Gonzalo
Poeta asiduo al portal
José Antonio Delgado fue el primer venezolano en escalar las cinco cumbres más altas del planeta. Descendiendo del Nanga Parbat ("la montaña desnuda") en Pakistán, lo sorprendió una tormenta y no pudo bajar. Allí murió y allí tuvo que quedar su cuerpo para siempre. Este es mi homenaje póstumo a un buen hombre y buen amigo.
La montaña desnuda
(A José Antonio Delgado)
Cinco las cumbres, las tuyas, sólo tuyas,
una, tu muerte,
miles, los copos de nieve
que hoy nos persiguen hechos lágrimas
que no paran de brotar, inquietas
Tres, los colores que elevaste al infinito
y siete, las estrellas en las que creíste siempre
una, la montaña desnuda que,
celosa de tu inmensidad, no quiso dejarte volver
y te hizo suyo, sin permiso
Una, la dama que conoce tu verdad
y te supo amante de la paz y la alegría.
Dos, los sueños a los que legaste
el honor de la frente siempre altiva
y tu nombre imborrable y eterno
No hubo miedo, lo sé,
ni al viento que envidioso te asolaba
ni al frío traidor que no cesaba,
ni al hambre, ni a la sed,
ni a la nada
Déjame el silencio amigo,
déjame en la sombra a la que pertenezco
déjame mudo, sin palabras,
déjame callar porque no estuve
y déjame contar tu historia a mi manera
Déjanos la herida palpitante,
déjanos la luz que se hizo tuya
y déjanos tu voz para cantarte.
Déjanos los cielos que alcanzaste
y el poder de las montañas que amaste
Ya no habrá desnudez que de montañas
nos despoje de lo mucho que nos dejas
y en las cumbres dónde estás, adormecido
sea tu paz la faz con la que engañas
a la muerte, a las penas y al olvido
Gonzalo Himiob Santomé
La montaña desnuda
(A José Antonio Delgado)
Cinco las cumbres, las tuyas, sólo tuyas,
una, tu muerte,
miles, los copos de nieve
que hoy nos persiguen hechos lágrimas
que no paran de brotar, inquietas
Tres, los colores que elevaste al infinito
y siete, las estrellas en las que creíste siempre
una, la montaña desnuda que,
celosa de tu inmensidad, no quiso dejarte volver
y te hizo suyo, sin permiso
Una, la dama que conoce tu verdad
y te supo amante de la paz y la alegría.
Dos, los sueños a los que legaste
el honor de la frente siempre altiva
y tu nombre imborrable y eterno
No hubo miedo, lo sé,
ni al viento que envidioso te asolaba
ni al frío traidor que no cesaba,
ni al hambre, ni a la sed,
ni a la nada
Déjame el silencio amigo,
déjame en la sombra a la que pertenezco
déjame mudo, sin palabras,
déjame callar porque no estuve
y déjame contar tu historia a mi manera
Déjanos la herida palpitante,
déjanos la luz que se hizo tuya
y déjanos tu voz para cantarte.
Déjanos los cielos que alcanzaste
y el poder de las montañas que amaste
Ya no habrá desnudez que de montañas
nos despoje de lo mucho que nos dejas
y en las cumbres dónde estás, adormecido
sea tu paz la faz con la que engañas
a la muerte, a las penas y al olvido
Gonzalo Himiob Santomé