Alonso Vicent
Poeta veterano en el portal
LA MAURADA
(Escrita en 1998)
Cuando se ve un gorrión enjaulado se siente por él compasión pero también ira. Si se ha dejado coger quiere decir que un poco ya pertenecía a la jaula, y si después la ha soportado demuestra claramente que no merecía otro destino.
Italo Svevo
Necesitaba una purga y me puse a escribir. Otros se casan y tienen hijos. No tengo nada en contra, cada cual elige su medicina.
PRÓLOGO
Podría empezar contando que mi vida comenzó hace unos cuarenta y cinco años, sin embargo, si mis cálculos no fallan, son ochenta los que he ido amontonando en las diferentes partes de mi cuerpo... Y que no me pregunten por uno en concreto, al menos que no esperen una respuesta fluida y menos aún rápida.
La memoria me falla, a mis años, pero creo que en aquellas cosas en las que jamás puse toda la atención. Son tantas las veces en las que no pasé de ser un simple espectador en la historia, pequeña historia, de las gentes que me rodeaban que como testigo no pude sino asistir a sus representaciones y olvidar los argumentos. No obstante, son las ocasiones en que he dejado de ser un espectador y aquellas en las que, aún siéndolo, me he visto arrastrado a compartir un papel, una trama o una sonrisa, las que más y mejor conservo. Testigo sigo siendo, al día de hoy, de todas ellas (representaciones, tramas y sonrisas), sólo que sobre algunas no podría ya testificar.
La memoria es selectiva, de eso no tengo la menor duda, y en mi caso ha ido justificando los abriles que en cierta manera encauzaron mis raíces hacia la tierra... y gran parte de los veranos, otoños e inviernos que poco a poco hicieron que me involucrara en ese todo en el que me vi inmerso y en el que tuve la oportunidad de agenciarme un pequeño papel. En algunos argumentos estuve totalmente de acuerdo con mis compañeros de reparto, en otros acordamos diferir de una forma voluntaria pero llevadera.
Empezaré por el principio, si es que existe, e imaginaré que todos, o casi todos, llegaremos a ser viejos un día y que, presumiblemente, mirando atrás furtivamente encontraremos aquello que quisimos ser, o aquello que fuimos para alguien, o aquel alguien que fue para nosotros… ¡Qué tontería! ¿No? ¡Y cuanta importancia nos damos! Sea como fuere, seremos viejos (unos cuantos al menos seguro) y difícil será evitar mirar atrás, que es lo que estoy a punto de hacer ahora mismo. Pues bien; todo aquello que fuimos o al menos creímos ser, y todo lo que fue o en su defecto creímos que era, se amontona sin orden en algún rincón de nuestro pensamiento, fermenta y modelados por el viento sus vapores un día surgen y nos vemos ante el problema de volverlos a su estado primitivo. ¿Qué criterio seguir? Quizás ninguno. Probablemente sea mejor dejarlos fluir a su aire y esperar el resultado. Al final hasta puede que todo nos parezca tan real que, por un momento, no resistamos la tentación de meternos dentro de una frase para formar parte del contexto.
La memoria me falla; no siempre. Quizás por eso ayer me decidí a escribir con el ánimo de hacer partícipes a otros, pocos o muchos, de algo que seguramente les habrá sido ajeno pero que a mí me afectó en su momento y en todos los demás instantes de mi vida. El tiempo me sobra y papel y tinta no me van a faltar, pensé. Eso sí; sé que no podré echar mano de las miradas, ni de los gestos, ni de ninguna otra complicidad que no sean las palabras, así que tendré que esmerarme y utilizarlas de la mejor forma posible. Ignoro si para la generalidad será apropiado decir “coño”, pero Mauro lo decía y a mí nunca me pareció incorrecto por ello como tampoco me lo parecieron tantos y tantos términos que no dejaron de ser simples expresiones, puesto que ningún complemento contribuía a ensuciarlas más de lo que una mente indecente pudiera hacerlo, que no es mi caso.
Compré una vez un libro viejo, “La stabilité de la vie”; la verdad es que no lo he leído, pero su solo título llena para mí más páginas de las que pueda haber en él contenidas. Suele pasar que una frase, en ocasiones, dé más a entender que un discurso preparado durante horas. Tal vez sea esa facilidad de coger de aquí o de allá la que vaya marcándonos poco a poco. Es posible que la capacidad de resumir o de ampliar sirva para algo tremendamente productivo.
I
No se puede ir diciendo por ahí que la vida es un juego; uno lo sabe y se calla; hay demasiados tramposos, demasiados intereses. Saber ganar o perder no es suficiente; hay que saber jugar y ser honrado. Generalmente no se reúnen las dos cualidades.
Esto no quiere decir, de ningún modo, que la vida haya de tomarse a la ligera ¡No! La vida es muy seria... o mejor dicho; la vida es un juego pero hay que ser serio. A mí, particularmente, me gusta jugar y arriesgar poco, de lo contrario ya no sería un juego.
Una cosa sí puedes decir a todo el mundo, nadie te creerá, y es que el dinero no importa. Nadie podrá creerte porque todo está basado en el “libre” dinero: ¿qué me das?, ¿qué te doy?, ¿qué me debes?, ¿qué te di?, ¿qué me darás? ¡Qué!
No es peligroso decir que el dinero no importa, no te tomarán en serio.
Ana y el dinero nunca fueron muy amigos. Se conocían, pero su relación era de indiferencia. Jamás llegó a acumular la cantidad mínima que despierta la avaricia. En Braza, hacía trabajos esporádicos, aquí, allá. Pintaba alguna casa, decoraba la de algún amigo de un conocido, trabajaba en ciertos bares y a horas puntas. Todo ello de vez en cuando (cuando se lo permitían sus estudios). El resto de las horas y de los días se los pasaba holgazaneando tiernamente por las calles de Braza. Al menos eso deduzco de los primeros recuerdos que tengo de aquella joven de dieciocho o diecinueve años maestra en despertar fantasías y en maquillar incoherencias, que viene a ser lo mismo.
A Ana le gustaba hablar, disfrutaba hablando. Le encantaba escribir. Por lo general llevaba los bolsillos llenos de papeles, unos en blanco, otros garabateados… y un bolígrafo. Cuando salía de casa pensaba en el bolígrafo mientras se cacheaba. No le gustaban los bolsos. Decía que le agradaba sentir el contacto de lo que llevaba consigo. De todas maneras nunca era mucho.
En aquellos tiempos era una jovencita dinámica, sociable, jovial; simpática dirían sus amigos. Muchas veces por la mañana, al verla salir de su portal desde mi ventana, vi reflejada en su cara la ilusión de haber descubierto un nuevo día y el deseo de disfrutar de su hallazgo. Y yo, a pocos, fui descubriendo que era su mera presencia la que me mostraba que ese nuevo día salía del umbral y se ofrecía a todos, incluso a mí.
Por aquel entonces Ana era una imagen y, más que una imagen, un buen estímulo. Después he seguido buscando, no necesariamente se llamaban Ana, pero me han llevado muy lejos; tan lejos como estoy ahora de ese recuerdo que aún conservo fresco, no congelado, agradable. Un día dejó de ser un revulsivo, años más tarde, y se convirtió en una realidad (personal), en una persona a la cual fui más sensible si cabe.
Aquella Ana…. Sí. Sí…. Me acuerdo.
Hoy tengo los cabellos grises, no todos; y la materia gris también la tengo, no toda. ¿O sí? No sé.
De la jovencita en cuestión llegué a saber mucho más de lo que me había propuesto; al principio sin querer, después ya me fui interesando siempre desde la lejanía que me proporcionaba el incógnito. Sus casi veinte años nunca conocieron mis treinta y pico ni fueron las calles de Braza testigo de nada entre nosotros que no fuera el transcurrir diario de cada cual por su propio camino. Si alguna atracción hubo fue ajena y si algún deseo se manifestó, por parte mía, fue el de que así siguiera siendo. Caso aparte es que me hiciera ver algunas cosas (su presencia, el portal, el nuevo día) desde el otro punto de vista.
Y todo por culpa de Parco que se vino a enamorar de un ideal; de un ideal “corpóreo”.
Un día llegó a casa contento de encontrarme y de poder contarle a alguien lo que le había ocurrido. El corazón le latía en la cara, en los ojos, en la boca que tartamudeaba. Había descubierto a una persona que no lo había tratado como a un simple, a un semejante que simplemente lo había tratado. Alguien que después de escuchar, y como respuesta a sus confesiones, le había confiado unas palabras, dado una confianza; y para colmo era del sexo que pone nervioso. El no lo debió estar más que otras veces.
—Ya sé, ya sé; seguro que quieres decirme o preguntarme algo –le solté antes de que pudiera articular palabra–. Venga, hazlo llanamente y no me bailes tanto que me estás mareando.
—Calla, calla. Que no voy a preguntarte nada. Es que… es que… uff… es que…
— Vamos suéltalo ya que aún reventarás y me vas a poner el piso perdido –le dije yo en un intento de relajar sus músculos faciales al mismo tiempo que procuraba darle unos segundos para que organizase su arranque.
—He... he estado ha... hablando con la chica de enfrente –acertó a decir Parco por fin, en voz baja y suspirando.
—¿Qué chica de enfrente? –le pregunté yo que hasta entonces no había reparado en otra cosa que no fueran vecinos en general.
—La morena de pelo corto que vive en la finca de enfrente –dijo señalando la ventana–, que casi siempre lleva las manos en los bolsillos y pantalones vaqueros. La he conocido en el bar de Fausto. ¡Es más simpática! Hemos quedado para otro día –ahora sí que se había arrancado en serio.
—¡Vaya hombre! Me alegro ¿Y cómo ha sido eso?
—¡Uff! –volvió a suspirar, y esta vez tomó asiento mientras yo seguía apoyando mi culo en el borde de la mesa del comedor, con los brazos cruzados, como signo de receptividad, y sin quitarle ojo.
—Entonces ¿Has ligado? Me alegro, me alegro.
—Nooo. No ha sido nada de ligar; tú ya sabes que yo nunca he ligado.
—¿Pues cómo fue? –dije dándole pie para que aclarase lo sucedido.
—Yo entraba en el bar y ella salía.
—Y tropezasteis.
—No. Yo al ver que se abría la puerta miré, y como ella estaba sonriendo se me olvido que había un escalón… y me caí.
—¿Encima de ella? –bromeé.
—Nooo… La pude esquivar y me di contra la puerta que se estaba cerrando –dijo gesticulando y recreando la escena de una manera un poco atropellada, que vendría a ser más o menos como fue.
—Señor, señor. Al menos veo que te encuentras bien; incluso mejor que otras veces diría yo.
—Síii, estoy bien. Solo me salió un poco de sangre por la nariz y ella me la limpió con una servilleta de papel que sacó de la chaqueta, que como estaba usada empapaba mejor; la servilleta.
—Ya, ya. No iba a limpiarte con la chaqueta.
—Olía bien –añadió.
—¿El qué? ¿La chaqueta o la servilleta? –le pregunté mecánicamente pero sin poder evitar dejar escapar una sonrisa.
—La servilleta –contestó riéndose a pierna suelta– A… aun la tengo, ¿quieres verla?
—No. Déjalo, es igual. No me gusta ver sangre antes de las comidas.
Parco estaba contento. La felicidad emanaba de él por todas partes menos por los sobacos; aquello no era felicidad propiamente dicha, más bien parecía dejadez. Pero bueno, esto no importa ahora, lo importante es que tenía ganas de hablar y a mí me tenía delante, así que prosiguió.
