Con una honda de fogueo, el muchacho de tez calenturienta lanza una piedra incandescente que va a dar en el ojo abierto de un enervado cíclope de estatura descomunal. Lastimado, suelta un energúmeno chillido de dolor. Y, levantándose de la tierra madre, va en pos del infeliz causante de la pendenciera afrenta. Mas la noche guarda la beatífica protección del osado lanzador. Éste corre con su arma arrojadiza hacia el espeso bosque de robles. Ahí se siente seguro. Mas escucha las pisadas tormentosas de su iracunda víctima. La cual, ciega casi, sólo ve sombras en blanco y negro. Entonces se produce un milagro. Comienza a caer de las copas de los viejos árboles una especie de polvo fino que, al contacto con el osado chaval, lo cubre de transparencia estelar. Ahora puede reír por tal arrogante fechoría. El hijo del dios de los mares jamás podrá consumar su frenética venganza.