F. CABALLERO SÁNCHEZ
Poeta recién llegado
La Luna lloró una noche
(Romance)
Era la luna de agosto
de aquella noche estrellada
resplandeciente y alegre
como una virgen gitana.
Los grillos, aquella noche,
noche serena y fantástica,
parece que pretendían
entablar duras batallas,
porque al «cric-cric» de algún grillo
otro respondía con rabia.
El rumor de un arroyuelo
en la dehesa rondaba.
Los toros pacían tranquilos
rumïando con desgana
mientras curioso el Lucero
todo lo curioseaba.
Eran los toros, cual sombras
que la campiña manchaba,
negros puñales de muerte
durmiendo la madrugada.
Y en medio de tantas sombras
dos sombras se deslizaban
acercándose al lindero
de la tranquila manada.
Dos gitanillos garbosos,
dos juncos de pura casta ,
dos bronceados de carnes
que, cautelosos, llegaban..
Eran dos cuerpos de niño
hechos de fuego y de fragua.
El más espigado mira
a un toro que ya descansa
separado de los otros
junto al arroyo de plata.
Visto al trasluz de la Luna
es el mayor pura estampa,
en cuyo interior florece
una armonía que exalta,
y a la vista de los toros
el chiquillo se adelanta
hasta ponerse a la altura
de la espinosa alambrada:
es como un junco elegante
dentro de ropas rasgadas
por donde surgen radiantes
sus carnes, canela y malva.
El más pequeño asustado:
-»Hermanillo no te vayas,
que los toros son «mu» malos
y luego «omá» nos regaña.»
-»Tú eres bueno y amigo
y jugaremos sin trampa.
Tú no me harás ningún daño
que yo no tengo ni espada.»
-le dice el chiquillo grande,
el de la más fina estampa,
al toro que está tranquilo
rumïando con desgana.
Cruza despacio el arroyo
pisa la luna en el agua
y se lleva, sin quererlo,
trozos de luna quebrada.
Extendió su diestra al toro
esgrimiéndole una espada
hecha de noble madera
y, pretendiendo ser capa,
un amplio trozo de tela.
-»Venga torito – le llama-
juega, torito, conmigo,
qu’ estamos como en la plaza».
Un pasodoble resuena
en el fondo de su alma,
como si fuera la orquesta
que suele oírse entre palmas,
adornando la faena
que gallardea su estampa.
A la cita del chiquillo
se vuelve el toro… y escarba
muge y mueve su cabeza
¡con dos puñales armada!
Al fin, embiste con fuerza…
¡y un ole que se asomaba
a los labios de la noche
se le quiebra en la garganta!
Toro y chiquillo se cruzan
en graciosas filigranas
que para el niño es un juego
y para el toro es venganza.
Y el torero siente dentro
que está alcanzado la fama
que lo levanta hasta el cielo….
La noche sobresaltada,
se dolió de dos cuchillos
que el aire negro rasgaba
¡Ay! del dolor de la brisa…
¡Ay! que la luna se espanta…
¡Ag…! ¡Un grito rasgó la noche
que deja la sangre helada!
¿Qué es lo que pudo ocurrir
que hasta los grillos se callan?
El lucero se estremece,
la Luna cubrió su cara
horrorizada de ver
la joven vida segada.
El cuerpo del gitanillo
quedó roto con su espada,
roto por asta del toro
que no supo que jugaba.
Y el gitanillo pequeño
le dijo, mientras lloraba:
-¡Vámonos ya, Manolillo!
mira que «omá» nos regaña.
Levántate que no puedo
ayudarte. ¡Vamos… anda…!»
Y ante el silencio profundo
de su hermano… se levanta,
toma dos piedras y, al toro
que tranquilo ya pastaba,
-¡Él quería jugar!- le dice,
y se las tira con rabia.
Pasado el primer momento
los grillos… siguen su marcha.
Y en el rigor de la noche
los gritos de luz manchada
de la luna y las estrellas
y del arroyo de plata
ensordecieron los ojos
enturbiados por las lágrimas.
Por eso, quedó, la Luna
llorando desconsolada
acordándose sin duda
de cierta madre… gitana.