—Ella me contó que una vez también se cayó y se fastidió un brazo. Fue con un escalón igual ¡Qué coincidencia!, ¿eh?
—Será una despistada como tú.
—¡Ojalá! Así tendríamos más cosas en común los dos. Ella se cayó porque el escalón estaba roto –confesó Parco como en un ataque de sinceridad– y yo ya ves.
—De cualquier manera –quise yo aclarar–, todos nos caemos alguna vez y a ti, por lo que veo, te ha venido muy bien el tropezón.
—Pues no sabes lo mejor: hemos quedado. No sé si te lo había dicho, pero hemos quedado en que igual nos vemos por allí.
—Parco, que eso no es quedar como Dios manda –le dije con tono paternal.
—Pues yo pienso ir. Me pasaré de vez en cuando.
Hubo un momento de silencio que yo rompí.
—Bueno, también es verdad, según lo cuentas, que es parecido a quedar –rectifiqué a medias para verlo más conforme. No sé si me escuchó.
—Me preguntó que si trabajaba –prosiguió él– y le dije que no, que estaba estudiando.
—Caramba, esto sí que es nuevo para mí. ¿Estás estudiando? –pregunté sorprendido.
—No, pero puedo hacerlo. Es que después me arrepentí porque no me gusta mentir y entonces, a lo mejor, estudio algo. Así ya no será mentira.
—Eso me gusta, Parco, que pongas interés en arreglar las cosas. ¿Y qué vas a estudiar?
—Algo, no sé… algo que termine por “fía” y que no sea muy complicado.
Me quedé bastante desconcertado al oír esa respuesta. Nunca se me hubiera ocurrido estudiar nada que terminase por “fía” así tal cual.
—Puedes estudiar mecanografía; creo que van, además, muchas chicas –fue lo único que acerté a sugerir y me di cuenta enseguida de que estuve desacertado. Ya estábamos empatados en cuanto a lo de decir tonterías.
—Ella estudia, ¿sabes? –dijo mirando por la ventana sin ver, creo yo, más allá de los cristales–, estudia las letras.
—¿Qué tipo de letras? –me aventuré a preguntar.
—Las nuestras. Las que usamos nosotros. Pero no le agrada mucho… las letras sí, lo que no le agrada mucho es estudiar, pero las letras sí, y leer y las novelas y los poemas. ¡Me tienes que dejar un libro! –soltó bruscamente, apartando la mirada divagadora de la ventana y dirigiéndola hacia mí.
—Ahí los tienes; coge el que quieras, hay mucho donde elegir –le señalaba con mi dedo pulgar la estantería del comedor que tenía a mis espaldas.
—Alguno que no sea muy gordo –propuso mientras nos acercábamos a ella.
—¿Te gustan las aventuras? –Le pregunté dando los cuatro pasos que nos separaban de los libros.
—En la tele sí.
—Podrías, entonces, empezar por uno de aventuras. ¿De qué tipo prefieres? ¿De guerra?
—No.
—¿De caballerías? Bueno, quiero decir de vaqueros.
—No sé.
—¿De ciencia-ficción?
—¡No, de marcianos no!
—¿De amor entonces?
—No sé. Déjame alguno de aventuras normales que no sea muy largo y después ya veremos.
—¿Te gustan los cuentos? –insistí una vez más considerando qué tipo de texto dejarle y cuál en particular.
—No; eso es para niños.
—Los hay también para mayores –repliqué–. Mira, te dejo éste. No es de aventuras aventuras, pero para empezar irá bien.
—¡”El Prin-ci-pi-to”! –leyó al cogerlo– ¿No será un cuento?
—No exactamente.
—Bueno, vale, que es corto y tiene la letra grande; pero después quiero uno de aventuras aventuras.
No estaba él muy convencido con el tal libro. Seguía mirando la estantería, aunque cada vez de más lejos. Parecía como si se hubiese arrepentido de haberme pedido nada.
—¿Tú lo has leído? –quiso saber.
—Sí.
—Cuando eras nano, seguro –dijo sin perder de vista aquel extraño ser de la portada.
—La primera vez sí, pero luego lo he vuelto a leer; la última el año pasado.
—Qué, que no te acordabas, ¿eh?
—Hombre, alguna cosa se me había olvidado pero no es esa la causa de que relea ciertos libros, es porque en su día me gustaron y con el tiempo quiero saber si a su pesar me siguen gustando. ¿Y tú, cuánto hace que no lees algo que se parezca a un libro? –quise averiguar.
—Para qué me lo preguntas si ya sabes que no estoy acostumbrado a leer mucho. Pero no te preocupes, que sé leer… y de corrido.
—No lo decía por nada –me disculpé–, solo era un comentario para ver si aún te quedaba sangre.
—No me salió mucha –enlazó él como si nada–, yo tenía el pañuelo en la nariz, por si acaso… y nos sentamos…
—¿La invitaste a algo?
—No se me ocurrió. Además, ella salía así que ya habría tomado algo –me dijo mientras se encaminaba hacia la puerta.
—¿Adónde vas?
—A contárselo a Elías que termina a la una.
Para mí Elías sólo era un nombre pronunciado por Parco algunas veces y de pasada. Llegué a creer que era inventado.
Recuerdo que a la mañana siguiente, mientras desayunaba, pensaba en Parco con una media sonrisa de ternura. Me lo imaginaba enfrente de una chica sin rostro con el pelo corto, las piernas largas y un ligero aire de extravagancia. Se me representaba sentado, contemplando atónito cómo movía ella los labios y las manos, intentando acapararla persiguiendo su mirada y sus pensamientos. Sin embargo, poco a poco, mi sonrisa se fue trocando en una embarazosa tristeza al considerar el escaso número de gente que ve correspondidos sus sentimientos y, conociendo a Parco como lo conocía, empecé a temer que él mismo se formara un estado propio de las cosas más allá de lo idílico, y por lo tanto de lo razonable.
Intenté tomarme el café con leche dejando a un lado las preocupaciones y esas fútiles conjeturas, pero se me volvía a ocupar la cabeza con Parco y su difuminada compañera. Mientras yo sorbía los veía sorber a ellos sin dejar de mirarse a los ojos. Probé despistar el pensamiento asomándome a la ventana de mi tercer piso y vi la calle, la misma de siempre, los coches, los transeúntes… Sin querer fui reparando en las jovencitas. Había una de espaldas comprando en el kiosco; pantalones vaqueros, las manos en los bolsillos, pelo corto, rubia. ¡No!, no podía ser esa. Otra cruzaba la calle toreando los vehículos; morena, pelo a lo chico, falda larga… a saber. Miré la entrada de la finca de enfrente durante unos minutos; nadie entraba ni salía en ese momento.
Ahora lo recuerdo de un modo gracioso pero entonces me llegué a sentir ridículo; no por el interés que pudiera mostrar por Parco sino por la manera de querer adelantarme a cualquier acontecimiento.
Me terminé el café con leche frío ya, creo; sí, debería estar frío. ¡Qué tontería! Pensar en un café de más de cuarenta años de edad. !Ah, edad, edad! Ni que los cafés pudieran tener edad. Yo sí que la tengo y recordando la juventud de Parco, hoy, me siento el longevo amiguete de un cromagnon que debe conformarse con una malta con leche.
Pasaron varios días… bueno, no muchos, dos o tres. Era por la tarde. Cuando volvía a casa lo vi. Salió corriendo del bar, no sé si a mi encuentro o a mi encontronazo.
—¡Para, para, hombre! –le dije con la mano a modo de freno y una sonrisa de gracia– Que te la vas a dar y me la vas a dar a mí también.
—Calla, calla, que creía que ibas a cruzar.
—Aunque lo hubiese pensado no me habrías dado tiempo. Vamos vuelve a entrar que es pronto aún. Te invito a algo.
Parco seguía contento. La verdad es que muy a menudo lo parecía; sólo algunas veces cuando le hablabas y te respondía con un tono más apaciguado podías deducir que en esa ocasión a contento no llegaba.
—Buenas tardes, Fausto.
—¡Buenas! ¿Un carajillo?
—No, que no son horas. Ponme una mistela y a Parco lo que quiera. Pago yo.
—Una soda –dijo rápido
Nos sentamos en la barra, como siempre solíamos hacer. Todo parece más fácil en la barra de un bar, e incluso molestas menos.
—Ya era hora de que me rescatara alguien –dejó de manifiesto Fausto en el momento de poner delante de mí el vasito rebosante de mistela–. Lo tengo aquí toda la tarde, levantándose, sentándose y mareándome.
—¿Yo? ¡Si no he hecho nada! Ni te he molestado –le replicó Parco tan indignado como Fausto había querido que estuviese–. También has estado tú toda la tarde “parriba” y “pabajo” “pa” cuatro que han entrado y yo no he dicho nada.
—Eso es lo malo, que tampoco dices nada. Podrías haber contado algo; lo del otro día con la chavala, por ejemplo, ¿no? –apuntó, buscando mi mirada de cómplice que no encontró.
—Todo lo que hablamos ya lo viste: ella me decía cosas y yo le contestaba sin apurarme… y al revés también. Estábamos tranquilos, sin insultarnos… que es lo que haces tú cada vez que hablas con alguien.
—¡Eh! Que yo no insulto a nadie. Sólo digo lo que veo y pienso, y si a “alguien” le molesta que no vuelva, que para algo éste es mi local público.
La cara de indignación de Parco ya había mudado y expresaba un aire de entusiasmo, mal disimulado, como de pensar “ya era hora de que se tocase el tema”. Carraspeó antes de proseguir.
—Tú lo que tienes es envidia… y además te fastidiaste porque me trató bien y se preocupó por mí, cosa que tú no haces por nadie. ¿No decías que si esto, que si lo otro de mí con las chicas? !Pues toma ya!
—Ja, ja, ja. ¿Cómo voy a envidiar unas narices sangrantes? Tú lo que tienes que hacer es pagarte una ronda un día de estos, que ya sería hora, y así celebramos lo de la pollita –seguía pinchando Fausto.
—Venga, Fausto, no te metas tanto con el chiquillo, hombre –quise distender y distraer un poco los ánimos. Aunque pronto vi que estaba de sobra; nadie parecía escucharme.
—No tengo porqué invitarte ¡Pues no te invitas tú veces ni “na”! –dijo con su tono infantil pero con cierta mala leche.
Fausto seguía adoptando una potencial postura frente a Parco: codo y antebrazo izquierdo sobre el mostrador, mano derecha de contrapunto, hombros en rampa.
—Fausto, por favor –insistí–, no lo sigas avasallando. Sabes que, para poder invitarnos, primero tiene que disponer de algo de dinero; no basta con que esté contento, es imprescindible que disfrute de calderilla.
—¿Qué quieres decir, que no la tiene? ¡Ignorante! Lo que pasa es que le dura poco. Cobra de inútil, no de tonto. ¿Me estás oyendo Parco? Mira a ver si puedes cobrar de las dos cosas y te pagas así unas copitas con nosotros, tus amigos ¿no?
—En verano y en Navidad os puedo invitar –discernió él–, tengo paga doble.
Verdaderamente se le veía animado; no siempre es fácil extraer lo mejor de un reproche. Esa paga doble, aunque a meses vista, zanjaría el problema ese día.
I I
Hoy ha amanecido el día con una ligera niebla; frío como una húmeda mañana de invierno sin sol. No tengo porqué sorprenderme; es invierno y está nublado, encapotado por completo. En la penumbra, delante de la ventana, he intentado trasladar mi pensamiento a una época pasada y al mismo tiempo formarme una idea acertada de los hechos y una localización precisa.
