Bender Carvajal
Poeta recién llegado
Hoy no, lo siento
La poesía hoy se viene maldita, mala.
Pido disculpas por la sangre derramada,
por la geología perversa de estos versos,
por la pobreza que tengo
y con la que no te tuve
Hoy hablamos del corazón muerto a palos,
de la orina sobre el pecho
cicatrizando heridas insanables,
de lágrimas en caravana
y no de semen fundiendo amor;
hablamos de la estupidez humana,
de la ciega aberración del alma,
de la hospitalidad del duelo,
de la condenación ingrata
que no deja amar,
del ego maldito y sin cojones,
de cagarle la vida a la nobleza
de la más dulce de todas las dulces.
Hoy tengo sílabas iracundas,
frases de luto y rompehielos,
dignidad despojada y ultrajada,
carencia de rosas taciturnas,
pero no de espinas agripadas
que a borbotones me revientan
la pus que dejas en este corazón maldecido,
maldito de querer inagotable,
de esperarte como nieve de barro
en su letargo suicida
hacia el horizonte que te has guardado
Me dueles, me dueles como la indigencia,
voy descalzo huérfano de ti,
el zarpazo de tu boca
demasiado certera
cayó sobre la poca valentía que guardaba
y me he vuelto otro cobarde
en esta tierra cargada de miedos
No hay corazón que resista
que le den de a palos
ni cordura que persista
en el precipicio de la estupidez humana.
Me queda con suerte el vano beso
de tu nunca más,
levedad y ecos en vez de latidos,
trozos de lo que fui
para ver lo que en verdad soy,
hiel torrentosa en las arterias
que tejieron tus dedos
sobre esta piel desvanecida
de sensibilidad catatónica
Por eso odio la subterraneidad
de los sentimientos,
los amargos interiores
donde se ciega el aroma de la verdad;
odio las caricias cercenadas,
la voz a medias, el entonces repentino
y maltrecho color de tu adiós;
odio los ascensores del infierno,
la gravedad que me pone a tierra
y el ser pisoteado por melodías transeúntes
que no me dejan levantar;
odio los truenos, la lluvia,
el silencio opaco del cielo
que se quiere poner a llorar;
odio la naturaleza, la conspiración del clima,
odio el silencio sin permiso de las horas,
la fragilidad de la vida, el parpadeo de las risas,
la inhospitalidad del sueño,
la simetría ausente, la curvatura inquieta y húmeda
Odio lo intransferible de las emociones,
la duda, la certeza vana,
la perpetuidad de la ingratitud,
el dolor de las noches que se vienen
como el de las noches que dejé atrás
Odio que recuerdes
que como un trueno
se me partió el alma
y entonces me puse a llover
La poesía hoy se viene maldita, mala.
Pido disculpas por la sangre derramada,
por la geología perversa de estos versos,
por la pobreza que tengo
y con la que no te tuve
Hoy hablamos del corazón muerto a palos,
de la orina sobre el pecho
cicatrizando heridas insanables,
de lágrimas en caravana
y no de semen fundiendo amor;
hablamos de la estupidez humana,
de la ciega aberración del alma,
de la hospitalidad del duelo,
de la condenación ingrata
que no deja amar,
del ego maldito y sin cojones,
de cagarle la vida a la nobleza
de la más dulce de todas las dulces.
Hoy tengo sílabas iracundas,
frases de luto y rompehielos,
dignidad despojada y ultrajada,
carencia de rosas taciturnas,
pero no de espinas agripadas
que a borbotones me revientan
la pus que dejas en este corazón maldecido,
maldito de querer inagotable,
de esperarte como nieve de barro
en su letargo suicida
hacia el horizonte que te has guardado
Me dueles, me dueles como la indigencia,
voy descalzo huérfano de ti,
el zarpazo de tu boca
demasiado certera
cayó sobre la poca valentía que guardaba
y me he vuelto otro cobarde
en esta tierra cargada de miedos
No hay corazón que resista
que le den de a palos
ni cordura que persista
en el precipicio de la estupidez humana.
Me queda con suerte el vano beso
de tu nunca más,
levedad y ecos en vez de latidos,
trozos de lo que fui
para ver lo que en verdad soy,
hiel torrentosa en las arterias
que tejieron tus dedos
sobre esta piel desvanecida
de sensibilidad catatónica
Por eso odio la subterraneidad
de los sentimientos,
los amargos interiores
donde se ciega el aroma de la verdad;
odio las caricias cercenadas,
la voz a medias, el entonces repentino
y maltrecho color de tu adiós;
odio los ascensores del infierno,
la gravedad que me pone a tierra
y el ser pisoteado por melodías transeúntes
que no me dejan levantar;
odio los truenos, la lluvia,
el silencio opaco del cielo
que se quiere poner a llorar;
odio la naturaleza, la conspiración del clima,
odio el silencio sin permiso de las horas,
la fragilidad de la vida, el parpadeo de las risas,
la inhospitalidad del sueño,
la simetría ausente, la curvatura inquieta y húmeda
Odio lo intransferible de las emociones,
la duda, la certeza vana,
la perpetuidad de la ingratitud,
el dolor de las noches que se vienen
como el de las noches que dejé atrás
Odio que recuerdes
que como un trueno
se me partió el alma
y entonces me puse a llover
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