La historia del Rey de la Colina

soñar no es imposible...

Poeta recién llegado
La historia del rey de la colina

Una fresca mañana desperté
con el suave canto de los alegres
pajarillos que se encontraban
junto la blanca cortina.

El sol brillaba en su plenitud a
través de la ventana.
Había amanecido hacía
apenas unos momentos.

Me senté en la cómoda cama,
que cada noche nutría
sueños y pesadillas, desde mi
pequeñez hasta la actualidad.

Retiré las muchas cobijas,
dejando mis pies al descubierto
seguido por unos cuantos
bostezos y de varios estirones.

Bajé los pies de la cama y me dirigí
hacia el balcón de mi ventana. En ella,
vi las rojas y pequeñas flores que se
encontraban deslumbrantes frente a mí.

Los botones, recién abiertos,
todavía conservaban las gotas
de rocío que relucían ante el
deslumbrante brillo del Sol.

Justo en ese momento percibí
que una pequeña lágrima rodaba
con quietud por mi áspera mejilla,
escapando del ojo izquierdo.

Súbitamente cayó hacia el conservado
suelo de madera, volteé a ver
y vi como se desplomaba en el piso,
esparciéndose por toda la superficie.

Un instante eterno, que inició con
mi nueva vida. Repentinamente volví mi
cabeza hacia las macetas que estaban
apoyadas en la parte interior del balcón.

Las antes hermosas y rojas flores
se habían vuelto unas plantas
marchitas, secas e infértiles. Sin
una gota del bello rocío.

Me giré hacia el interior de la
habitación y encontré, con suma tristeza,
abundantes y enormes agujeros en
la ahora decolorada y mustia pared.

La polvadera inundaba con
tenacidad la abandonada
habitación de paredes grises
que casi se desplomaban sobre mi.

Volteé a ver mi cama, llena
de polvo, con las cobijas
deshechas y rotas, además del
enorme colchón rajado en todas partes.

La sucia habitación estaba saturada
de ratas, termitas y demás,
las vigas del techo tenían agujeros,
y todo el suelo estaba agrietado.

Me asomé con curiosidad hacia la
calle, encontrando un basurero
que tenía el alto de mi casa,
ni siquiera se alcanzaba a ver el cielo.

Salí al balcón, intentando encontrar
una explicación a todo lo sucedido,
pensé y pensé hasta que pardeaba la tarde
y me di cuenta de que perdía el tiempo.

En ese momento decidí que no
debía pensarlo tanto, sino ponerme
a actuar. Me levanté bruscamente
y decidí salir a buscar una aclaración.

Se empezaba a poner el crepúsculo, pero
no me importó y salí por la ventana,
escalando con prontitud el gran
montículo de deshechos.

El olor era realmente insoportable.
Daba una sensación a alimentos
podridos que llevan varios
meses descomponiéndose .

Trepé hasta la punta de la gigantesca
y truculenta colina de porquería, varias
veces caí provocando que el repulsivo
olor se impregnara en mi pijama.

La noche ya había caído y el cielo
estaba lleno de nubes, ni siquiera se
alcanzaba a ver la luna, no había
ningún hueco entre el grisáceo celaje.

Ya no había edificios vecinos
y la calle estaba desierta en su
plenitud, los árboles estaban
completamente desnudos y secos.

No había señales de ningún ocupante
del desierto y devastado lugar,
además de unas cuantas ratas
que husmeaban entre la basura del fondo.

Me senté un rato a esperar,
esperar a que algo sucediera.
Pasaron las horas y sólo se escuchaba
el ruido de los ávidos roedores.

Empezaba a puntear el alba,
cuando me paré, sacudí
mis cálidos pantalones de felpa,
di un mal paso y resbalé.

Caí por el montículo de basura
hasta llegar a la base, donde
las ratas seguían alimentándose
de los restos de algún puchero podrido.
Al caer, provoqué un estruendoso y
prolongado ruido. Los roedores ni
siquiera se inmutaron, me voltearon a ver
con indiferencia y prosiguieron con su festín.

Me alcé con bastantes esfuerzos,
sacudí mi pijama, y emprendí
camino, descubrí que yo era el que
tenía que hacer que algo sucediera.

Empecé a avanzar por el desolado
camino, cuando escuche unos
sonidos agudos, como chillidos.
Volteé y descubrí a mis seguidores.

Miles de ratas, cafés, grises, blancas,
pintas y negras, detrás de mí,
observándome anhelosas,
esperando alguna indicación.

Les dije: “Levántense”, enseguida,
sin excepciones, todas las
ratas se alzaron su cabeza
y sus patas delanteras.

Perplejo, les dije: “Abajo” y todas
descendieron, con gran asombro
supe que este era el momento que
había esperado tanto tiempo en la colina.

Apenas y podía articular palabras;
tenía unos seguidores que me
eran fieles hasta el alma, se les
podía descifrar en la mirada.

El sol estaba en su máximo esplendor,
alumbraba las diminutas caras
de los miles de roedores que
se postraban frente a mí.

El cielo se oscureció súbitamente,
una cara de horror se sembró
en los tiernos roedores.
Me volví a ver que lo había causado.

Una polvadera inmensa,
acompañada de un humo totalmente
sombrío, ocultaba toda luz,
se abalanzó contra nosotros.

Resistimos, pero las tinieblas
apenas comenzaban, el humo
desapareció, dando paso
a algo que era todavía peor.


Cinco siluetas de humanos,
se acercaban amenazadoramente
hacia nosotros, en ese segundo
me di cuenta de que lucharíamos.

Armado en valentía y coraje; sin
nada más que honor y mi pijama
de felpa; con miles de diminutos,
pero poderosos, seguidores.

Volteé a verlos, en sus caras se
veía el miedo, que pude convertir
en un gesto de valentía y denuedo,
con ganas de luchar por lo que amaban.

“Amigos roedores”, les dije,
“lucharemos por lo que nos
queda de este mundo, por lo
que vale la pena defender”

“Luchen por lo que aman,
porque, si no viven, serán
recordados con honor y si viven,
siempre podrán amarlo”

Las ratas se irguieron en
valor, y grité “ataquen”,
en ese momento, miles
de roedores corrieron al frente.

Con sus pequeñas patas corrieron
hacia las cinco figuras,
eran tantas que en el empedrado suelo
no se veía hueco alguno.

Al llegar ante los humanos,
treparon sobre ellos, cubriéndolos
totalmente, mordisqueando
e hiriendo por completo sus cuerpecillos.

Rápidamente sus cuerpos se
desplomaron y sólo quedaron
los restos desfigurados por las
mordidas, mostrando carne viva.

En ese momento el sol volvió
a brillar y la era de las
tinieblas acabó para siempre,
vencidos por roedores.

Las ratas regresaron a mí,
exhaustas pero libres,
llenas de sangre ajena,
con un gesto de victoria.

Alegremente y con libertad
subimos por la colina de basura;
unidos, me coronaron como
su rey, el rey de la colina.

Se dieron el festín de su vida,
del cual yo preferí no comer.
Habíamos ganado la
primer batalla de muchas.

Blandimos nuestra bandera
(que es un viejo calzón agujerado)
y la seguiremos blandiendo
en el cielo mucho tiempo.


El Rey de la Colina.​


 

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