Pero los cristales estaban empañados y me ha dado por pensar que nunca se podrían contar las veces en que nuestros ojos nos han impedido ver más allá y que posiblemente sea por ello que el cálculo de lo que nos rodea, a menudo, nos parezca aproximativo; y el de lo que nos influye o nos afecta, intuitivo y aleatorio. He tenido la sensación, dadas las circunstancias, de no poder hacer otra cosa que sacar conclusiones a partir de los pocos datos que me llegaban. Espero que alguien reparta suerte, si es que tal cosa se reparte, y que los sentidos no me abandonen del todo (ni que mis intuiciones se conviertan en apreciaciones categóricas).
Una de las cosas que personalmente suelo agradecer al devenir diario es que me haya hecho ser más crítico respecto a algo concreto y determinado y mucho más comprensible con el resto; ahí es nada... comprensible hasta conmigo mismo.
“La stabilité de la vie”; algo que toda vida busca: las plantas, los animales, nosotros; la materia.
Mauro, a su manera, también la buscaba; consciente o inconscientemente era su meta. Nunca intentaba marcarse pequeñas metas como hacen gran parte de los mortales. Odiaba las pequeñas metas.
—Esos cabrones quieren comprarnos por cuatro duros y encima quieren que nos los gastemos en todas las porquerías que nos intentan vender ¡serán…
—Pero hombre, Mauro, a alguien harán felices esas porquerías a las que te refieres.
—¡Y una mierda! ¡Serán ignorantes!
Para mí la estabilidad no era algo lejano que se tuviera que alcanzar, no era algo que fuera a venir de repente, sino aquello que nunca se debía perder. La mayoría de las veces la inestabilidad venía de fuera; muchas tuve que mantener mi puerta cerrada a agentes desestabilizadores: individuos, ideas, vanaglorias, falsas necesidades. En alguna ocasión pensé si no serían demasiadas. Pero no, hoy creo que fueron las necesarias, más una. Nunca se está seguro de haber acertado plenamente.
No sé si decir que me acuerdo de Mauro porque más que un recuerdo es una presencia que sigue rodeando mis actos y gran parte de mis pensamientos. Nunca me hubiera cansado de observarlo: la cara redonda, la espalda cuadrada, la nariz ancha, la altura intermedia. Los brazos, demasiado largos para una persona entradita en carnes, revelaban que en otro tiempo debió ser todo él puro músculo y nervio. Sus movimientos pausados daban a entender que sabía muy bien a donde iba, pero que no tenía prisa. Su mirada de soslayo, lejos de parecer altiva, mostraba una conformidad con el entorno, y ahí me incluyo. Su habla, cuando tenía algo que decir, se convertía en una extremidad más de su cuerpo: tosca, dura, expresiva, sincera.
—¡Coño! –decía– ¡Y una mierda “pa” ellos!
Siempre fue crítico con la sociedad; eso no es malo, creo yo, incluso seguro que es todo lo contrario, pero durante una etapa de su vida llegó a sentir que toda ella en su conjunto estaba en deuda con él por su sola y mera existencia. Nunca se debe esperar demasiado de algo que nos es dado.
—¿Esto es lo que me da? ¡Que vaya y que se lo meta en el culo! –decía con resentimiento.
Fue jornalero en el campo pero en la ciudad lo fue aún más, como tantos otros, entregado al trabajo y con la única recompensa de saber que al día siguiente no le iba a faltar. Fue durante esa época cuando Mauro llegó a desencantarse. Para todos es duro saber que dependemos de nuestro trabajo y, más que de nuestro trabajo, de nuestra producción; a pocos importa el esfuerzo ajeno.
Mauro me dio a entender tantas cosas de su vida que todas ellas me parece haberlas vivido (muchas las viví), llegando a sentir que fueron un parte de la mía que dejé atrás hace años, o siglos, o meses. De repente despierto y me doy cuenta de que podría haber sido ayer mismo.
Lo conocí en una de mis escapadas al monte en busca de leña. Yo lo saludé sin casi mirar, él me miró y apenas saludó. Éramos jóvenes, él menos que yo, pero bueno, por aquel entonces la edad aún no contaba.
—Eso no vale para nada –me dijo a cierta distancia, al verme cortar unos troncos que había al lado del camino–. La higuera hace humo y no calienta. Pone dolor de cabeza. Si sigues el barranco verás despojos de almendro y un pino caído que está seco.
—¿Esto no es bueno para quemar? –le pregunté.
—No –me contestó tajantemente.
Con lo grandes que eran los troncos, “¡vaya desperdicio!”, pensé, “pero tendrá razón”. Así que me fui hacia el lugar que me había indicado después de darle las gracias y abandonar lo que creía yo que era leña, y de la buena.
Seguí el camino y, tras bajar y subir una hondonada, llegué a un margen que se formaba entre el camino y el barranco; algo parecido a una pequeña era apisonada y desnivelada en uno de cuyos extremos resaltaba un antiguo pozo caído en desuso. Era una construcción rectangular de unos cinco metros cuadrados, sin alardes. No tenía ventanas; una puerta fue la única concesión que le había sido dada. Contra sus paredes ennegrecidas y agrietadas se amontonaba una amalgama de ramas cortas y largas, retorcidas todas, entrelazadas. Resultaba obvio que hacía algún tiempo que su única utilización había consistido en servir de contrafuerte para la quema de rastrojos, podas y desperdicios. Vi también el pino seco que asomaba por encima del ribazo. Llenar la camioneta me ocuparía toda la tarde, pensé; y no porque fuera ésta grande, que no lo era más que un utilitario, sino porque, además de cortar, debería primero desenmarañar todo las ramas que quisiese cargar.
Mauro vivía en la montaña, pero no en una de esas grandes montañas de vegetación impenetrable, de rocas descomunales, de salientes panorámicos, de barrancos en forma de garganta o de precipicios imponentes. Por mucho que a él le hubiese gustado hinchar su loma, construir salientes y profundidades e incluso ubicar algún que otro río por lo que él consideraba su montaña, ésta no dejaba de ser una loma entre un buen número de lomas. De fondo, sirviendo de decorado a sus tierras, la montaña; eso sí que empezaba a parecerlo con sus crestas, laderas y riscos. Creo que en cierto modo también la consideraba un poco suya, aunque solo fuera por simpatía.
Río nunca tuvo, pero no fue porque no se esforzara. A lo más que llegó era a poseer un “torrente corredizo”, construido por él para simple disfrute de su imaginación y, claro está, para un mejor aprovechamiento del agua de lluvia.
Su “torrente corredizo”, llamémoslo así, fue el fruto de un año de observación, medio de ejecución y otro medio de remiendos y correcciones. Durante el primer año de estancia por estos parajes observó (no tenía prisa) en los días de lluvia los regueros y vías de desagüe de “la gran montaña” y los puntos de unión de los barrancos con su pequeña loma. En el segundo año todo lo que podía desviarse fue desviado y lo que no canalizado, en la medida de lo posible, para que confluyera en una enorme balsa, disfrazada de gran charca, que construyó en la parte alta de su cerro. Esta tenía dos surtidores: uno que, a modo de acequia, iba directo hacia la casa ubicada en la falda de la loma y que, en forma de cascada de unos tres metros, caía en otra balsa la mitad de grande que la anterior (el conjunto asemejaba un lago con su torrente junto al hogar), y otro que también desaguaba en esta segunda charca, pero sin saltos. El trayecto de esta segunda charca era más largo; serpenteaba por toda la parte derecha de la loma como si de un riachuelo se tratase. De él bebían todos los animales que querían beber y desde su pequeño cauce se regaba todo aquello que debía regarse. Esta era la parte trabajadora de la gran charca, por lo que cuando llegaba abajo su sobrante, si lo había, no tenía ganas de florituras y se introducía lentamente en el lago, o segunda charca.
A cuanta gente le hubiese gustado crear su propio paraíso, moldearlo poco a poco e ir introduciendo en él todo aquello que por un momento pudiera hacerle feliz para así, instante a instante, poder serlo y disfrutar en su aislamiento de lo que es tan difícil conseguir entre tumultos.
Hoy en día la vegetación es abundante; supongo que en los primeros años de su construcción sería una acequia, una balsa y poco más.
Aún existía una tercera charca que comunicaba subterráneamente con el lago; estaba cerca y medio escondida en la zona más baja de la loma. Desde allí, mediante una bomba, se podía volver a mandar el agua a la primera balsa para que empezase de nuevo su recorrido, o bien dejarla perder por su quebrada natural.
Verdad es que no se trataba de ningún rincón apartado pero también lo es que era un apartado dentro de lo conocido, un refugio abierto al exterior de difícil acceso para las mentes cerradas.
Mauro vivía allí, en los alrededores de donde yo me encontraba aquel día dispuesto a llenar la camioneta de leña. Su sierra estaba situada barranco arriba, a unos diez minutos del pozo. Delimitaba con éste y con otro barranco que se le unía, más o menos, en la hondonada que tenía a mis pies.
III
La vida es lo que es y lo que no es; todo y nada siquisiéramos apostar.
Como en alguna ocasión he dicho, y a pesar del tiempo, me considero un jugador, pero de los que no apuestan si no es por el simple hecho de jugar. En cualquier otro supuesto siempre me limito a sortear las apuestas. “Hagan juego señores”. Para el peor de los casos uno siempre conserva un as en la manga, según se baja por el hombro izquierdo a la derecha; el de los escépticos capaces aún de emocionarse con un simple juego. Un as que muchos no utilizan por temor a perderlo, con lo cual se pierde doblemente.
En este intervalo del ser o no ser caben infinitas posibilidades, y todos tenemos nuestro sitio. Nadie está de más en este mundo aunque muchas veces lo parezca; simplemente puede que se haya instalado en el lugar equivocado, con lo cual surgen un montón de problemas y hasta, si se apura mucho, posiblemente desemboque en una crisis de identidad a medida que más se aleje de la plaza que le corresponde, que no es otra que aquella en la que uno más cómodo se encuentra. Porque está hecha a su medida.
Cuhrt, o lo que para el caso es lo mismo, Dionisio Mellado Sisternes, producto pensante autolimitado, adoptó ese sobrenombre a raíz de haber visto publicados tres de sus artículos en el semanario local de Braza, “Braza hoy”. El “hoy” no dejó nunca de ser un tanto atemporal, como sus artículos.
Cuando yo lo conocí ya se ganaba la bebida, perdón, la vida escribiendo. Su consumo no iba mucho más lejos; por lo tanto tenía razón cuando decía “Que puta es la vida”.
Su guarida era un ático, una especie de estudio sin cocina con un cuartucho de necesidades en la esquina de una terraza incapaz de ubicar más de diez macetas. Que hubiera vegetación en ella era impensable; Cuhrt solamente estaba capacitado para regarse a sí mismo.
Su estado civil “machucho”, decía él.
—Nunca he querido tener un vástago, y por eso no lo tengo; pero un nieto… –no dudaba, sus pausas eran medidas–. Tener un nieto sería algo estupendo y casi perfecto –confesaba sin pudor. Ni que los nietos vinieran sin intermediarios.
—Pues ya me dirás cómo, porque no lo veo nada fácil. Si con ser tío te conformas podríamos investigar, pero ser abuelo sin haber sembrado, francamente, se me hace imposible, qué quieres que te diga.
—¡Usted perdone! Sepa que dije “me gustaría”, no que fuera a buscarlo. No soy tan apocado. Solo era un comento –me trataba de Usted cuando quería marcar las distancias.
Del pasado para qué hablar. Intentar sonsacarle algo era poco menos que delinquir a sus ojos. A la menor pregunta empezaba a mirarte mal, acabando por ignorarte si persistías en el tema; como hacen los viejos cuando lo que les preguntas puede desencadenar un estado incómodo de su propio ser.
