F. CABALLERO SÁNCHEZ
Poeta recién llegado
La magia de una frase
Radiante como siempre y, sin embargo,
me llena de sorpresa cuando llega
por ser la luz que inunda nuestro estado
clarín de que, por fin, es Primavera.
Las flores y los gestos de la gente
que alegran con sus risas nuestras vidas,
campanas de la gloria nos parecen
que quieren darle, así, la bienvenida.
En medio de este hermoso firmamento
en medio de esta luz y su alegría
un cuadro singular del mal ajeno
nos muestra crudamente… que hay desdicha.
Prestadme la atención de este suceso
de un cuento que me invento sin malicia,
que quiero demostrar que, con ingenio,
se puede transformar dolor por vida:
Sentado en la puerta de un mercado
un ciego, a la gente que pasaba,
llamaba la atención de tal estado
mostrando este letrero que rezaba:
«Por el amor de Dios, una limosna»
Mas poco era, pues, lo que le daban
quizás porque la gente no razona
leyendo aquel letrero y… ni se para.
Pasaba tantas horas cada día
sentado en la acera de la entrada
que alguna gente daba, por rutina,
alguna monedilla que sobraba.
Marchaba por allí, cierto individuo
que, siendo casualmente, publicista,
al ver la situación, (escaso auxilio),
tomó, tras saludarle, algo de tiza,
cogió el cartel y, sobre el dorso limpio,
le puso nueva frase en su letrero.
Después puso limosna en su bolsillo.
El día era hermoso y tan soberbio
que sólo por placer, todas las flores
brindaban su bondad a los viandantes
haciendo reventar sus mil colores
dejando un grato ambiente bien fragante.
Dejaba, al mediodía, el pobre ciego
aquel puesto; guardó su inflada gorra
en donde las personas le posieron
humanas y abundantes sus limosnas.
Jamás había tenido más fortuna
ni nunca recogió tanto dinero
como aquella mañana de locura
pensando que era obra, por completo,
de aquel hombre que vino en la mañana
y haciendo un uso noble de su ingenio
ingenio bondadoso y noble alma
le puso algún “milagro” en su letrero.
Y fue, probablemente algo casual,
que el hombre en cuestión, en tal momento
pasara ya camino de su hogar
y al verlo tan alegre y tan dispuesto
se acerca a saludarlo. Y reconoce
el ciego, al hombre extraño del letrero
que vino en la mañana y lo socorre.
Le da las gracias. Y suplica luego:
Quería conocer qué había escrito,
(que fue lo que, sin duda, tuvo éxito
haciendo que la gente, por su estilo,
le dieran sus limosnas con respeto).
El hombre respondió, que no era nada.
Y se marchó contento, ¡muy contento!
Al ciego, sin embargo, le inquietaba
la frase que produjo aquel misterio.
Buscó incansablemente quien leyera
aquello que escribió aquel hombre bueno.
Y he aquí la frase que escribiera
y que hizo reaccionar a todo el pueblo:
¡A Málaga llegó la primavera
y no la puedo ver, porque soy ciego!
Radiante como siempre y, sin embargo,
me llena de sorpresa cuando llega
por ser la luz que inunda nuestro estado
clarín de que, por fin, es Primavera.
Las flores y los gestos de la gente
que alegran con sus risas nuestras vidas,
campanas de la gloria nos parecen
que quieren darle, así, la bienvenida.
En medio de este hermoso firmamento
en medio de esta luz y su alegría
un cuadro singular del mal ajeno
nos muestra crudamente… que hay desdicha.
Prestadme la atención de este suceso
de un cuento que me invento sin malicia,
que quiero demostrar que, con ingenio,
se puede transformar dolor por vida:
Sentado en la puerta de un mercado
un ciego, a la gente que pasaba,
llamaba la atención de tal estado
mostrando este letrero que rezaba:
«Por el amor de Dios, una limosna»
Mas poco era, pues, lo que le daban
quizás porque la gente no razona
leyendo aquel letrero y… ni se para.
Pasaba tantas horas cada día
sentado en la acera de la entrada
que alguna gente daba, por rutina,
alguna monedilla que sobraba.
Marchaba por allí, cierto individuo
que, siendo casualmente, publicista,
al ver la situación, (escaso auxilio),
tomó, tras saludarle, algo de tiza,
cogió el cartel y, sobre el dorso limpio,
le puso nueva frase en su letrero.
Después puso limosna en su bolsillo.
El día era hermoso y tan soberbio
que sólo por placer, todas las flores
brindaban su bondad a los viandantes
haciendo reventar sus mil colores
dejando un grato ambiente bien fragante.
Dejaba, al mediodía, el pobre ciego
aquel puesto; guardó su inflada gorra
en donde las personas le posieron
humanas y abundantes sus limosnas.
Jamás había tenido más fortuna
ni nunca recogió tanto dinero
como aquella mañana de locura
pensando que era obra, por completo,
de aquel hombre que vino en la mañana
y haciendo un uso noble de su ingenio
ingenio bondadoso y noble alma
le puso algún “milagro” en su letrero.
Y fue, probablemente algo casual,
que el hombre en cuestión, en tal momento
pasara ya camino de su hogar
y al verlo tan alegre y tan dispuesto
se acerca a saludarlo. Y reconoce
el ciego, al hombre extraño del letrero
que vino en la mañana y lo socorre.
Le da las gracias. Y suplica luego:
Quería conocer qué había escrito,
(que fue lo que, sin duda, tuvo éxito
haciendo que la gente, por su estilo,
le dieran sus limosnas con respeto).
El hombre respondió, que no era nada.
Y se marchó contento, ¡muy contento!
Al ciego, sin embargo, le inquietaba
la frase que produjo aquel misterio.
Buscó incansablemente quien leyera
aquello que escribió aquel hombre bueno.
Y he aquí la frase que escribiera
y que hizo reaccionar a todo el pueblo:
¡A Málaga llegó la primavera
y no la puedo ver, porque soy ciego!
Última edición: