lesmo
Poeta veterano en el portal
Tenía mi abuela la caja de lata
en una alhacena con la llave echada.
Las tres perras gordas que del pan sobraban
con mucho cuidado allí las guardaba.
Para los veranos, cuando ya llegaran
los nietos al pueblo una temporada.
Con gran parsimonia abría la caja
y muy poco a poco la perras sacaba.
Iba repartiendo mientras se contaban
aquellas monedas que pesaban nada.
Los nietos entonces, las manos lavadas,
vendíamos besos por esa hojalata.
Así nuestra abuela siempre aseguraba
de que a sus mejillas besos no faltaran.
en una alhacena con la llave echada.
Las tres perras gordas que del pan sobraban
con mucho cuidado allí las guardaba.
Para los veranos, cuando ya llegaran
los nietos al pueblo una temporada.
Con gran parsimonia abría la caja
y muy poco a poco la perras sacaba.
Iba repartiendo mientras se contaban
aquellas monedas que pesaban nada.
Los nietos entonces, las manos lavadas,
vendíamos besos por esa hojalata.
Así nuestra abuela siempre aseguraba
de que a sus mejillas besos no faltaran.