—Tú tuviste un pasado ¿No? –me aventuré en una ocasión.
—No, que yo sepa –y me echó una mirada cargada de reproches; disuasoria.
—¿Cómo que no? Tendrías padre, madre, hermanos quizás.
—Soy el menor de cuatro hermanos; pero eso no es un pasado, es una realidad.
En toda mi vida no sé si llegaríamos a cruzar más de cuatro palabras fuera de aquel bar en donde siempre coincidimos físicamente al menos, que en lo referente a otras cosas rara era la ocasión en que no tuviéramos nuestras diferencias, por pequeñas que fueran.
Si la vida fuera un tango, corta y cruel, Cuhrt se encontraría a
mitad camino entre la madurez y la puñalada trapera; que mirándolo desde el punto de vista positivo equivaldría a las dos terceras partes de una vida normal. Tendría por lo tanto, cuando lo conocí, unos cincuenta tacos, eso sí, bastante mal llevados por su flaco esqueleto e imposibles de disimular detrás de aquellas gafas de pasta oscura que no hacían sino aumentarlo todo.
Posiblemente Cuhrt lo que arrastraba, entre otras cosas, era la frustración de no haber sido un escritor de verdad y se refugiaba en ese escribir a tramos, que es como el coser y no coser; vas perdiendo el hilo. Pero no nos pongamos trágicos, que a mi edad sería lo peor y no quiero arruinar mi perspectiva, que cuando los dolores me respetan, al día de hoy y en este lugar, me encuentro en el paraíso.
El primer relato suyo lo leí, cómo no, en el bar de Fausto; y como soy propenso a coleccionar recortes de periódico no se me ocurre hacer otra cosa que trasladarlo, con todas sus letras y signos de puntuación, de su fondo amarillo a éste bastante más claro.
Decía así:
“Mi vecino Matías creíase gafe; siendo hombre honrado, como era, carecía totalmente de suerte. Todos le compadecíamos: nunca caía una teja sin que pasase él por debajo; apenas había economizado unos cuartos que venía una depreciación; siempre lo sorprendía la lluvia sin paraguas; en diez años se casó cuatro veces, enviudó tres y no disfrutó de ninguna amante.
Proclamarse gafe era su argumentación predilecta, y fue también lo más cómodo. No pasaba una jornada sin que tuviera algún motivo para quejarse. Quienes conocíanle temían preguntarle “¿Cómo estás?”.
No es que en realidad se lamentara, únicamente sonreía ante su mala suerte fabulosa. De hecho le ocurrían cosas que los demás se ahorraban. Pura mala suerte, no se puede negar, tanto en lo significativo como en las nimiedades. A pesar de todo lo soportaba con valentía. Hasta que ocurrió el milagro.
Fue un golpe para él, un duro golpe, cuando a este hombre le tocó el premio gordo de la lotería. Salió en los periódicos y no pudo negarlo. Yo me lo encontré en la calle, fuera de sí, pálido; el enfado le había comido el color. No dudaba de que tenía gafe sino de la lotería, sí, y del mundo en general. Risa ninguna, aunque parezca asombroso había que consolarle. En vano. No podía comprender que ya no tuviera gafe; no quería comprenderlo. Estaba tan trastornado que yendo al banco perdió, efectivamente, el billete. Creo que lo prefirió; pensó que de otra manera hubiese tenido que inventarse otro “yo”, puesto que el suyo ya no valdría sin gafe. Naturalmente un “yo” nuevo cuesto más que unos simples millones. Hubiera tenido que renunciar a la historia completa de su vida, y vivir los acontecimientos de manera distinta puesto que lo cotidiano no iba a resultar adecuado para su nuevo “yo”.
Poco tiempo después también lo engañó su mujer. Verdaderamente era gafe.” Cuhrt
No sé por qué me pareció el escrito un tanto autobiográfico en aquel momento, después olvidé el asunto; entre otras cosas porque Cuhrt no estaba casado.
IV
Dejar fluir los pensamientos me cuesta un poco; uno, otro, otro… Unas veces se amontonan, otras, las más, mi capacidad de evocar se bloquea y no acierto a precisar con Mauro, ni con Ana, ni con Cuhrt, ni con Parco, ni con Pablo, ni con Fausto... ni conmigo mismo; a no ser que tenga que ver con un achaque en particular y entonces sí que me acuerdo hasta de mis muertos.
El bar de Fausto era el punto de encuentro de mucha de la gente que conocí, sin incluir a Ana que si bien lo frecuentaba eran tantos los lugares en donde la podías ver entrar y salir que para encontrarla ningún sitio era mejor que la calle.
Ana… Los días grises en Braza, de tono opaco y miras reducidas, contrastaban enormemente con su figura de colores; incluso cuando vestía de negro, raras veces, éste parecía un negro con ligeras tonalidades. Observándola desde la lejanía parecía la coloreada protagonista de una película de cine mudo: sus pasos, sus gestos, su vocalización que dejaba escapar palabras que no llegaban a mis oídos. Parco me decía que cuando ella le hablaba se le ponía la piel de gallina y que tan extasiado se quedaba que sólo llegaba a entender las últimas palabras que salían de su boca.
—Es que me dejo llevar por el “rum rum” de su boca y hasta que no acaba no me entero de que me lo está diciendo a mí.
—Pues deberías saber que no prestar atención es una falta de respeto y de educación para con los demás –le decía yo.
—¡Pero si me pasa sin querer! Y no siempre !Eh! no siempre.
—¿Conmigo te pasa eso también?
—Nooo, ¡qué va! A ti sólo te oigo, pero a ella, a ella…
—Ya. A ella la sientes –estaba claro.
—Parecido. Me vibra lo que dice; no sé. Se va y aún me vibra, y ella no está…
—Eso son las ganas que tienes de escucharla una y otra vez.
—Eso será, que le presto tanta atención que yo solo me atranco –concluyó Parco.
Y verdad era que estaba atrancado, aunque a mi entender la palabra más adecuada hubiese sido enamorado, pero dijo me atranco y yo le entendí.
¡Lo que son las cosas! La verdad es que me disponía a escribir sobre Ana, pero en aquella época se me confunden de tal manera los dos que rara vez puedo pensar en ella sin que aparezca la sombra de Parco. Lo volveré a intentar:
Ana… Hubo dos Anas en mi vida; una me tocó la epidermis, fue como una sensación exterior, como un roce que te despierta los sentidos, como el relato de un cuento que viene a recordarte que existen los cuentos y que hay que aprovechar de su realidad fantástica su ilógico razonamiento para no perder la capacidad de verse sorprendido por las cosas agradables. Ella fue el aire fresco, yo los pulmones.
Después está la otra Ana; la que a base de rozarme la piel se fue infiltrando poco a poco por cada rincón de mi cuerpo, arrancando de todos ellos sensaciones singulares: de las sombras hizo luces, de las luces sombras claras donde descansar, y del descanso hizo caminos de la mente que compartió conmigo; conmigo más que con nadie.
Sí; hubo dos Anas, pero la que nos ocupa en estos momentos es la primera de ellas.
De todas las veces en que remarqué su presencia por entre las calles de Braza con mi mirada curiosa y de la inmensidad de ocasiones que tuve de poder distinguirla en su portal desde mi ventana, nunca dije ni hice ningún comentario a Parco ( no quería calentarle más los plomos, ni agobiarlo, simplemente le dejaba hablar).
—Hoy hemos ido al cine.
—¿Y la has besado? –qué pregunta la mía.
—Noo. Hemos ido a ver una película
—Está bien para ser la segunda vez que la ves.
—No es la segunda, ya nos hemos visto varias veces… por la calle… y hoy iba al cine, ella, y como yo no tenía nada que hacer… pues la he acompañado. A ella no le ha importado que fuera ¿sabes?
—No te pregunto si iba sola porque ya me lo imagino.
—¡Qué vaaaa! Hemos ido los dos. “Ladrones y forajidos”. Era de acción, pero de la antigua; con espadas y pistolones. Se me ha hecho corta.
—¿Y después?
—Después he venido a hacerte una visita ¿No me ves?
—Sí. Te veo –no podía contestarle otra cosa.
—Pues eso. ¿Has cenado? –esto sí que era del interés de Parco, no lo preguntaba por preguntar.
—No. A ello me disponía, pero ya que estás aquí, si preparas una ensalada yo frío medio pollo con mantequilla en un periquete.
—¡Venga!
Pareció entusiasmarle la idea. Mientras yo hacía la cena Parco se peleaba con los tomates y el cuchillo.
—¿Le echo cebolla?
—Sí, échale.
—A mí no me gusta, eh –dejó claro.
—Es igual; échale. Y le pones también un poco de orégano.
—¿Donde está el orégano?
—Donde siempre.
—¿Y la sal?
—En el salero ¿Donde iba a estar?
Parco se recorrió dieciocho veces la cocina, de cuatro metros cuadrados, mientras yo ponía la mesa; hubiese sido demasiado pedirle a él que lo hiciera.
—¡Para de una vez , ven y siéntate!
—El aceite... falta el aceite.
—Pues pónselo y venga, que eres el nervioso más lento que he visto en mi vida –y se sentó por fin. No bendecimos la mesa, nunca lo hacíamos–. Entonces, del cine has venido directamente aquí.
—Sí –dijo Parco con la boca ya llena.
—Son las nueve y media; bueno, eran, ahora son casi las diez –rectifiqué haciendo como si mirase el reloj con un movimiento rápido–. Podríais haber ido a dar una vuelta a la salida del cine, que suele ser lo más normal, ¿no?
—Sí, pero tenía que estudiar… ella. ¿No te lo he dicho antes?
—Y si tenía que estudiar ¿para qué fue al cine? –le pedí que aclarara con la sola intención de que hablara y no tragase tanto.
—Para despejarse. Porque había estado toda la tarde estudiando y ya no podía con los libros –desgarró un trozo de pollo con la boca y prosiguió–. Estaba estudiando lo que había escrito un tal Quevedo y dos o tres tíos más… y por qué habían escrito lo que habían escrito.
—¿No me digas que conocías tú a Quevedo?
—Noo. ¡Qué vaaa!. Ella me dijo cosas de él y de los otros. Yo, al principio le decía que no sabía quiénes eran, pero ella me dijo que porque nadie me había hablado de ellos… y que como ella ahora me estaba hablando de ellos, pues que ya les conocía. Pero se me han olvidado los otros dos. Quevedo y… Quevedo… y … el manco. El manco Cervantes era el otro; el manco de Lepanto… que fue una guerra.
—Anda, vamos a dejarlo y a darle un descanso a la sesera, que nos hará falta el oxígeno para la digestión.
—¿De Lepanto no tienes ninguna novela? A lo mejor sale Cervantes luchando con los moros.
—Contra los turcos –rectifiqué–. Creo que algo habrá por entre esos libros –señalé la estantería grande del comedor que tenía a mis espaldas–, pero novela, novela, no creo. Y con “El Principito” ¿cómo vas?, ¿lo estás leyendo?
—Bien –por el tono que adoptó no parecía que le interesase mucho–. Bien –repitió con la boca llena de nuevo–, voy por la mitad… o más.
—¿Te está gustando?
—Algo. Pero después quiero uno de turcos.
Así transcurrió la cena; otra cena entretenida, amenizada por
Parco con su charla. Después, como siempre y de repente, se levantó, se despidió y se fue hacia su casa; supongo.
Acabo de darme cuenta de que no he logrado apartar la sombra de Parco al intentar hablar de Ana; de aquella Ana. Da lo mismo. No le daré importancia al hecho.
