prisionero inocente
Poeta que considera el portal su segunda casa
[video=youtube;sD__XBhYExc]http://www.youtube.com/watch?v=sD__XBhYExc[/video]
Quédate, no abandones los muertos mientras estén calientes.
Es la mano que moldea palabras en las sabanas tatuadas por el cáncer,
el olor a memorias hirientes sobre la retina del hombre descompuesto
en nada y las ardillas mirando desde la altura de los robles
como esquían las neuronas y quedan atrapadas en una avalancha de olvidos,
es la huida de los sábados, el antifaz de bruma que cubre esa parte
donde se ausentará la sombra y la contorsión trapezoidal del corazón
dibujada en párpados póstumos...
La mano que no pudo morir
cruza, sin dueño, los valles negros, hasta llegar a la luz.
Se agarra de un ángel ciego y ese la arrastra por los suelos,
le pone un nombre de perro y ella mueve los dedos como si fueran
pequeños rabos, se alimenta con alas viejas, que caen podridas desde lo más alto...
La mano que no pudo morir no sabe ladrar y los átomos del recreo se burlan
de su constante roce con las calles del paraiso.
Se deja acariciar por las entidades del cobalto y de vez en cuando
se convierte en campana (muy dentro de los que tienen en el alma un monasterio derrumbado).
Quédate, no abandones los muertos mientras estén calientes.
Es la mano que moldea palabras en las sabanas tatuadas por el cáncer,
el olor a memorias hirientes sobre la retina del hombre descompuesto
en nada y las ardillas mirando desde la altura de los robles
como esquían las neuronas y quedan atrapadas en una avalancha de olvidos,
es la huida de los sábados, el antifaz de bruma que cubre esa parte
donde se ausentará la sombra y la contorsión trapezoidal del corazón
dibujada en párpados póstumos...
La mano que no pudo morir
cruza, sin dueño, los valles negros, hasta llegar a la luz.
Se agarra de un ángel ciego y ese la arrastra por los suelos,
le pone un nombre de perro y ella mueve los dedos como si fueran
pequeños rabos, se alimenta con alas viejas, que caen podridas desde lo más alto...
La mano que no pudo morir no sabe ladrar y los átomos del recreo se burlan
de su constante roce con las calles del paraiso.
Se deja acariciar por las entidades del cobalto y de vez en cuando
se convierte en campana (muy dentro de los que tienen en el alma un monasterio derrumbado).
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