La infancia

Tomasa

Poeta recién llegado
La infancia es un territorio salvaje;
los niños tienen la capacidad
de que el ayer y el mañana
no sean más importantes
en la secuencia de los días
que la A y la B
en la secuencia del alfabeto;
para los niños, el tiempo
es una masa inerte,
una abstracción arbitraria,
una palabra flotando en el océano
del aquí y el ahora,
tan fantásticamente intangible
como una ilusión o un sueño.

Los niños no distinguen
entre la necesidad y el cariño;
lo quieren todo
y todo ha de ser suyo,
por eso crecer les descoloca,
porque pasan de habitar un mundo
que les pertenecía,
a pertenecer a un mundo
que les resulta ajeno.

El niño lo mismo abraza a su madre
que estrangula un canario;
asomarse al alma de los niños
se parece a mirar una fotografía
en blanco y negro
y sentir vértigo.

Nada hay menos filosófico
que los niños;
no pueden contemplar el suicidio,
son optimistas radicales,
perversos,
a prueba de bombas;
arreglan el apocalipsis
con un berrinche
o una siesta.

A mí la infancia
me da mucho miedo,
sobre todo esa que a veces
viene hacia el final de los días,
con las rebajas,
como si llevara toda la vida
esperando su oportunidad
para vengarse.

Aunque quizás los peores niños
somos lo que nunca pudimos
dejar de serlo.


 
La infancia es un territorio salvaje;
los niños tienen la capacidad
de que el ayer y el mañana
no sean más importantes
en la secuencia de los días
que la A y la B
en la secuencia del alfabeto;
para los niños, el tiempo
es una masa inerte,
una abstracción arbitraria,
una palabra flotando en el océano
del aquí y el ahora,
tan fantásticamente intangible
como una ilusión o un sueño.

Los niños no distinguen
entre la necesidad y el cariño;
lo quieren todo
y todo ha de ser suyo,
por eso crecer les descoloca,
porque pasan de habitar un mundo
que les pertenecía,
a pertenecer a un mundo
que les resulta ajeno.

El niño lo mismo abraza a su madre
que estrangula un canario;
asomarse al alma de los niños
se parece a mirar una fotografía
en blanco y negro
y sentir vértigo.

Nada hay menos filosófico
que los niños;
no pueden contemplar el suicidio,
son optimistas radicales,
perversos,
a prueba de bombas;
arreglan el apocalipsis
con un berrinche
o una siesta.

A mí la infancia
me da mucho miedo,
sobre todo esa que a veces
viene hacia el final de los días,
con las rebajas,
como si llevara toda la vida
esperando su oportunidad
para vengarse.

Aunque quizás los peores niños
somos lo que nunca pudimos
dejar de serlo.

Magnífico poema dedicado a esa etapa de la vida. un abrazo con la pluma del alma
 
La infancia es un territorio salvaje;
los niños tienen la capacidad
de que el ayer y el mañana
no sean más importantes
en la secuencia de los días
que la A y la B
en la secuencia del alfabeto;
para los niños, el tiempo
es una masa inerte,
una abstracción arbitraria,
una palabra flotando en el océano
del aquí y el ahora,
tan fantásticamente intangible
como una ilusión o un sueño.

Los niños no distinguen
entre la necesidad y el cariño;
lo quieren todo
y todo ha de ser suyo,
por eso crecer les descoloca,
porque pasan de habitar un mundo
que les pertenecía,
a pertenecer a un mundo
que les resulta ajeno.

El niño lo mismo abraza a su madre
que estrangula un canario;
asomarse al alma de los niños
se parece a mirar una fotografía
en blanco y negro
y sentir vértigo.

Nada hay menos filosófico
que los niños;
no pueden contemplar el suicidio,
son optimistas radicales,
perversos,
a prueba de bombas;
arreglan el apocalipsis
con un berrinche
o una siesta.

A mí la infancia
me da mucho miedo,
sobre todo esa que a veces
viene hacia el final de los días,
con las rebajas,
como si llevara toda la vida
esperando su oportunidad
para vengarse.

Aunque quizás los peores niños
somos lo que nunca pudimos
dejar de serlo.

Algo más o menos así.
Muy bueno.

Saludos
 

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