Eduardo Morguenstern
Poeta que considera el portal su segunda casa
LA FERIA DE OJOS
Mirando aquí y allá sin darme cuenta
fue que llegué a la feria de los ojos:
Pase y vea y sea mirado a su antojo,
ojos de ocasión. Ojos en venta.
Ojos corrientes o raros o exóticos.
Aquí podrá usted reconocer
como acostumbra a mirar a otros.
Curioso entré al salón y la sorpresa
fue en mí el sentimiento escandaloso
cuando advertí que se exhibían
tras los cristales por doquiera
grandes y abiertos cientos de pares de ojos.
¡ojalá no hubiera entrado!
Muy pronto la sorpresa me dejaba
para dar paso a un horror de pesadillas
al ser herido como fui por esas vistas,
que tras el vidrio impunes me miraban.
Ví los ojos del temor que me miraban
implorándome el perdón que les negara.
Ví los impúdicos ojos de lujuria
que mi desnudez indefensa devoraban.
Ví los ávidos ojos de la envidia,
maliciosos, que mi ruina deseaban
y los hipócritas ojos que te sonríen
pero murmuran su hiel si estás de espalda.
Allá estaban los ojos tan soberbios
que te escupen su desprecio cuando miran
ignorando tus penurias y volviéndote la cara.
Ví los ojos del horror y la tortura,
suplicantes que claman por la muerte
que les libere del tormento que no acaba,
y ví los fieros ojos del sadismo
que aún si estás clavado en cruz
quiebran tus piernas y usan sus lanzas...
Los repugnantes ojos de la gula
engullendo hasta las últimas migajas,
indolentes ante el hambre de semanas...
No quise ver más, salí casi corriendo
y sentía clavadas en mi espalda
las más ruines y malévolas miradas.
Pero un brillo muy sereno me detuvo
tornando en calma paz mis ansias
y con un atractivo irresistible
desde su escaparate me llamaba:
Eran los ojos más perfectos que haya visto
con una profundidad que abisma el alma
y al contemplarlos extático no pude
contener las incontenibles lágrimas.
Eran los ojos de un dios con ojos de hombre
que con infinita compasión los míos miraban.
Purísimos como el mar azul y como el cielo,
como los ojos de los niños candorosos
mirando los ojos tan amantes de su madre.
Eran esos ojos los más bellos que haya visto,
como dos luceros en el cielo de la tarde.
Mirélos hipnotizado, no podía retirarme,
creo que estuve ahí el resto de la tarde.
Sé que fui mirado como nunca lo había sido,
por aquella mirada azul inolvidable.
Sé también que desde ahí y en adelante
si no hay inocencia y bondad en mi mirada
tal vez será mejor no mire a nadie... o no vea nada.
Eduardo Morguenstern
06 de mayo de 2009
Mirando aquí y allá sin darme cuenta
fue que llegué a la feria de los ojos:
Pase y vea y sea mirado a su antojo,
ojos de ocasión. Ojos en venta.
Ojos corrientes o raros o exóticos.
Aquí podrá usted reconocer
como acostumbra a mirar a otros.
Curioso entré al salón y la sorpresa
fue en mí el sentimiento escandaloso
cuando advertí que se exhibían
tras los cristales por doquiera
grandes y abiertos cientos de pares de ojos.
¡ojalá no hubiera entrado!
Muy pronto la sorpresa me dejaba
para dar paso a un horror de pesadillas
al ser herido como fui por esas vistas,
que tras el vidrio impunes me miraban.
Ví los ojos del temor que me miraban
implorándome el perdón que les negara.
Ví los impúdicos ojos de lujuria
que mi desnudez indefensa devoraban.
Ví los ávidos ojos de la envidia,
maliciosos, que mi ruina deseaban
y los hipócritas ojos que te sonríen
pero murmuran su hiel si estás de espalda.
Allá estaban los ojos tan soberbios
que te escupen su desprecio cuando miran
ignorando tus penurias y volviéndote la cara.
Ví los ojos del horror y la tortura,
suplicantes que claman por la muerte
que les libere del tormento que no acaba,
y ví los fieros ojos del sadismo
que aún si estás clavado en cruz
quiebran tus piernas y usan sus lanzas...
Los repugnantes ojos de la gula
engullendo hasta las últimas migajas,
indolentes ante el hambre de semanas...
No quise ver más, salí casi corriendo
y sentía clavadas en mi espalda
las más ruines y malévolas miradas.
Pero un brillo muy sereno me detuvo
tornando en calma paz mis ansias
y con un atractivo irresistible
desde su escaparate me llamaba:
Eran los ojos más perfectos que haya visto
con una profundidad que abisma el alma
y al contemplarlos extático no pude
contener las incontenibles lágrimas.
Eran los ojos de un dios con ojos de hombre
que con infinita compasión los míos miraban.
Purísimos como el mar azul y como el cielo,
como los ojos de los niños candorosos
mirando los ojos tan amantes de su madre.
Eran esos ojos los más bellos que haya visto,
como dos luceros en el cielo de la tarde.
Mirélos hipnotizado, no podía retirarme,
creo que estuve ahí el resto de la tarde.
Sé que fui mirado como nunca lo había sido,
por aquella mirada azul inolvidable.
Sé también que desde ahí y en adelante
si no hay inocencia y bondad en mi mirada
tal vez será mejor no mire a nadie... o no vea nada.
Eduardo Morguenstern
06 de mayo de 2009