Eósforo
Poeta asiduo al portal
La mar, la luna y el sol
Con sus hilos de plata, entre las nieblas,
le dice: -no ves que me quiere a mí,
que todo su calor es frenesí
cuando no estás con él en las tinieblas.
Ella paciente espera que se vaya
y que el radiante sol de nuevo llegue,
y que por siempre su calor le entregue
en un eterno encuentro, una batalla.
Celosa le reclama: -nadie te ve
cuando él está conmigo, su calor
inunda mis entrañas, es amor;
di qué siente por ti, que no lo sé;
Pues cuando en la bóveda celeste
ya tu tez ha dejado de brillar
él viene aquí donde su hermosa mar;
da vida y plenitud sobre lo agreste.
La luna, dueña de su amor eterno
se defiende: -monstruosa, él es mío
pues lo que te da a ti en desvarío
solo es pasión desde tu infierno;
y aunque no me veas en el día
el me da su calor constantemente;
ahora dime quién es la demente,
tú o yo, ya renuncia... a tu porfía.
En una lucha eterna mar y luna
se disputan su amor cuando declaman
y, al mismo tiempo, heridas, le reclaman:
-¡decide de una vez, y solo es una!
Él, condenado a amarlas, hace un giro
y aparece en el este a ver una;
a la espera impaciente de la luna,
diciendo: -ya me voy, dame un suspiro.
Te amo, regreso pronto, dame espera;
no olvides mi luz ni mi cariño,
a ella se le olvida que este niño
nace y muere de ti, mi gran quimera.
Pues eres tu la flama de sus celos
que mantiene al amor encendido;
y sin ti, bella mar, estoy perdido;
es tu azul quién provoca mis desvelos.
En su ocaso la noche toma forma,
y la luna esparce su reflejo;
la mar entristecida en el espejo
continua con dolor..., y se transforma.
Con sus hilos de plata, entre las nieblas,
le dice: -no ves que me quiere a mí,
que todo su calor es frenesí
cuando no estás con él en las tinieblas.
Ella paciente espera que se vaya
y que el radiante sol de nuevo llegue,
y que por siempre su calor le entregue
en un eterno encuentro, una batalla.
Celosa le reclama: -nadie te ve
cuando él está conmigo, su calor
inunda mis entrañas, es amor;
di qué siente por ti, que no lo sé;
Pues cuando en la bóveda celeste
ya tu tez ha dejado de brillar
él viene aquí donde su hermosa mar;
da vida y plenitud sobre lo agreste.
La luna, dueña de su amor eterno
se defiende: -monstruosa, él es mío
pues lo que te da a ti en desvarío
solo es pasión desde tu infierno;
y aunque no me veas en el día
el me da su calor constantemente;
ahora dime quién es la demente,
tú o yo, ya renuncia... a tu porfía.
En una lucha eterna mar y luna
se disputan su amor cuando declaman
y, al mismo tiempo, heridas, le reclaman:
-¡decide de una vez, y solo es una!
Él, condenado a amarlas, hace un giro
y aparece en el este a ver una;
a la espera impaciente de la luna,
diciendo: -ya me voy, dame un suspiro.
Te amo, regreso pronto, dame espera;
no olvides mi luz ni mi cariño,
a ella se le olvida que este niño
nace y muere de ti, mi gran quimera.
Pues eres tu la flama de sus celos
que mantiene al amor encendido;
y sin ti, bella mar, estoy perdido;
es tu azul quién provoca mis desvelos.
En su ocaso la noche toma forma,
y la luna esparce su reflejo;
la mar entristecida en el espejo
continua con dolor..., y se transforma.
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