Bender Carvajal
Poeta recién llegado
La palabra seca,
la desesperanzada sílaba,
la sepulcral enmienda
de los verbos que azotan,
la manera fea de no decir nada,
así, como boca muerta,
infectada, balbuceante palabra
que no lleva
a ninguna puta parte
Mejor el vacío pútrido
de tu silencio constante
que tu voz helada
como una locomotora
que me hizo escarcha
entre los huesos.
Pero tenía que mirarte
desde lejos, desenterrar
las mutiladas aves,
invitar golondrinas de luto,
tenía que sangrar
escondido entre el follaje
de tus rosales descabezados,
soplar el palo muerto,
darle vida al carbón del tiempo,
tenía, maldita necedad mía,
tenía que llamarte desde lejos
Dios tiene piedad,
pero tu palabra hueca apuñala,
su vacío corroe, eclipsa la vida,
es tu voz lo que no fueron
mis versos, tu tono
que reinventa
la simetría del odio,
el sonido muerto que sacude
la levedad del sueño,
el infierno vasto.
Tenía que llamarte desde lejos
y que me vieran sangrar
la sonrisa que poco a poco
se deshizo en trozos,
en transeúntes, y pequeños ciervos
cazados por tu ira.
Tenía que hablarte
y escuchar desesperadamente
cómo la tierra
se partía en dos
bajo mis pies pálidos
que clavaste
contra tu pobre indiferencia.
Tenía que morirme ahí
con todos los silencios
que tu garganta me incrustara
y los escupitajos de tu voz
que me fueron incinerando
la desesperanzada sílaba,
la sepulcral enmienda
de los verbos que azotan,
la manera fea de no decir nada,
así, como boca muerta,
infectada, balbuceante palabra
que no lleva
a ninguna puta parte
Mejor el vacío pútrido
de tu silencio constante
que tu voz helada
como una locomotora
que me hizo escarcha
entre los huesos.
Pero tenía que mirarte
desde lejos, desenterrar
las mutiladas aves,
invitar golondrinas de luto,
tenía que sangrar
escondido entre el follaje
de tus rosales descabezados,
soplar el palo muerto,
darle vida al carbón del tiempo,
tenía, maldita necedad mía,
tenía que llamarte desde lejos
Dios tiene piedad,
pero tu palabra hueca apuñala,
su vacío corroe, eclipsa la vida,
es tu voz lo que no fueron
mis versos, tu tono
que reinventa
la simetría del odio,
el sonido muerto que sacude
la levedad del sueño,
el infierno vasto.
Tenía que llamarte desde lejos
y que me vieran sangrar
la sonrisa que poco a poco
se deshizo en trozos,
en transeúntes, y pequeños ciervos
cazados por tu ira.
Tenía que hablarte
y escuchar desesperadamente
cómo la tierra
se partía en dos
bajo mis pies pálidos
que clavaste
contra tu pobre indiferencia.
Tenía que morirme ahí
con todos los silencios
que tu garganta me incrustara
y los escupitajos de tu voz
que me fueron incinerando
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