Málaga, Septiembre de 2006
(Romance)
Era la luna de agosto
de aquella noche estrellada
resplandeciente y alegre
como una virgen gitana.
Los grillos, aquella noche,
noche serena y fantástica,
parece que pretendían
entablar duras batallas,
porque al «cric-cric» de algún grillo
otro respondía con rabia.
El rumor de un arroyuelo
en la dehesa rondaba.
Los toros pacían tranquilos
rumïando con desgana
mientras curioso el Lucero
todo lo curioseaba.
Eran los toros, cual sombras
que la campiña manchaba,
negros puñales de muerte
durmiendo la madrugada.
Y en medio de tantas sombras
dos sombras se deslizaban
acercándose al lindero
de la tranquila manada.
Dos gitanillos garbosos,
dos juncos de pura casta ,
dos bronceados de carnes
que, cautelosos, llegaban..
Eran dos cuerpos de niño
hechos de fuego y de fragua.
El más espigado mira
a un toro que ya descansa
separado de los otros
junto al arroyo de plata.
Visto al trasluz de la Luna
es el mayor pura estampa,
en cuyo interior florece
una armonía que exalta,
y a la vista de los toros
el chiquillo se adelanta
hasta ponerse a la altura
de la espinosa alambrada:
es como un junco elegante
dentro de ropas rasgadas
por donde surgen radiantes
sus carnes, canela y malva.
El más pequeño asustado:
-»Hermanillo no te vayas,
que los toros son «mu» malos
y luego «omá» nos regaña.»
-»Tú eres bueno y amigo
y jugaremos sin trampa.
Tú no me harás ningún daño
que yo no tengo ni espada.»
-le dice el chiquillo grande,
el de la más fina estampa,
al toro que está tranquilo
rumïando con desgana.
Cruza despacio el arroyo
pisa la luna en el agua
y se lleva, sin quererlo,
trozos de luna quebrada.
Extendió su diestra al toro
esgrimiéndole una espada
hecha de noble madera
y, pretendiendo ser capa,
un amplio trozo de tela.
-»Venga torito – le llama-
juega, torito, conmigo,
qu’ estamos como en la plaza».
Un pasodoble resuena
en el fondo de su alma,
como si fuera la orquesta
que suele oírse entre palmas,
adornando la faena
que gallardea su estampa.
A la cita del chiquillo
se vuelve el toro… y escarba
muge y mueve su cabeza
¡con dos puñales armada!
Al fin, embiste con fuerza…
¡y un ole que se asomaba
a los labios de la noche
se le quiebra en la garganta!
Toro y chiquillo se cruzan
en graciosas filigranas
que para el niño es un juego
y para el toro es venganza.
Y el torero siente dentro
que está alcanzado la fama
que lo levanta hasta el cielo….
La noche sobresaltada,
se dolió de dos cuchillos
que el aire negro rasgaba
¡Ay! del dolor de la brisa…
¡Ay! que la luna se espanta…
¡Ag…! ¡Un grito rasgó la noche
que deja la sangre helada!
¿Qué es lo que pudo ocurrir
que hasta los grillos se callan?
El lucero se estremece,
la Luna cubrió su cara
horrorizada de ver
la joven vida segada.
El cuerpo del gitanillo
quedó roto con su espada,
roto por asta del toro
que no supo que jugaba.
Y el gitanillo pequeño
le dijo, mientras lloraba:
-¡Vámonos ya, Manolillo!
mira que «omá» nos regaña.
Levántate que no puedo
ayudarte. ¡Vamos… anda…!»
Y ante el silencio profundo
de su hermano… se levanta,
toma dos piedras y, al toro
que tranquilo ya pastaba,
-¡Él quería jugar!- le dice,
y se las tira con rabia.
Pasado el primer momento
los grillos… siguen su marcha.
Y en el rigor de la noche
los gritos de luz manchada
de la luna y las estrellas
y del arroyo de plata
ensordecieron los ojos
enturbiados por las lágrimas.
Por eso, quedó, la Luna
llorando desconsolada
acordándose sin duda
de cierta madre… gitana.
Málaga, Septiembre de 2006
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