Etherea
Poeta fiel al portal
[center:1423ebb817]En medio de un jardín de mala hierba vivía una preciosa flor recién nacida.
Por una semilla de amor arropada y con lágrimas de un trágico destino concebida.
Venían a verla de un confín a otro, mas su especie nadie conocía.
Todos querían poseerla y ella, dudosa, nunca convenía.
La invitaban a ocupar museos, grandes casas, partituras, catedrales, colegios, cuadros, jardines y poesías.
Tenía el mundo a sus pies y se había vuelto altiva. No decía sí ni no y nunca se decidía.
Un misterioso joven pasaba a verla cada día. Le hablaba, la dibujaba y canciones para ella componía.
Con sus dedos dibujaba su contorno admirado, por las noches del frío la protegía.
La invitó a ocupar su corazón pero ella le respondió con mentiras e ironía.
El amaba y adoraba aquella ninfa que entre escoria se erigía.
Y a pesar de su ingrato interior al lado de su flor se consumía.
Fueron pasando los días y la gente a verla ya no acudía.
Le fallaron médicos, amantes, maestros, alquimistas, niños y espías.
El joven seguía allí y junto a ella dormía,
mas la flor se marchitaba y sus pétalos caían.
¡Desdichada! ¡Cómo lloraba al ver próximo el fin de sus días!
¡Cómo en silencio le amba y el tiempo ya se lo impedía!
Al alba murió, sin dar las gracias a su eterno protector.
Sin embargo al despertarse el joven observó
que había desaparecido su hada sin un adiós.
Lentamente los pétalos desgajados recogió
y en su regazo los acurrucó.
Amargamente sobre sus restos lloró y lloró
hasta que, finalmente, su vida se extinguió.
Dicen que en la Estigia se encontraron y consumaron su amor.
Y de aquella sagrada unión nació después otra flor.
Una rosa, negra como la ingratitud y el orgullo pero tan hermosa
como el amor incondicional.[/center:1423ebb817]
Por una semilla de amor arropada y con lágrimas de un trágico destino concebida.
Venían a verla de un confín a otro, mas su especie nadie conocía.
Todos querían poseerla y ella, dudosa, nunca convenía.
La invitaban a ocupar museos, grandes casas, partituras, catedrales, colegios, cuadros, jardines y poesías.
Tenía el mundo a sus pies y se había vuelto altiva. No decía sí ni no y nunca se decidía.
Un misterioso joven pasaba a verla cada día. Le hablaba, la dibujaba y canciones para ella componía.
Con sus dedos dibujaba su contorno admirado, por las noches del frío la protegía.
La invitó a ocupar su corazón pero ella le respondió con mentiras e ironía.
El amaba y adoraba aquella ninfa que entre escoria se erigía.
Y a pesar de su ingrato interior al lado de su flor se consumía.
Fueron pasando los días y la gente a verla ya no acudía.
Le fallaron médicos, amantes, maestros, alquimistas, niños y espías.
El joven seguía allí y junto a ella dormía,
mas la flor se marchitaba y sus pétalos caían.
¡Desdichada! ¡Cómo lloraba al ver próximo el fin de sus días!
¡Cómo en silencio le amba y el tiempo ya se lo impedía!
Al alba murió, sin dar las gracias a su eterno protector.
Sin embargo al despertarse el joven observó
que había desaparecido su hada sin un adiós.
Lentamente los pétalos desgajados recogió
y en su regazo los acurrucó.
Amargamente sobre sus restos lloró y lloró
hasta que, finalmente, su vida se extinguió.
Dicen que en la Estigia se encontraron y consumaron su amor.
Y de aquella sagrada unión nació después otra flor.
Una rosa, negra como la ingratitud y el orgullo pero tan hermosa
como el amor incondicional.[/center:1423ebb817]