instante
que pasa sin detenerse,
la vida empieza a perderse
tras su reflejo distante.
Se aprende con la constante
voz de dolor, contenida,
con la verdad redimida;
y el alma, en su recorrido
halla el sentido perdido
en lo que enseña la vida.
Adalberto Martín
La vida instruye callada
con tan solo la experiencia;
hace del dolor su ciencia
y del tiempo su jornada.
Su ciencia jamás prestada
se imprime sobre la herida,
y enseña que la caída
vale más que la victoria,
pues borra toda memoria
de la ilusión concedida.
Nada enseña el bien ganado
si el esfuerzo no lo ampara;
la lección que más prepara
brota del paso mal dado.
El acierto moderado
confunde la inteligencia,
mas el yerro, en su presencia,
revela ley escondida:
no hay verdad en la subida
sin error en la experiencia.
No ofrece el vivir señales
ni explica su geometría;
solo muestra, día a día,
sus fórmulas desiguales.
Da lecciones inmortales
sin doctrina ni pizarra,
pues la verdad se desgarra
cuando el ánimo se aleja;
pero en su fingida queja
se esclarece lo que narra.
Aprender es despojarse
de la máscara del ego,
y entender que todo ruego
es un modo de encontrarse.
La verdad suele ocultarse
tras el velo del error,
pues del límite interior
nace el juicio que madura;
y en la duda se asegura
la semilla del fervor.
El saber se va templando
en la fragua del intento;
y cada soplo del viento
va la duda modelando.
Nada se da reclamando,
ni el bien llega por promesa;
la verdad, que nunca cesa,
se revela en su tardanza;
pues se educa la esperanza
y se afina toda empresa.
Toda norma se disuelve
si la experiencia tropieza;
y la duda se endereza
cuando todo se resuelve.
El deseo que se envuelve
en su sombra fugitiva
deja al alma pensativa,
y el mundo, en su movimiento,
enseña que el pensamiento
solo en el dudar se aviva.
La experiencia, madre austera,
guarda en sí todo secreto;
y de su rigor discreto
brota la luz verdadera.
Nada el alma considera
sin pasar por su balanza;
y en la suma de la andanza,
lo que el placer no confía,
lo enseña la travesía
con rigor y con templanza.
Cada instante, breve y mudo,
es maestro sin lenguaje;
pues la vida, en su engranaje,
dio sentido a lo que pudo.
Lo mortal, en lo desnudo,
halla su perpetua guía;
y en la sombra de su día
se revela lo escondido,
pues todo fin es sabido
cuando acaba la porfía.
Y la vida siempre enseña
invitando a la instrucción;
del error hace lección,
y del gozo se hace dueña.
Su verdad nunca se empeña,
mas se impone en su demora,
pues la pena que devora
es maestra del sentido,
y en su tránsito perdido
la conciencia se mejora.
Así enseña, sin querella,
la existencia en su fortuna:
que no hay luz sin su laguna
ni una verdad sin centella.
Toda huella es una estrella
que del polvo se levanta,
y en su caída quebranta
la soberbia del camino,
pues instruye lo divino
cuando el error se adelanta.
Y en cada fugaz instante
que pasa sin detenerse,
la vida empieza a perderse
tras su reflejo distante.
Se aprende con la constante
voz de dolor, contenida,
con la verdad redimida;
y el alma, en su recorrido
halla el sentido perdido
en lo que enseña la vida.
Adalberto Martín