kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
LA MÁQUINA DE CAFÉ
Iba de camino a una reunión
cuando me crucé en el parque con una pareja de ancianos
que paseaban en calma bien agarrados del brazo.
El viejo, se detuvo,
y apuntando con la madera de su bastón al cielo
le dijo a su pareja:
—Me encanta la primavera de Madrid...,
¿has visto qué pequeñas, ¡pero qué verdes!,
están las hojas de los olmos?
—Pues yo las veo ya grandes, querido,
y no de color verde sino más bien amarillas,
y no sé de qué primavera me hablas con el frío y la lluvia que nos hace.
—Ya…, definitivamente existen tantos mundos como mentes,
o sencillamente son ganas de llevar la contraria,
o quizá ambas cosas a la vez…
—Lo mismo te digo, viejales.
Se sonrieron y arrancaron de nuevo su paso lento,
bien agarrados el uno al otro,
fundidos en esa especie de unicidad
que solo los años otorgan al amor.
Cuando estaba llegando a la empresa que iba a visitar
me puse a recordar los corrillos con los compañeros de trabajo
en la segunda planta
frente a aquella máquina de café preñada por el diablo,
y no hablábamos sobre la función teatral de nuestras mentes
sino acerca de lo gilipollas que era nuestro patético jefe.
No tardé en cambiar la S.A. por una S.L.
Quise permutar ese Ser Alguien por un Ser Libre.
Y me mudé a un bajo de quince metros cuadrados
que era sembrado por el sol una vez al día
a través de unos ventanucos pegados al techo que daban a la acera,
cinco minutos de luz como máximo,
y durante no más de cuatro semanas al año.
Sobra decir que ante la llegada proverbial de aquel destello
detenía cualquier cosa que estuviera haciendo.
Sentía, entonces, un profundo privilegio místico
al presenciar como mi nicho
se convertía, así de pronto, en una ilustre cámara egipcia
con las pecas de polvo brincando juguetonas
en aquella conspicua trenza de luz.
El resto del año la oscuridad era total.
Una oscuridad en la que terminé,
como el bueno de Papillon,
por encontrarme demasiado cómodo.
Al poco tiempo ya reconocía
a cada uno de los seres que transitaban por la acera,
cada mañana, cada tarde,
a su ritmo,
con sus andares, sus faldas, sus pantalones,
con sus botines, alpargatas, deportivas…,
¡joder!, contado así parezco un puto sicópata.
Pero bueno, a lo que iba,
de aquellos seres sobre todo recuerdo
a los perros
que siempre se paraban frente a los ventanucos
mientras me ladeaban sus cabecitas en una especie
de entrañable saludo.
Juro que esos perros, de alguna manera, me apreciaban
mucho más que todos aquellos humanos descabezados.
Al llegar a la empresa
subí a la segunda planta
y me arrimé a un grupo de chavales
que se encontraba apostado
frente a la misma máquina de café.
Rumiaban sobre la mierda de vida de los jefes que tenían
que eran precisamente aquellos
con los que yo hablaba de la mierda de vida de los jefes de entonces.
Después de comprobar que la máquina omnipresente de café
seguía sirviendo el mismo barro de siempre
me monté en el ascensor y subí al despacho de mi amigo el jefe.
Él trabajaba, ahora, en lo alto de un edificio,
en un amplio despacho.
Vestía una impecable camisa blanca
y unos distinguidos tirantes,
mientras yo seguía en aquel bajo oscuro
masticando el pienso de siempre.
Pero aún compartíamos lo primordial
que era ver a la gente pasar.
Gente que pasa de largo como la vida pasa sin darnos cuenta.
Entonces comprendí que nuestra incondicional soledad
se experimentaba contemplando
en silencio
los pasos del mundo.
Y eso estaba bien,
pero no era suficiente.
¿Qué tal te va en ese cuchitril?,
a ver si pegas el salto y te vuelves con nosotros
a currar en cosas serias
y no en esos proyectillos que tienes entre manos.
Mientras me hablaba
pude advertir que desde su ventanal
apenas se distinguía a la gente
y me alegró saber que aquel chico que conocí
no se había convertido,
del todo,
en un gilipollas integral.
Tengo que decir que no tardé en darme cuenta
de que yo era, al menos, igual de gilipollas,
por pecar de profeta y pensar que la vida
tenía algo que ver con esa gente que pasa de largo.
¿De qué sirve asumir la soledad si uno no rompe con sus propios barrotes?,
¿de qué sirve cambiar una cárcel por otra?
Al fin y al cabo la única diferencia entre mi cárcel y la suya
era que la mía la había construido yo mismo.
Mientras atravesaba el parque de vuelta a casa
pude gozar de la primera tarde que me supo a primavera.
Y bajo aquellos olmos me preguntaba
sobre la existencia del mundo sin nosotros,
los humanos,
cuando el cráneo celestial de un meteorito
nos despachase a reposar al estrato docente de la futura paleontología.
De existir, seguro que la Vía Láctea y las galaxias vecinas
estarían de cháchara
frente a la maquinaria diabólica de un agujero negro
descojonándose de esos jefecillos que se creyeron dioses
y resultaron no ser nada
pudiendo haberlo sido todo...
Disculpe, caballero; que dice mi marido que ese cielo es rosa
y yo no tengo duda de que es naranja,
a usted, ¿qué le parece?
Kalkbadan
En Madrid, a 15 de abril de 2018
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