CONTINUARÁ....
(Escrita en 1998)
Cuando se ve un gorrión enjaulado se siente por él compasión pero también ira. Si se ha dejado coger quiere decir que un poco ya pertenecía a la jaula, y si después la ha soportado demuestra claramente que no merecía otro destino.
Italo Svevo
Necesitaba una purga y me puse a escribir. Otros se casan y tienen hijos. No tengo nada en contra, cada cual elige su medicina.
PRÓLOGO
Podría empezar contando que mi vida comenzó hace unos cuarenta y cinco años, sin embargo, si mis cálculos no fallan, son ochenta los que he ido amontonando en las diferentes partes de mi cuerpo... Y que no me pregunten por uno en concreto, al menos que no esperen una respuesta fluida y menos aún rápida.
La memoria me falla, a mis años, pero creo que en aquellas cosas en las que jamás puse toda la atención. Son tantas las veces en las que no pasé de ser un simple espectador en la historia, pequeña historia, de las gentes que me rodeaban que como testigo no pude sino asistir a sus representaciones y olvidar los argumentos. No obstante, son las ocasiones en que he dejado de ser un espectador y aquellas en las que, aún siéndolo, me he visto arrastrado a compartir un papel, una trama o una sonrisa, las que más y mejor conservo. Testigo sigo siendo, al día de hoy, de todas ellas (representaciones, tramas y sonrisas), sólo que sobre algunas no podría ya testificar.
La memoria es selectiva, de eso no tengo la menor duda, y en mi caso ha ido justificando los abriles que en cierta manera encauzaron mis raíces hacia la tierra... y gran parte de los veranos, otoños e inviernos que poco a poco hicieron que me involucrara en ese todo en el que me vi inmerso y en el que tuve la oportunidad de agenciarme un pequeño papel. En algunos argumentos estuve totalmente de acuerdo con mis compañeros de reparto, en otros acordamos diferir de una forma voluntaria pero llevadera.
Empezaré por el principio, si es que existe, e imaginaré que todos, o casi todos, llegaremos a ser viejos un día y que, presumiblemente, mirando atrás furtivamente encontraremos aquello que quisimos ser, o aquello que fuimos para alguien, o aquel alguien que fue para nosotros… ¡Qué tontería! ¿No? ¡Y cuanta importancia nos damos! Sea como fuere, seremos viejos (unos cuantos al menos seguro) y difícil será evitar mirar atrás, que es lo que estoy a punto de hacer ahora mismo. Pues bien; todo aquello que fuimos o al menos creímos ser, y todo lo que fue o en su defecto creímos que era, se amontona sin orden en algún rincón de nuestro pensamiento, fermenta y modelados por el viento sus vapores un día surgen y nos vemos ante el problema de volverlos a su estado primitivo. ¿Qué criterio seguir? Quizás ninguno. Probablemente sea mejor dejarlos fluir a su aire y esperar el resultado. Al final hasta puede que todo nos parezca tan real que, por un momento, no resistamos la tentación de meternos dentro de una frase para formar parte del contexto.
La memoria me falla; no siempre. Quizás por eso ayer me decidí a escribir con el ánimo de hacer partícipes a otros, pocos o muchos, de algo que seguramente les habrá sido ajeno pero que a mí me afectó en su momento y en todos los demás instantes de mi vida. El tiempo me sobra y papel y tinta no me van a faltar, pensé. Eso sí; sé que no podré echar mano de las miradas, ni de los gestos, ni de ninguna otra complicidad que no sean las palabras, así que tendré que esmerarme y utilizarlas de la mejor forma posible. Ignoro si para la generalidad será apropiado decir “coño”, pero Mauro lo decía y a mí nunca me pareció incorrecto por ello como tampoco me lo parecieron tantos y tantos términos que no dejaron de ser simples expresiones, puesto que ningún complemento contribuía a ensuciarlas más de lo que una mente indecente pudiera hacerlo, que no es mi caso.
Compré una vez un libro viejo, “La stabilité de la vie”; la verdad es que no lo he leído, pero su solo título llena para mí más páginas de las que pueda haber en él contenidas. Suele pasar que una frase, en ocasiones, dé más a entender que un discurso preparado durante horas. Tal vez sea esa facilidad de coger de aquí o de allá la que vaya marcándonos poco a poco. Es posible que la capacidad de resumir o de ampliar sirva para algo tremendamente productivo.
I
No se puede ir diciendo por ahí que la vida es un juego; uno lo sabe y se calla; hay demasiados tramposos, demasiados intereses. Saber ganar o perder no es suficiente; hay que saber jugar y ser honrado. Generalmente no se reúnen las dos cualidades.
Esto no quiere decir, de ningún modo, que la vida haya de tomarse a la ligera ¡No! La vida es muy seria... o mejor dicho; la vida es un juego pero hay que ser serio. A mí, particularmente, me gusta jugar y arriesgar poco, de lo contrario ya no sería un juego.
Una cosa sí puedes decir a todo el mundo, nadie te creerá, y es que el dinero no importa. Nadie podrá creerte porque todo está basado en el “libre” dinero: ¿qué me das?, ¿qué te doy?, ¿qué me debes?, ¿qué te di?, ¿qué me darás? ¡Qué!
No es peligroso decir que el dinero no importa, no te tomarán en serio.
Ana y el dinero nunca fueron muy amigos. Se conocían, pero su relación era de indiferencia. Jamás llegó a acumular la cantidad mínima que despierta la avaricia. En Braza, hacía trabajos esporádicos, aquí, allá. Pintaba alguna casa, decoraba la de algún amigo de un conocido, trabajaba en ciertos bares y a horas puntas. Todo ello de vez en cuando (cuando se lo permitían sus estudios). El resto de las horas y de los días se los pasaba holgazaneando tiernamente por las calles de Braza. Al menos eso deduzco de los primeros recuerdos que tengo de aquella joven de dieciocho o diecinueve años maestra en despertar fantasías y en maquillar incoherencias, que viene a ser lo mismo.
A Ana le gustaba hablar, disfrutaba hablando. Le encantaba escribir. Por lo general llevaba los bolsillos llenos de papeles, unos en blanco, otros garabateados… y un bolígrafo. Cuando salía de casa pensaba en el bolígrafo mientras se cacheaba. No le gustaban los bolsos. Decía que le agradaba sentir el contacto de lo que llevaba consigo. De todas maneras nunca era mucho.
En aquellos tiempos era una jovencita dinámica, sociable, jovial; simpática dirían sus amigos. Muchas veces por la mañana, al verla salir de su portal desde mi ventana, vi reflejada en su cara la ilusión de haber descubierto un nuevo día y el deseo de disfrutar de su hallazgo. Y yo, a pocos, fui descubriendo que era su mera presencia la que me mostraba que ese nuevo día salía del umbral y se ofrecía a todos, incluso a mí.
Por aquel entonces Ana era una imagen y, más que una imagen, un buen estímulo. Después he seguido buscando, no necesariamente se llamaban Ana, pero me han llevado muy lejos; tan lejos como estoy ahora de ese recuerdo que aún conservo fresco, no congelado, agradable. Un día dejó de ser un revulsivo, años más tarde, y se convirtió en una realidad (personal), en una persona a la cual fui más sensible si cabe.
Aquella Ana…. Sí. Sí…. Me acuerdo.
Hoy tengo los cabellos grises, no todos; y la materia gris también la tengo, no toda. ¿O sí? No sé.
De la jovencita en cuestión llegué a saber mucho más de lo que me había propuesto; al principio sin querer, después ya me fui interesando siempre desde la lejanía que me proporcionaba el incógnito. Sus casi veinte años nunca conocieron mis treinta y pico ni fueron las calles de Braza testigo de nada entre nosotros que no fuera el transcurrir diario de cada cual por su propio camino. Si alguna atracción hubo fue ajena y si algún deseo se manifestó, por parte mía, fue el de que así siguiera siendo. Caso aparte es que me hiciera ver algunas cosas (su presencia, el portal, el nuevo día) desde el otro punto de vista.
Y todo por culpa de Parco que se vino a enamorar de un ideal; de un ideal “corpóreo”.
Un día llegó a casa contento de encontrarme y de poder contarle a alguien lo que le había ocurrido. El corazón le latía en la cara, en los ojos, en la boca que tartamudeaba. Había descubierto a una persona que no lo había tratado como a un simple, a un semejante que simplemente lo había tratado. Alguien que después de escuchar, y como respuesta a sus confesiones, le había confiado unas palabras, dado una confianza; y para colmo era del sexo que pone nervioso. El no lo debió estar más que otras veces.
—Ya sé, ya sé; seguro que quieres decirme o preguntarme algo –le solté antes de que pudiera articular palabra–. Venga, hazlo llanamente y no me bailes tanto que me estás mareando.
—Calla, calla. Que no voy a preguntarte nada. Es que… es que… uff… es que…
— Vamos suéltalo ya que aún reventarás y me vas a poner el piso perdido –le dije yo en un intento de relajar sus músculos faciales al mismo tiempo que procuraba darle unos segundos para que organizase su arranque.
—He... he estado ha... hablando con la chica de enfrente –acertó a decir Parco por fin, en voz baja y suspirando.
—¿Qué chica de enfrente? –le pregunté yo que hasta entonces no había reparado en otra cosa que no fueran vecinos en general.
—La morena de pelo corto que vive en la finca de enfrente –dijo señalando la ventana–, que casi siempre lleva las manos en los bolsillos y pantalones vaqueros. La he conocido en el bar de Fausto. ¡Es más simpática! Hemos quedado para otro día –ahora sí que se había arrancado en serio.
—¡Vaya hombre! Me alegro ¿Y cómo ha sido eso?
—¡Uff! –volvió a suspirar, y esta vez tomó asiento mientras yo seguía apoyando mi culo en el borde de la mesa del comedor, con los brazos cruzados, como signo de receptividad, y sin quitarle ojo.
—Entonces ¿Has ligado? Me alegro, me alegro.
—Nooo. No ha sido nada de ligar; tú ya sabes que yo nunca he ligado.
—¿Pues cómo fue? –dije dándole pie para que aclarase lo sucedido.
—Yo entraba en el bar y ella salía.
—Y tropezasteis.
—No. Yo al ver que se abría la puerta miré, y como ella estaba sonriendo se me olvido que había un escalón… y me caí.
—¿Encima de ella? –bromeé.
—Nooo… La pude esquivar y me di contra la puerta que se estaba cerrando –dijo gesticulando y recreando la escena de una manera un poco atropellada, que vendría a ser más o menos como fue.
—Señor, señor. Al menos veo que te encuentras bien; incluso mejor que otras veces diría yo.
—Síii, estoy bien. Solo me salió un poco de sangre por la nariz y ella me la limpió con una servilleta de papel que sacó de la chaqueta, que como estaba usada empapaba mejor; la servilleta.
—Ya, ya. No iba a limpiarte con la chaqueta.
—Olía bien –añadió.
—¿El qué? ¿La chaqueta o la servilleta? –le pregunté mecánicamente pero sin poder evitar dejar escapar una sonrisa.
—La servilleta –contestó riéndose a pierna suelta– A… aun la tengo, ¿quieres verla?
—No. Déjalo, es igual. No me gusta ver sangre antes de las comidas.
Parco estaba contento. La felicidad emanaba de él por todas partes menos por los sobacos; aquello no era felicidad propiamente dicha, más bien parecía dejadez. Pero bueno, esto no importa ahora, lo importante es que tenía ganas de hablar y a mí me tenía delante, así que prosiguió.
—Ella me contó que una vez también se cayó y se fastidió un brazo. Fue con un escalón igual ¡Qué coincidencia!, ¿eh?
