Se agrietó el suave
corazón de los ceibos,
y yo de bruces.
En la planicie
no esperas una tregua,
de arena o viento.
Entró descalza.
Tan súbdita, tan suelta.
Mi sombra al río.
Llegó sedienta.
De cedrón y de salvias.
Sentí el aliento.
Tensando el arco.
Hice así con los dedos.
Un grito seco.
Última edición: