Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
A las dos de la madrugada del viernes, la luna se viste de rojo, un resplandor de fuego que tiñe la noche con su misterio. En el horizonte, la ciudad duerme, ignorante del hechizo que se cierne sobre el firmamento. Pero ellos, los amantes, despiertan.
Susurros en la brisa, piel erizada bajo el velo de sombras y luz carmesí. Se buscan con los ojos, se encuentran con las manos, y en el fulgor del eclipse, el tiempo se detiene. La luna sangra en el cielo, y su pasión arde en la tierra.
La marea del deseo crece con la penumbra. Él acaricia su rostro como si deslizara los dedos por la órbita misma de la luna, y ella, con labios entreabiertos, recibe su aliento como quien bebe de un río eterno. Es un instante suspendido en la inmensidad, donde los astros giran a su ritmo y la noche se doblega ante su amor.
Cuando la luna se torne pálida de nuevo y el alba comience a dibujar su claridad tímida, ellos seguirán allí, abrazados en el umbral de un sueño, con el eco del eclipse grabado en sus cuerpos. Porque hay noches que no terminan, y besos que quedan suspendidos en la eternidad del cielo rojo.
Susurros en la brisa, piel erizada bajo el velo de sombras y luz carmesí. Se buscan con los ojos, se encuentran con las manos, y en el fulgor del eclipse, el tiempo se detiene. La luna sangra en el cielo, y su pasión arde en la tierra.
La marea del deseo crece con la penumbra. Él acaricia su rostro como si deslizara los dedos por la órbita misma de la luna, y ella, con labios entreabiertos, recibe su aliento como quien bebe de un río eterno. Es un instante suspendido en la inmensidad, donde los astros giran a su ritmo y la noche se doblega ante su amor.
Cuando la luna se torne pálida de nuevo y el alba comience a dibujar su claridad tímida, ellos seguirán allí, abrazados en el umbral de un sueño, con el eco del eclipse grabado en sus cuerpos. Porque hay noches que no terminan, y besos que quedan suspendidos en la eternidad del cielo rojo.