—Será una despistada como tú.
—¡Ojalá! Así tendríamos más cosas en común los dos. Ella se cayó porque el escalón estaba roto –confesó Parco como en un ataque de sinceridad– y yo ya ves.
—De cualquier manera –quise yo aclarar–, todos nos caemos alguna vez y a ti, por lo que veo, te ha venido muy bien el tropezón.
—Pues no sabes lo mejor: hemos quedado. No sé si te lo había dicho, pero hemos quedado en que igual nos vemos por allí.
—Parco, que eso no es quedar como Dios manda –le dije con tono paternal.
—Pues yo pienso ir. Me pasaré de vez en cuando.
Hubo un momento de silencio que yo rompí.
—Bueno, también es verdad, según lo cuentas, que es parecido a quedar –rectifiqué a medias para verlo más conforme. No sé si me escuchó.
—Me preguntó que si trabajaba –prosiguió él– y le dije que no, que estaba estudiando.
—Caramba, esto sí que es nuevo para mí. ¿Estás estudiando? –pregunté sorprendido.
—No, pero puedo hacerlo. Es que después me arrepentí porque no me gusta mentir y entonces, a lo mejor, estudio algo. Así ya no será mentira.
—Eso me gusta, Parco, que pongas interés en arreglar las cosas. ¿Y qué vas a estudiar?
—Algo, no sé… algo que termine por “fía” y que no sea muy complicado.
Me quedé bastante desconcertado al oír esa respuesta. Nunca se me hubiera ocurrido estudiar nada que terminase por “fía” así tal cual.
—Puedes estudiar mecanografía; creo que van, además, muchas chicas –fue lo único que acerté a sugerir y me di cuenta enseguida de que estuve desacertado. Ya estábamos empatados en cuanto a lo de decir tonterías.
—Ella estudia, ¿sabes? –dijo mirando por la ventana sin ver, creo yo, más allá de los cristales–, estudia las letras.
—¿Qué tipo de letras? –me aventuré a preguntar.
—Las nuestras. Las que usamos nosotros. Pero no le agrada mucho… las letras sí, lo que no le agrada mucho es estudiar, pero las letras sí, y leer y las novelas y los poemas. ¡Me tienes que dejar un libro! –soltó bruscamente, apartando la mirada divagadora de la ventana y dirigiéndola hacia mí.
—Ahí los tienes; coge el que quieras, hay mucho donde elegir –le señalaba con mi dedo pulgar la estantería del comedor que tenía a mis espaldas.
—Alguno que no sea muy gordo –propuso mientras nos acercábamos a ella.
—¿Te gustan las aventuras? –Le pregunté dando los cuatro pasos que nos separaban de los libros.
—En la tele sí.
—Podrías, entonces, empezar por uno de aventuras. ¿De qué tipo prefieres? ¿De guerra?
—No.
—¿De caballerías? Bueno, quiero decir de vaqueros.
—No sé.
—¿De ciencia-ficción?
—¡No, de marcianos no!
—¿De amor entonces?
—No sé. Déjame alguno de aventuras normales que no sea muy largo y después ya veremos.
—¿Te gustan los cuentos? –insistí una vez más considerando qué tipo de texto dejarle y cuál en particular.
—No; eso es para niños.
—Los hay también para mayores –repliqué–. Mira, te dejo éste. No es de aventuras aventuras, pero para empezar irá bien.
—¡”El Prin-ci-pi-to”! –leyó al cogerlo– ¿No será un cuento?
—No exactamente.
—Bueno, vale, que es corto y tiene la letra grande; pero después quiero uno de aventuras aventuras.
No estaba él muy convencido con el tal libro. Seguía mirando la estantería, aunque cada vez de más lejos. Parecía como si se hubiese arrepentido de haberme pedido nada.
—¿Tú lo has leído? –quiso saber.
—Sí.
—Cuando eras nano, seguro –dijo sin perder de vista aquel extraño ser de la portada.
—La primera vez sí, pero luego lo he vuelto a leer; la última el año pasado.
—Qué, que no te acordabas, ¿eh?
—Hombre, alguna cosa se me había olvidado pero no es esa la causa de que relea ciertos libros, es porque en su día me gustaron y con el tiempo quiero saber si a su pesar me siguen gustando. ¿Y tú, cuánto hace que no lees algo que se parezca a un libro? –quise averiguar.
—Para qué me lo preguntas si ya sabes que no estoy acostumbrado a leer mucho. Pero no te preocupes, que sé leer… y de corrido.
—No lo decía por nada –me disculpé–, solo era un comentario para ver si aún te quedaba sangre.
—No me salió mucha –enlazó él como si nada–, yo tenía el pañuelo en la nariz, por si acaso… y nos sentamos…
—¿La invitaste a algo?
—No se me ocurrió. Además, ella salía así que ya habría tomado algo –me dijo mientras se encaminaba hacia la puerta.
—¿Adónde vas?
—A contárselo a Elías que termina a la una.
Para mí Elías sólo era un nombre pronunciado por Parco algunas veces y de pasada. Llegué a creer que era inventado.
Recuerdo que a la mañana siguiente, mientras desayunaba, pensaba en Parco con una media sonrisa de ternura. Me lo imaginaba enfrente de una chica sin rostro con el pelo corto, las piernas largas y un ligero aire de extravagancia. Se me representaba sentado, contemplando atónito cómo movía ella los labios y las manos, intentando acapararla persiguiendo su mirada y sus pensamientos. Sin embargo, poco a poco, mi sonrisa se fue trocando en una embarazosa tristeza al considerar el escaso número de gente que ve correspondidos sus sentimientos y, conociendo a Parco como lo conocía, empecé a temer que él mismo se formara un estado propio de las cosas más allá de lo idílico, y por lo tanto de lo razonable.
Intenté tomarme el café con leche dejando a un lado las preocupaciones y esas fútiles conjeturas, pero se me volvía a ocupar la cabeza con Parco y su difuminada compañera. Mientras yo sorbía los veía sorber a ellos sin dejar de mirarse a los ojos. Probé despistar el pensamiento asomándome a la ventana de mi tercer piso y vi la calle, la misma de siempre, los coches, los transeúntes… Sin querer fui reparando en las jovencitas. Había una de espaldas comprando en el kiosco; pantalones vaqueros, las manos en los bolsillos, pelo corto, rubia. ¡No!, no podía ser esa. Otra cruzaba la calle toreando los vehículos; morena, pelo a lo chico, falda larga… a saber. Miré la entrada de la finca de enfrente durante unos minutos; nadie entraba ni salía en ese momento.
Ahora lo recuerdo de un modo gracioso pero entonces me llegué a sentir ridículo; no por el interés que pudiera mostrar por Parco sino por la manera de querer adelantarme a cualquier acontecimiento.
Me terminé el café con leche frío ya, creo; sí, debería estar frío. ¡Qué tontería! Pensar en un café de más de cuarenta años de edad. !Ah, edad, edad! Ni que los cafés pudieran tener edad. Yo sí que la tengo y recordando la juventud de Parco, hoy, me siento el longevo amiguete de un cromagnon que debe conformarse con una malta con leche.
Pasaron varios días… bueno, no muchos, dos o tres. Era por la tarde. Cuando volvía a casa lo vi. Salió corriendo del bar, no sé si a mi encuentro o a mi encontronazo.
—¡Para, para, hombre! –le dije con la mano a modo de freno y una sonrisa de gracia– Que te la vas a dar y me la vas a dar a mí también.
—Calla, calla, que creía que ibas a cruzar.
—Aunque lo hubiese pensado no me habrías dado tiempo. Vamos vuelve a entrar que es pronto aún. Te invito a algo.
Parco seguía contento. La verdad es que muy a menudo lo parecía; sólo algunas veces cuando le hablabas y te respondía con un tono más apaciguado podías deducir que en esa ocasión a contento no llegaba.
—Buenas tardes, Fausto.
—¡Buenas! ¿Un carajillo?
—No, que no son horas. Ponme una mistela y a Parco lo que quiera. Pago yo.
—Una soda –dijo rápido
Nos sentamos en la barra, como siempre solíamos hacer. Todo parece más fácil en la barra de un bar, e incluso molestas menos.
—Ya era hora de que me rescatara alguien –dejó de manifiesto Fausto en el momento de poner delante de mí el vasito rebosante de mistela–. Lo tengo aquí toda la tarde, levantándose, sentándose y mareándome.
—¿Yo? ¡Si no he hecho nada! Ni te he molestado –le replicó Parco tan indignado como Fausto había querido que estuviese–. También has estado tú toda la tarde “parriba” y “pabajo” “pa” cuatro que han entrado y yo no he dicho nada.
—Eso es lo malo, que tampoco dices nada. Podrías haber contado algo; lo del otro día con la chavala, por ejemplo, ¿no? –apuntó, buscando mi mirada de cómplice que no encontró.
—Todo lo que hablamos ya lo viste: ella me decía cosas y yo le contestaba sin apurarme… y al revés también. Estábamos tranquilos, sin insultarnos… que es lo que haces tú cada vez que hablas con alguien.
—¡Eh! Que yo no insulto a nadie. Sólo digo lo que veo y pienso, y si a “alguien” le molesta que no vuelva, que para algo éste es mi local público.
La cara de indignación de Parco ya había mudado y expresaba un aire de entusiasmo, mal disimulado, como de pensar “ya era hora de que se tocase el tema”. Carraspeó antes de proseguir.
—Tú lo que tienes es envidia… y además te fastidiaste porque me trató bien y se preocupó por mí, cosa que tú no haces por nadie. ¿No decías que si esto, que si lo otro de mí con las chicas? !Pues toma ya!
—Ja, ja, ja. ¿Cómo voy a envidiar unas narices sangrantes? Tú lo que tienes que hacer es pagarte una ronda un día de estos, que ya sería hora, y así celebramos lo de la pollita –seguía pinchando Fausto.
—Venga, Fausto, no te metas tanto con el chiquillo, hombre –quise distender y distraer un poco los ánimos. Aunque pronto vi que estaba de sobra; nadie parecía escucharme.
—No tengo porqué invitarte ¡Pues no te invitas tú veces ni “na”! –dijo con su tono infantil pero con cierta mala leche.
Fausto seguía adoptando una potencial postura frente a Parco: codo y antebrazo izquierdo sobre el mostrador, mano derecha de contrapunto, hombros en rampa.
—Fausto, por favor –insistí–, no lo sigas avasallando. Sabes que, para poder invitarnos, primero tiene que disponer de algo de dinero; no basta con que esté contento, es imprescindible que disfrute de calderilla.
—¿Qué quieres decir, que no la tiene? ¡Ignorante! Lo que pasa es que le dura poco. Cobra de inútil, no de tonto. ¿Me estás oyendo Parco? Mira a ver si puedes cobrar de las dos cosas y te pagas así unas copitas con nosotros, tus amigos ¿no?
—En verano y en Navidad os puedo invitar –discernió él–, tengo paga doble.
Verdaderamente se le veía animado; no siempre es fácil extraer lo mejor de un reproche. Esa paga doble, aunque a meses vista, zanjaría el problema ese día.
I I
Hoy ha amanecido el día con una ligera niebla; frío como una húmeda mañana de invierno sin sol. No tengo porqué sorprenderme; es invierno y está nublado, encapotado por completo. En la penumbra, delante de la ventana, he intentado trasladar mi pensamiento a una época pasada y al mismo tiempo formarme una idea acertada de los hechos y una localización precisa.
