Engel
SOÑADOR TOCANDO CON LOS PIES EN TIERRA
El aire cuenta con una luz especial y sopla a través del cristal de los sueños indicando el camino hacia un corazón roto.
Y ahí está ella con su luz uniforme, bostezándole al miedo, despojada del tiempo, cansada de otoños. Brillando con la luz diminuta y helada de su nombre, dormida en el vacío que dejan las palabras, descansando de parques y estaciones.
Las bolsas son mundos que brillan, peldaños para esquivar la fortaleza del tiempo, la necesidad que abastece su imaginación. ¿Es justo o culpable? el invisible instrumento que confunde su mente para hacerlas suyas ante la fascinación de todas las miradas.
Va escuchando cada minuto de sus arrastrados pasos desde que dejaron de ser pasos. Recoge las últimas bolsas y por fin se aleja por un mar de dudas en busca de una nueva isla donde pueda entenderse con la vida con muy pocas palabras. Donde patético y tragedia resulten naturales y le sobren entonces los sueños que le llueven por dentro y le hacen daño.
De pronto le asaltan pensamientos que consuelan su alma agazapada, sabe de la advertencia del pasado para vivir el presente.
Hay lugares, lugares propicios donde el alma se crece y se encuentran los sueños. Hay lugares, diminutos lugares donde el alma se encoge y se encuentra la vida.
Cuando se regala el corazón se alimenta la esperanza. Y qué distinto a lo descrito en los cuentos, en nada semejante. Es dolor. Tan sólo. Sólo eso, algo nuevo, algo desconocido que reconforta en el vacío que llena. O al contrario, tan sólo es tu corazón con tu silencio, con tu origen y tu memoria, que delicadamente se vacía de dolor.
Frágil tienen el dolor las hojas. Y las hojas, como los besos, cayendo de una en una cuando otro dolor de mendigos ocupa las aceras y asalta las estaciones y los parques.
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