LA IMPOSIBLE BELLEZA DEL TRIÁNGULO ESCALENO
El ojo gelifica las texturas
y rueda en la ambición de lo imposible
Cae desde la noche al pozo interminable de los días
mientras corro tras tu aroma o tu recuerdo
como gota de una vieja melodía
que me acucia y me desvela
como párrafos arrancados por el viento
al poema interminable que alguien plantó
en el bellísimo marco del desierto.
Tú y la nada somos yo
en este lento desgranar de eternidades
Tú y la nada como una calle en la noche
con sus reflejos equívocos
con sus huellas de crímenes que nunca serán resueltos.
Busco entre óxidos y alimañas
aquellas palabras que fueron de amor un día
y se perdieron en la distancia infinita de tus ojos
sumideros voraces de las lluvias,
de pasiones desgastadas por el uso,
y de tardes paseadas con los mágicos corceles
que rematan cualquier arco de triunfo.
Ocasos ajustados a dramáticas
sonerías de iglesias remotas
o a melodías que nunca tuvieron un film como soporte.
La imposible belleza de un triángulo escaleno
sólo comparable a aquella de los mártires sin causa
me hace meditar en lo grandioso de las veladuras
en los cuadros de Rembrandt.
Pero de nuevo apareces en mi noche
como una recurrente estantigua
como un árbol que señala en la bifurcación del camino
el que lleva a los abismos del aburrimiento estéril
y entras en mi lecho apaciguado
para encender nuevas brasas.
No es ese el destino que me llama oh infiel
sino aquel que lleva a la guirnalda y a la danza
Dame la vieja botella y márchate
Sobre los techos junto a estrellas que comienzan su agonía
con apenas mis últimas gotas de licor
espero a la gran diosa (grandiosa) dama de la negra túnica
y serán mis versos últimos como múltiples rosas
mi construcción definitiva
mi último altar.
Ilust.: Egon Schiele. “La muerte y la doncella”.
El ojo gelifica las texturas
y rueda en la ambición de lo imposible
Cae desde la noche al pozo interminable de los días
mientras corro tras tu aroma o tu recuerdo
como gota de una vieja melodía
que me acucia y me desvela
como párrafos arrancados por el viento
al poema interminable que alguien plantó
en el bellísimo marco del desierto.
Tú y la nada somos yo
en este lento desgranar de eternidades
Tú y la nada como una calle en la noche
con sus reflejos equívocos
con sus huellas de crímenes que nunca serán resueltos.
Busco entre óxidos y alimañas
aquellas palabras que fueron de amor un día
y se perdieron en la distancia infinita de tus ojos
sumideros voraces de las lluvias,
de pasiones desgastadas por el uso,
y de tardes paseadas con los mágicos corceles
que rematan cualquier arco de triunfo.
Ocasos ajustados a dramáticas
sonerías de iglesias remotas
o a melodías que nunca tuvieron un film como soporte.
La imposible belleza de un triángulo escaleno
sólo comparable a aquella de los mártires sin causa
me hace meditar en lo grandioso de las veladuras
en los cuadros de Rembrandt.
Pero de nuevo apareces en mi noche
como una recurrente estantigua
como un árbol que señala en la bifurcación del camino
el que lleva a los abismos del aburrimiento estéril
y entras en mi lecho apaciguado
para encender nuevas brasas.
No es ese el destino que me llama oh infiel
sino aquel que lleva a la guirnalda y a la danza
Dame la vieja botella y márchate
Sobre los techos junto a estrellas que comienzan su agonía
con apenas mis últimas gotas de licor
espero a la gran diosa (grandiosa) dama de la negra túnica
y serán mis versos últimos como múltiples rosas
mi construcción definitiva
mi último altar.
Ilust.: Egon Schiele. “La muerte y la doncella”.