Orfelunio
Poeta veterano en el portal
La Ira
Ausente y sin sombra,
con aire tan leve,
de sol apagado,
de negro agujero;
tan grave, tan cero,
que todo el que pasa,
se deja la masa
y queda sin suelo.
Se hallaba el templo
sobre una colina
que llamaban la ira.
El sacerdote,
vestido de blanco arrogante,
hacía sacrificios a los dioses comunes
como rescate por los pecados
que el legislador constituía,
al pago de los penitentes,
ofrenda indispensable
para seguir columpiándose
en la abundancia y la depravación
productora de beneficios.
El no ser, si es nada verdad, ya es algo,
pues el ser, tan verdad es no ser, que algo,
como el todo, verdad es, o no; pero es verdad,
que no ser ya es algo como es el ser.
Y se produjo la Ira, una protuberancia maligna
a la que inyectaron esencias divinas.
Y aunque los dioses deben ser buenos,
lo son solo porque alguien lo dicta;
no siendo dios un legislador conocido,
debe ser la mano que construyó el templo
un político altísimo.
Ausente y sin sombra,
con aire tan leve,
de sol apagado,
de negro agujero;
tan grave, tan cero,
que todo el que pasa,
se deja la masa
y queda sin suelo.
Se hallaba el templo
sobre una colina
que llamaban la ira.
El sacerdote,
vestido de blanco arrogante,
hacía sacrificios a los dioses comunes
como rescate por los pecados
que el legislador constituía,
al pago de los penitentes,
ofrenda indispensable
para seguir columpiándose
en la abundancia y la depravación
productora de beneficios.
El no ser, si es nada verdad, ya es algo,
pues el ser, tan verdad es no ser, que algo,
como el todo, verdad es, o no; pero es verdad,
que no ser ya es algo como es el ser.
Y se produjo la Ira, una protuberancia maligna
a la que inyectaron esencias divinas.
Y aunque los dioses deben ser buenos,
lo son solo porque alguien lo dicta;
no siendo dios un legislador conocido,
debe ser la mano que construyó el templo
un político altísimo.