La madre de todo
Madre,
algunas vez te vi llorar
sollozando entre atados de tela,
que cubrían mi bosquejo, y tú
misteriosa en tu llorar,
esquivabas mis bracitos.
Y yo sentado en mi inconsciencia le volvía a dar
una vuelta más al trompo, que bailaba
entre los dientes, mi sonrisa desprendida,
como una torre que cae y no repara en separar,
lo sano de lo muerto.
Madre,
Alguna vez llegué a casa
a la luz de las mozuelas,
enclavado en loquerios, azucenas de oropel
y contuve en el umbral, mi andar
al sentir tu llanto.
Ese, que desprende al hombre de una cobardía
ese que le sueña uno cuando está ya lejos
y le teme a la vida,
y no lo olvidas durante días, así se viva en un iceberg.
Madre,
pero es ayer que llegue a casa y te vi sentada
en un sollozo preocupante
frente a tantas lágrimas como hijos de una diosa
como tantos ríos que desprenden piedras
arrojándolas sin pena contra otras.
Y es que ya de grande, no me pude contener
y te abracé como lo hacías en mi adolescencia,
por las tantas veces que lloré por una tal Rebeca,
en la plaza por las tardes, y tu paciente me decías
que ya amaré a una mujer algún día.
Y lloramos juntos, madre
hasta otro día en que yo fuera viejo
y tu un ángel de colores
como el tren que me compraste, antes que tu blusa.
Y giramos encontrando tantas veces
tus palabras, que me llegan nuevamente,
como si fuera yo un niño calvo
y tú, la madre de todo.
Última edición: