Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
En el cielo que cubre el Reino Ignoto, en la zona que linda con la montañas Azules, allá donde es más viejo el bosque Antiguo, un pequeño arroyuelo mantiene con agua el estanque Espejo. Le llaman así porque en sus aguas se refleja el firmamento como si fuese un enorme y pulido espejo. En las noches del verano, se miran en él las estrellas y parecen perlas que se encontrasen en el fondo y, aún dicen quienes por allí pasan, la luna se peina con mucha coquetería mirándose en el estanque.
Esta tarde, sobre la cumbre más alta de las montañas Azules, unas nubes oscuras se posaron ensombreciendo el pico Jermoso. El sauce Añoso, el que baña en el estanque sus largas ramas, se estremeció como si le moviese una ligera brisa. Su movimiento provocó ondas en el agua y sus ramas se agitaron produciendo un sonido leve, pero persistente y profundo. En pocos instantes, el resto de los sauces, contagiados de aquel estremecimiento, comenzaron a su vez a agitar las ramas y producir un canto que recordaba al rumor del viento cuando pasea entre ellos. Los alerces cercanos, al compás del canto de los sauces, comenzaron a mover sus copas de uno a otro lado. Frotaban sus hojas con las de los árboles cercanos y comenzaron a emitir un silbo agudo y suave, que formaba una hermosa tonalidad con el que lanzaban al aire los sauces. Si prestabas atención, parecía una melodía, apenas musitada, como cantada en voz baja, que traía en sus notas un toque de atención. Los álamos que marcaban la senda al arroyuelo, agitaron sus ramas. Las hojas producían un “fru frú” rítmico que acompañaba a aquella música proveniente de los sauces y que parecía que iba tomando cuerpo, llenando el ambiente. Los olmos de la pradera se sumaron con un eco que se producía al chocar contra sus duros troncos la música que llenaba el espacio. Era un sonido penetrante, hermoso y a la vez triste. Los castaños de la cárcava ocre agitaron sus copas tupidas de hojas y añadieron profundidad y sus propias notas al canto que se estaba creando. Un sentimiento lastimero comenzaba a dominar aquel son. En un instante dado, las flores de los castaños soltaron sus pétalos blancos que cayeron como copos de nieve sobre la campiña. Las encinas y los robles sumaron al viento sus voces, como un quejido largo y cadencioso formando un todo que ya se oía en cada rincón del bosque.
Las aves, siempre bulliciosas, ruidosas y parloteras, guardaron en aquel momento silencio. La voz del bosque se había vuelto serena, sobria, penetrante, como si quisiera llegar hasta el último lugar de la tierra. Fue entonces cuando el ruiseñor añadió su cantar a la música que llegaba y era un canto como un lamento, como la voz triste de las madres que pierden a sus hijos y se les desgarra el alma y se les rompe el corazón.
En el Palacio de Luz, se escuchaba con toda claridad la melodía que los seres del bosque habían ido conformando. Se hizo el silencio y las hadas y los elfos escucharon atentamente, llenándose con sus notas, con el rumor del viento, con los trinos del ruiseñor. Una respetuosa atención presidía el ambiente del palacio.
En aquel momento, Nela, se acercó a su madre y con voz queda le preguntó:
- Mamá, ¿Qué les pasa que están todos tan serios y qué es eso que canta el bosque que parece tan triste?
Su madre le miró a la cara con dulzura, pero los ojos de Titania tenían un brillo triste y amargo. Acarició la cabeza de Nela y dijo:
- ¿Sabes Nela? Nuestro mundo se lamenta porque los hombres otra vez están en guerra.
Esta tarde, sobre la cumbre más alta de las montañas Azules, unas nubes oscuras se posaron ensombreciendo el pico Jermoso. El sauce Añoso, el que baña en el estanque sus largas ramas, se estremeció como si le moviese una ligera brisa. Su movimiento provocó ondas en el agua y sus ramas se agitaron produciendo un sonido leve, pero persistente y profundo. En pocos instantes, el resto de los sauces, contagiados de aquel estremecimiento, comenzaron a su vez a agitar las ramas y producir un canto que recordaba al rumor del viento cuando pasea entre ellos. Los alerces cercanos, al compás del canto de los sauces, comenzaron a mover sus copas de uno a otro lado. Frotaban sus hojas con las de los árboles cercanos y comenzaron a emitir un silbo agudo y suave, que formaba una hermosa tonalidad con el que lanzaban al aire los sauces. Si prestabas atención, parecía una melodía, apenas musitada, como cantada en voz baja, que traía en sus notas un toque de atención. Los álamos que marcaban la senda al arroyuelo, agitaron sus ramas. Las hojas producían un “fru frú” rítmico que acompañaba a aquella música proveniente de los sauces y que parecía que iba tomando cuerpo, llenando el ambiente. Los olmos de la pradera se sumaron con un eco que se producía al chocar contra sus duros troncos la música que llenaba el espacio. Era un sonido penetrante, hermoso y a la vez triste. Los castaños de la cárcava ocre agitaron sus copas tupidas de hojas y añadieron profundidad y sus propias notas al canto que se estaba creando. Un sentimiento lastimero comenzaba a dominar aquel son. En un instante dado, las flores de los castaños soltaron sus pétalos blancos que cayeron como copos de nieve sobre la campiña. Las encinas y los robles sumaron al viento sus voces, como un quejido largo y cadencioso formando un todo que ya se oía en cada rincón del bosque.
Las aves, siempre bulliciosas, ruidosas y parloteras, guardaron en aquel momento silencio. La voz del bosque se había vuelto serena, sobria, penetrante, como si quisiera llegar hasta el último lugar de la tierra. Fue entonces cuando el ruiseñor añadió su cantar a la música que llegaba y era un canto como un lamento, como la voz triste de las madres que pierden a sus hijos y se les desgarra el alma y se les rompe el corazón.
En el Palacio de Luz, se escuchaba con toda claridad la melodía que los seres del bosque habían ido conformando. Se hizo el silencio y las hadas y los elfos escucharon atentamente, llenándose con sus notas, con el rumor del viento, con los trinos del ruiseñor. Una respetuosa atención presidía el ambiente del palacio.
En aquel momento, Nela, se acercó a su madre y con voz queda le preguntó:
- Mamá, ¿Qué les pasa que están todos tan serios y qué es eso que canta el bosque que parece tan triste?
Su madre le miró a la cara con dulzura, pero los ojos de Titania tenían un brillo triste y amargo. Acarició la cabeza de Nela y dijo:
- ¿Sabes Nela? Nuestro mundo se lamenta porque los hombres otra vez están en guerra.
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