A cada paso que daba aquella mujer con su gordo culo en pompa,avispados anacoretas lujuriosos se la meneaban al compás de una grandilocuente obertura de Wagner. La leche salía a raudales y el objeto pavoroso de la vil lujuria se levantaba las faldas para satisfacer el pernicioso orgasmo total de aquellos crapulosos hijos del demonio.Uno de ellos se acercó ante despampanante hembra de pechos ebrios y,con su boca famélica,succionaba del benigno pezón materno,mientras los demás,alporizados,susurraban una letanía de Ave María por semejante espécimen del sexo débil que había venido a iluminarlos en su trascendental crápula de monjes pajilleros que odiaban a muerte las frías celdas,donde el gordinflón afán del blasfemo abad no era otro que el de encerrarlos con llave maestra para que no cayesen en la tentación mortal de la carne.Pero los propósitos salvadores del esclavo santo del redentor eran piedras caídas en vano en el pozo blasfemo de las viles difamaciones.Cada noche venía el Anticristo y con ganzúas sacrílegas sacaba de sus pecaminosos cubiles a los ardientes monjes para que satisfaciesen sus libidos de cargante brío genital.
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