Pero los cristales estaban empañados y me ha dado por pensar que nunca se podrían contar las veces en que nuestros ojos nos han impedido ver más allá y que posiblemente sea por ello que el cálculo de lo que nos rodea, a menudo, nos parezca aproximativo; y el de lo que nos influye o nos afecta, intuitivo y aleatorio. He tenido la sensación, dadas las circunstancias, de no poder hacer otra cosa que sacar conclusiones a partir de los pocos datos que me llegaban. Espero que alguien reparta suerte, si es que tal cosa se reparte, y que los sentidos no me abandonen del todo (ni que mis intuiciones se conviertan en apreciaciones categóricas).
Una de las cosas que personalmente suelo agradecer al devenir diario es que me haya hecho ser más crítico respecto a algo concreto y determinado y mucho más comprensible con el resto; ahí es nada... comprensible hasta conmigo mismo.
“La stabilité de la vie”; algo que toda vida busca: las plantas, los animales, nosotros; la materia.
Mauro, a su manera, también la buscaba; consciente o inconscientemente era su meta. Nunca intentaba marcarse pequeñas metas como hacen gran parte de los mortales. Odiaba las pequeñas metas.
—Esos cabrones quieren comprarnos por cuatro duros y encima quieren que nos los gastemos en todas las porquerías que nos intentan vender ¡serán…
—Pero hombre, Mauro, a alguien harán felices esas porquerías a las que te refieres.
—¡Y una mierda! ¡Serán ignorantes!
Para mí la estabilidad no era algo lejano que se tuviera que alcanzar, no era algo que fuera a venir de repente, sino aquello que nunca se debía perder. La mayoría de las veces la inestabilidad venía de fuera; muchas tuve que mantener mi puerta cerrada a agentes desestabilizadores: individuos, ideas, vanaglorias, falsas necesidades. En alguna ocasión pensé si no serían demasiadas. Pero no, hoy creo que fueron las necesarias, más una. Nunca se está seguro de haber acertado plenamente.
No sé si decir que me acuerdo de Mauro porque más que un recuerdo es una presencia que sigue rodeando mis actos y gran parte de mis pensamientos. Nunca me hubiera cansado de observarlo: la cara redonda, la espalda cuadrada, la nariz ancha, la altura intermedia. Los brazos, demasiado largos para una persona entradita en carnes, revelaban que en otro tiempo debió ser todo él puro músculo y nervio. Sus movimientos pausados daban a entender que sabía muy bien a donde iba, pero que no tenía prisa. Su mirada de soslayo, lejos de parecer altiva, mostraba una conformidad con el entorno, y ahí me incluyo. Su habla, cuando tenía algo que decir, se convertía en una extremidad más de su cuerpo: tosca, dura, expresiva, sincera.
—¡Coño! –decía– ¡Y una mierda “pa” ellos!
Siempre fue crítico con la sociedad; eso no es malo, creo yo, incluso seguro que es todo lo contrario, pero durante una etapa de su vida llegó a sentir que toda ella en su conjunto estaba en deuda con él por su sola y mera existencia. Nunca se debe esperar demasiado de algo que nos es dado.
—¿Esto es lo que me da? ¡Que vaya y que se lo meta en el culo! –decía con resentimiento.
Fue jornalero en el campo pero en la ciudad lo fue aún más, como tantos otros, entregado al trabajo y con la única recompensa de saber que al día siguiente no le iba a faltar. Fue durante esa época cuando Mauro llegó a desencantarse. Para todos es duro saber que dependemos de nuestro trabajo y, más que de nuestro trabajo, de nuestra producción; a pocos importa el esfuerzo ajeno.
Mauro me dio a entender tantas cosas de su vida que todas ellas me parece haberlas vivido (muchas las viví), llegando a sentir que fueron un parte de la mía que dejé atrás hace años, o siglos, o meses. De repente despierto y me doy cuenta de que podría haber sido ayer mismo.
Lo conocí en una de mis escapadas al monte en busca de leña. Yo lo saludé sin casi mirar, él me miró y apenas saludó. Éramos jóvenes, él menos que yo, pero bueno, por aquel entonces la edad aún no contaba.
—Eso no vale para nada –me dijo a cierta distancia, al verme cortar unos troncos que había al lado del camino–. La higuera hace humo y no calienta. Pone dolor de cabeza. Si sigues el barranco verás despojos de almendro y un pino caído que está seco.
—¿Esto no es bueno para quemar? –le pregunté.
—No –me contestó tajantemente.
Con lo grandes que eran los troncos, “¡vaya desperdicio!”, pensé, “pero tendrá razón”. Así que me fui hacia el lugar que me había indicado después de darle las gracias y abandonar lo que creía yo que era leña, y de la buena.
Seguí el camino y, tras bajar y subir una hondonada, llegué a un margen que se formaba entre el camino y el barranco; algo parecido a una pequeña era apisonada y desnivelada en uno de cuyos extremos resaltaba un antiguo pozo caído en desuso. Era una construcción rectangular de unos cinco metros cuadrados, sin alardes. No tenía ventanas; una puerta fue la única concesión que le había sido dada. Contra sus paredes ennegrecidas y agrietadas se amontonaba una amalgama de ramas cortas y largas, retorcidas todas, entrelazadas. Resultaba obvio que hacía algún tiempo que su única utilización había consistido en servir de contrafuerte para la quema de rastrojos, podas y desperdicios. Vi también el pino seco que asomaba por encima del ribazo. Llenar la camioneta me ocuparía toda la tarde, pensé; y no porque fuera ésta grande, que no lo era más que un utilitario, sino porque, además de cortar, debería primero desenmarañar todo las ramas que quisiese cargar.
Mauro vivía en la montaña, pero no en una de esas grandes montañas de vegetación impenetrable, de rocas descomunales, de salientes panorámicos, de barrancos en forma de garganta o de precipicios imponentes. Por mucho que a él le hubiese gustado hinchar su loma, construir salientes y profundidades e incluso ubicar algún que otro río por lo que él consideraba su montaña, ésta no dejaba de ser una loma entre un buen número de lomas. De fondo, sirviendo de decorado a sus tierras, la montaña; eso sí que empezaba a parecerlo con sus crestas, laderas y riscos. Creo que en cierto modo también la consideraba un poco suya, aunque solo fuera por simpatía.
Río nunca tuvo, pero no fue porque no se esforzara. A lo más que llegó era a poseer un “torrente corredizo”, construido por él para simple disfrute de su imaginación y, claro está, para un mejor aprovechamiento del agua de lluvia.
Su “torrente corredizo”, llamémoslo así, fue el fruto de un año de observación, medio de ejecución y otro medio de remiendos y correcciones. Durante el primer año de estancia por estos parajes observó (no tenía prisa) en los días de lluvia los regueros y vías de desagüe de “la gran montaña” y los puntos de unión de los barrancos con su pequeña loma. En el segundo año todo lo que podía desviarse fue desviado y lo que no canalizado, en la medida de lo posible, para que confluyera en una enorme balsa, disfrazada de gran charca, que construyó en la parte alta de su cerro. Esta tenía dos surtidores: uno que, a modo de acequia, iba directo hacia la casa ubicada en la falda de la loma y que, en forma de cascada de unos tres metros, caía en otra balsa la mitad de grande que la anterior (el conjunto asemejaba un lago con su torrente junto al hogar), y otro que también desaguaba en esta segunda charca, pero sin saltos. El trayecto de esta segunda charca era más largo; serpenteaba por toda la parte derecha de la loma como si de un riachuelo se tratase. De él bebían todos los animales que querían beber y desde su pequeño cauce se regaba todo aquello que debía regarse. Esta era la parte trabajadora de la gran charca, por lo que cuando llegaba abajo su sobrante, si lo había, no tenía ganas de florituras y se introducía lentamente en el lago, o segunda charca.
A cuanta gente le hubiese gustado crear su propio paraíso, moldearlo poco a poco e ir introduciendo en él todo aquello que por un momento pudiera hacerle feliz para así, instante a instante, poder serlo y disfrutar en su aislamiento de lo que es tan difícil conseguir entre tumultos.
Hoy en día la vegetación es abundante; supongo que en los primeros años de su construcción sería una acequia, una balsa y poco más.
Aún existía una tercera charca que comunicaba subterráneamente con el lago; estaba cerca y medio escondida en la zona más baja de la loma. Desde allí, mediante una bomba, se podía volver a mandar el agua a la primera balsa para que empezase de nuevo su recorrido, o bien dejarla perder por su quebrada natural.
Verdad es que no se trataba de ningún rincón apartado pero también lo es que era un apartado dentro de lo conocido, un refugio abierto al exterior de difícil acceso para las mentes cerradas.
Mauro vivía allí, en los alrededores de donde yo me encontraba aquel día dispuesto a llenar la camioneta de leña. Su sierra estaba situada barranco arriba, a unos diez minutos del pozo. Delimitaba con éste y con otro barranco que se le unía, más o menos, en la hondonada que tenía a mis pies.
III
La vida es lo que es y lo que no es; todo y nada siquisiéramos apostar.
Como en alguna ocasión he dicho, y a pesar del tiempo, me considero un jugador, pero de los que no apuestan si no es por el simple hecho de jugar. En cualquier otro supuesto siempre me limito a sortear las apuestas. “Hagan juego señores”. Para el peor de los casos uno siempre conserva un as en la manga, según se baja por el hombro izquierdo a la derecha; el de los escépticos capaces aún de emocionarse con un simple juego. Un as que muchos no utilizan por temor a perderlo, con lo cual se pierde doblemente.
En este intervalo del ser o no ser caben infinitas posibilidades, y todos tenemos nuestro sitio. Nadie está de más en este mundo aunque muchas veces lo parezca; simplemente puede que se haya instalado en el lugar equivocado, con lo cual surgen un montón de problemas y hasta, si se apura mucho, posiblemente desemboque en una crisis de identidad a medida que más se aleje de la plaza que le corresponde, que no es otra que aquella en la que uno más cómodo se encuentra. Porque está hecha a su medida.
Cuhrt, o lo que para el caso es lo mismo, Dionisio Mellado Sisternes, producto pensante autolimitado, adoptó ese sobrenombre a raíz de haber visto publicados tres de sus artículos en el semanario local de Braza, “Braza hoy”. El “hoy” no dejó nunca de ser un tanto atemporal, como sus artículos.
Cuando yo lo conocí ya se ganaba la bebida, perdón, la vida escribiendo. Su consumo no iba mucho más lejos; por lo tanto tenía razón cuando decía “Que puta es la vida”.
Su guarida era un ático, una especie de estudio sin cocina con un cuartucho de necesidades en la esquina de una terraza incapaz de ubicar más de diez macetas. Que hubiera vegetación en ella era impensable; Cuhrt solamente estaba capacitado para regarse a sí mismo.
Su estado civil “machucho”, decía él.
—Nunca he querido tener un vástago, y por eso no lo tengo; pero un nieto… –no dudaba, sus pausas eran medidas–. Tener un nieto sería algo estupendo y casi perfecto –confesaba sin pudor. Ni que los nietos vinieran sin intermediarios.
—Pues ya me dirás cómo, porque no lo veo nada fácil. Si con ser tío te conformas podríamos investigar, pero ser abuelo sin haber sembrado, francamente, se me hace imposible, qué quieres que te diga.
—¡Usted perdone! Sepa que dije “me gustaría”, no que fuera a buscarlo. No soy tan apocado. Solo era un comento –me trataba de Usted cuando quería marcar las distancias.
Del pasado para qué hablar. Intentar sonsacarle algo era poco menos que delinquir a sus ojos. A la menor pregunta empezaba a mirarte mal, acabando por ignorarte si persistías en el tema; como hacen los viejos cuando lo que les preguntas puede desencadenar un estado incómodo de su propio ser.
