La madre del orangután.

Nommo

Poeta veterano en el portal
Tú y yo estábamos sembrando el Evangelio.
La Buena Nueva de Jesús de Nazareth.
Incrementábamos el volumen sonoro: Los decibelios.
Los teníamos a todos, a nuestra merced.


Pero había seguidores de Judas Iscariote, que nos pusieron contra la pared.


Entonces, nos evadimos, volando hasta lo alto del cielo.
Porque tú y yo somos ángeles.
En esas nubes, francamente, te noté un poco nerviosa.
Ibas a llover, como las aguas torrenciales de una tormenta impetuosa.


Pero llover es un verbo impersonal. Así que tú eres persona. ¿ Algo, o alguien ?




Te besé. Te mecí, en mis torpes brazos hercúleos.
Luego, te di de mamar. En la galaxia Vía Láctea.
Nos acercamos a un planeta que es tierra de Promisión... Mana leche y miel.
Pero sus habitantes son árboles inteligentes y poéticos. Numerosísimos.


También, estaba la facción Lángar, de las langostas silvestres que emplean naves espaciales.


Langostas de vocabulario totalmente distinto al nuestro.
Medían tres metros de estatura, y sentían el hambre y la furia, a flor de piel.
Volvimos a la madre Tierra. Allí, te hice el Amor.
Estabas llena de Recuerdos. Porque ésa es mi voz, siempre. La buena Memoria.


Y tú saltabas, encima de mí, con tus dulces piernas abiertas.


Brincando y brincando, te conocí, en un sentido bíblico.
Rejuvenecíamos, de tanto que caminábamos, por los senderos exóticos y afrodisíacos.
Te entregué el último empujón. Para que engendres a nuestro pequeño orangután.
Nuestro pequeño simio de pelo rojo, como Vincent van Gogh.
 
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