Kabuki
Poeta recién llegado
La envidia de los lores
Mi mujer es una belleza exótica
de Guatemala parida por el útero de un volcán.
Mi niña es un capullo de magnolias ebrias
y petunias de un Redwood Tree.
Ellas no conocen el charol ni el carey. Ella
pasea descalza en esa alameda de bustos de Otón.
Mi madre es una mujer joven, joven y bella,
ella tararea osole mio mientras dibuja
espectros de ojos de plato y meniscos de cubo
al doctor de Psicoanalítica.
A veces mi hermano lo ve, y se burla de Jung,
de Lacan, de Roschard. Yo no le creo.
Entonces me dice: chico morfina
la aguja no tiene plumas para volar.
Mi papá es un cerebro, un cráneo,
un proto-revolucionario de una causa ortodoxa,
un primate de color piel, un Einstein
de doble barriga.
Yo los quiero a todos, a todos estos personajes
de mi patética vida, los quiero como el barco
Teseo del ultimo pirata galés,
como el cañón que estallo en U$A en 1776,
como el pincel muerto del vivo Goya.
Pero los osos flacudos y las boas de estanque
me disparan en la rodilla y me pinchan
el lóbulo raquídeo. Me extienden la mano
escoriada de llagas para poder pegarme su lepra.
Pues ellos no añoran que me muera,
ellos desean que la flor del Tíbet y de oro
se agosten. Se sequen.
Como su jaula de barrotes de plateadas espadas,
tal castillo de Drácula donde
yacen empalados sus torsos obesos
de psoriasis estrías, vahas por el látigo del nervio.
Envidia-neuro, de la que no deja comer porque
la lengua se enrola como huso de hilandera avara.
Como rueda de prehistoria que no desea
ser parte de la historia.
Arden sus ollas, y se confunden los niños
de rostros redondos, dudan si es para la sopa
o para la tina.
-¡No!, es más terrible aún- les dice un viejo cura
de brazo peludo- ese lugar es para
poder morderte, chuparte la
sangre y estrangular.
Los niños van huyendo, uno se queda.
Oh.
Mi mujer es una belleza exótica
de Guatemala parida por el útero de un volcán.
Mi niña es un capullo de magnolias ebrias
y petunias de un Redwood Tree.
Ellas no conocen el charol ni el carey. Ella
pasea descalza en esa alameda de bustos de Otón.
Mi madre es una mujer joven, joven y bella,
ella tararea osole mio mientras dibuja
espectros de ojos de plato y meniscos de cubo
al doctor de Psicoanalítica.
A veces mi hermano lo ve, y se burla de Jung,
de Lacan, de Roschard. Yo no le creo.
Entonces me dice: chico morfina
la aguja no tiene plumas para volar.
Mi papá es un cerebro, un cráneo,
un proto-revolucionario de una causa ortodoxa,
un primate de color piel, un Einstein
de doble barriga.
Yo los quiero a todos, a todos estos personajes
de mi patética vida, los quiero como el barco
Teseo del ultimo pirata galés,
como el cañón que estallo en U$A en 1776,
como el pincel muerto del vivo Goya.
Pero los osos flacudos y las boas de estanque
me disparan en la rodilla y me pinchan
el lóbulo raquídeo. Me extienden la mano
escoriada de llagas para poder pegarme su lepra.
Pues ellos no añoran que me muera,
ellos desean que la flor del Tíbet y de oro
se agosten. Se sequen.
Como su jaula de barrotes de plateadas espadas,
tal castillo de Drácula donde
yacen empalados sus torsos obesos
de psoriasis estrías, vahas por el látigo del nervio.
Envidia-neuro, de la que no deja comer porque
la lengua se enrola como huso de hilandera avara.
Como rueda de prehistoria que no desea
ser parte de la historia.
Arden sus ollas, y se confunden los niños
de rostros redondos, dudan si es para la sopa
o para la tina.
-¡No!, es más terrible aún- les dice un viejo cura
de brazo peludo- ese lugar es para
poder morderte, chuparte la
sangre y estrangular.
Los niños van huyendo, uno se queda.
Oh.