—Tú tuviste un pasado ¿No? –me aventuré en una ocasión.
—No, que yo sepa –y me echó una mirada cargada de reproches; disuasoria.
—¿Cómo que no? Tendrías padre, madre, hermanos quizás.
—Soy el menor de cuatro hermanos; pero eso no es un pasado, es una realidad.
En toda mi vida no sé si llegaríamos a cruzar más de cuatro palabras fuera de aquel bar en donde siempre coincidimos físicamente al menos, que en lo referente a otras cosas rara era la ocasión en que no tuviéramos nuestras diferencias, por pequeñas que fueran.
Si la vida fuera un tango, corta y cruel, Cuhrt se encontraría a
mitad camino entre la madurez y la puñalada trapera; que mirándolo desde el punto de vista positivo equivaldría a las dos terceras partes de una vida normal. Tendría por lo tanto, cuando lo conocí, unos cincuenta tacos, eso sí, bastante mal llevados por su flaco esqueleto e imposibles de disimular detrás de aquellas gafas de pasta oscura que no hacían sino aumentarlo todo.
Posiblemente Cuhrt lo que arrastraba, entre otras cosas, era la frustración de no haber sido un escritor de verdad y se refugiaba en ese escribir a tramos, que es como el coser y no coser; vas perdiendo el hilo. Pero no nos pongamos trágicos, que a mi edad sería lo peor y no quiero arruinar mi perspectiva, que cuando los dolores me respetan, al día de hoy y en este lugar, me encuentro en el paraíso.
El primer relato suyo lo leí, cómo no, en el bar de Fausto; y como soy propenso a coleccionar recortes de periódico no se me ocurre hacer otra cosa que trasladarlo, con todas sus letras y signos de puntuación, de su fondo amarillo a éste bastante más claro.
Decía así:
“Mi vecino Matías creíase gafe; siendo hombre honrado, como era, carecía totalmente de suerte. Todos le compadecíamos: nunca caía una teja sin que pasase él por debajo; apenas había economizado unos cuartos que venía una depreciación; siempre lo sorprendía la lluvia sin paraguas; en diez años se casó cuatro veces, enviudó tres y no disfrutó de ninguna amante.
Proclamarse gafe era su argumentación predilecta, y fue también lo más cómodo. No pasaba una jornada sin que tuviera algún motivo para quejarse. Quienes conocíanle temían preguntarle “¿Cómo estás?”.
No es que en realidad se lamentara, únicamente sonreía ante su mala suerte fabulosa. De hecho le ocurrían cosas que los demás se ahorraban. Pura mala suerte, no se puede negar, tanto en lo significativo como en las nimiedades. A pesar de todo lo soportaba con valentía. Hasta que ocurrió el milagro.
Fue un golpe para él, un duro golpe, cuando a este hombre le tocó el premio gordo de la lotería. Salió en los periódicos y no pudo negarlo. Yo me lo encontré en la calle, fuera de sí, pálido; el enfado le había comido el color. No dudaba de que tenía gafe sino de la lotería, sí, y del mundo en general. Risa ninguna, aunque parezca asombroso había que consolarle. En vano. No podía comprender que ya no tuviera gafe; no quería comprenderlo. Estaba tan trastornado que yendo al banco perdió, efectivamente, el billete. Creo que lo prefirió; pensó que de otra manera hubiese tenido que inventarse otro “yo”, puesto que el suyo ya no valdría sin gafe. Naturalmente un “yo” nuevo cuesto más que unos simples millones. Hubiera tenido que renunciar a la historia completa de su vida, y vivir los acontecimientos de manera distinta puesto que lo cotidiano no iba a resultar adecuado para su nuevo “yo”.
Poco tiempo después también lo engañó su mujer. Verdaderamente era gafe.” Cuhrt
No sé por qué me pareció el escrito un tanto autobiográfico en aquel momento, después olvidé el asunto; entre otras cosas porque Cuhrt no estaba casado.
IV
Dejar fluir los pensamientos me cuesta un poco; uno, otro, otro… Unas veces se amontonan, otras, las más, mi capacidad de evocar se bloquea y no acierto a precisar con Mauro, ni con Ana, ni con Cuhrt, ni con Parco, ni con Pablo, ni con Fausto... ni conmigo mismo; a no ser que tenga que ver con un achaque en particular y entonces sí que me acuerdo hasta de mis muertos.
El bar de Fausto era el punto de encuentro de mucha de la gente que conocí, sin incluir a Ana que si bien lo frecuentaba eran tantos los lugares en donde la podías ver entrar y salir que para encontrarla ningún sitio era mejor que la calle.
Ana… Los días grises en Braza, de tono opaco y miras reducidas, contrastaban enormemente con su figura de colores; incluso cuando vestía de negro, raras veces, éste parecía un negro con ligeras tonalidades. Observándola desde la lejanía parecía la coloreada protagonista de una película de cine mudo: sus pasos, sus gestos, su vocalización que dejaba escapar palabras que no llegaban a mis oídos. Parco me decía que cuando ella le hablaba se le ponía la piel de gallina y que tan extasiado se quedaba que sólo llegaba a entender las últimas palabras que salían de su boca.
—Es que me dejo llevar por el “rum rum” de su boca y hasta que no acaba no me entero de que me lo está diciendo a mí.
—Pues deberías saber que no prestar atención es una falta de respeto y de educación para con los demás –le decía yo.
—¡Pero si me pasa sin querer! Y no siempre !Eh! no siempre.
—¿Conmigo te pasa eso también?
—Nooo, ¡qué va! A ti sólo te oigo, pero a ella, a ella…
—Ya. A ella la sientes –estaba claro.
—Parecido. Me vibra lo que dice; no sé. Se va y aún me vibra, y ella no está…
—Eso son las ganas que tienes de escucharla una y otra vez.
—Eso será, que le presto tanta atención que yo solo me atranco –concluyó Parco.
Y verdad era que estaba atrancado, aunque a mi entender la palabra más adecuada hubiese sido enamorado, pero dijo me atranco y yo le entendí.
¡Lo que son las cosas! La verdad es que me disponía a escribir sobre Ana, pero en aquella época se me confunden de tal manera los dos que rara vez puedo pensar en ella sin que aparezca la sombra de Parco. Lo volveré a intentar:
Ana… Hubo dos Anas en mi vida; una me tocó la epidermis, fue como una sensación exterior, como un roce que te despierta los sentidos, como el relato de un cuento que viene a recordarte que existen los cuentos y que hay que aprovechar de su realidad fantástica su ilógico razonamiento para no perder la capacidad de verse sorprendido por las cosas agradables. Ella fue el aire fresco, yo los pulmones.
Después está la otra Ana; la que a base de rozarme la piel se fue infiltrando poco a poco por cada rincón de mi cuerpo, arrancando de todos ellos sensaciones singulares: de las sombras hizo luces, de las luces sombras claras donde descansar, y del descanso hizo caminos de la mente que compartió conmigo; conmigo más que con nadie.
Sí; hubo dos Anas, pero la que nos ocupa en estos momentos es la primera de ellas.
De todas las veces en que remarqué su presencia por entre las calles de Braza con mi mirada curiosa y de la inmensidad de ocasiones que tuve de poder distinguirla en su portal desde mi ventana, nunca dije ni hice ningún comentario a Parco ( no quería calentarle más los plomos, ni agobiarlo, simplemente le dejaba hablar).
—Hoy hemos ido al cine.
—¿Y la has besado? –qué pregunta la mía.
—Noo. Hemos ido a ver una película
—Está bien para ser la segunda vez que la ves.
—No es la segunda, ya nos hemos visto varias veces… por la calle… y hoy iba al cine, ella, y como yo no tenía nada que hacer… pues la he acompañado. A ella no le ha importado que fuera ¿sabes?
—No te pregunto si iba sola porque ya me lo imagino.
—¡Qué vaaaa! Hemos ido los dos. “Ladrones y forajidos”. Era de acción, pero de la antigua; con espadas y pistolones. Se me ha hecho corta.
—¿Y después?
—Después he venido a hacerte una visita ¿No me ves?
—Sí. Te veo –no podía contestarle otra cosa.
—Pues eso. ¿Has cenado? –esto sí que era del interés de Parco, no lo preguntaba por preguntar.
—No. A ello me disponía, pero ya que estás aquí, si preparas una ensalada yo frío medio pollo con mantequilla en un periquete.
—¡Venga!
Pareció entusiasmarle la idea. Mientras yo hacía la cena Parco se peleaba con los tomates y el cuchillo.
—¿Le echo cebolla?
—Sí, échale.
—A mí no me gusta, eh –dejó claro.
—Es igual; échale. Y le pones también un poco de orégano.
—¿Donde está el orégano?
—Donde siempre.
—¿Y la sal?
—En el salero ¿Donde iba a estar?
Parco se recorrió dieciocho veces la cocina, de cuatro metros cuadrados, mientras yo ponía la mesa; hubiese sido demasiado pedirle a él que lo hiciera.
—¡Para de una vez , ven y siéntate!
—El aceite... falta el aceite.
—Pues pónselo y venga, que eres el nervioso más lento que he visto en mi vida –y se sentó por fin. No bendecimos la mesa, nunca lo hacíamos–. Entonces, del cine has venido directamente aquí.
—Sí –dijo Parco con la boca ya llena.
—Son las nueve y media; bueno, eran, ahora son casi las diez –rectifiqué haciendo como si mirase el reloj con un movimiento rápido–. Podríais haber ido a dar una vuelta a la salida del cine, que suele ser lo más normal, ¿no?
—Sí, pero tenía que estudiar… ella. ¿No te lo he dicho antes?
—Y si tenía que estudiar ¿para qué fue al cine? –le pedí que aclarara con la sola intención de que hablara y no tragase tanto.
—Para despejarse. Porque había estado toda la tarde estudiando y ya no podía con los libros –desgarró un trozo de pollo con la boca y prosiguió–. Estaba estudiando lo que había escrito un tal Quevedo y dos o tres tíos más… y por qué habían escrito lo que habían escrito.
—¿No me digas que conocías tú a Quevedo?
—Noo. ¡Qué vaaa!. Ella me dijo cosas de él y de los otros. Yo, al principio le decía que no sabía quiénes eran, pero ella me dijo que porque nadie me había hablado de ellos… y que como ella ahora me estaba hablando de ellos, pues que ya les conocía. Pero se me han olvidado los otros dos. Quevedo y… Quevedo… y … el manco. El manco Cervantes era el otro; el manco de Lepanto… que fue una guerra.
—Anda, vamos a dejarlo y a darle un descanso a la sesera, que nos hará falta el oxígeno para la digestión.
—¿De Lepanto no tienes ninguna novela? A lo mejor sale Cervantes luchando con los moros.
—Contra los turcos –rectifiqué–. Creo que algo habrá por entre esos libros –señalé la estantería grande del comedor que tenía a mis espaldas–, pero novela, novela, no creo. Y con “El Principito” ¿cómo vas?, ¿lo estás leyendo?
—Bien –por el tono que adoptó no parecía que le interesase mucho–. Bien –repitió con la boca llena de nuevo–, voy por la mitad… o más.
—¿Te está gustando?
—Algo. Pero después quiero uno de turcos.
Así transcurrió la cena; otra cena entretenida, amenizada por
Parco con su charla. Después, como siempre y de repente, se levantó, se despidió y se fue hacia su casa; supongo.
Acabo de darme cuenta de que no he logrado apartar la sombra de Parco al intentar hablar de Ana; de aquella Ana. Da lo mismo. No le daré importancia al hecho.
CONTINUARÁ....
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