César Guevar
Poeta que considera el portal su segunda casa
La Mucho
Solo fueron unos días, pocos, y mucha poesía. Ella encontró la manera de adherirse, extenderse e invadirlo todo. No dejó defensa en pie. Fue un licor mágico desbordado por los ríos carmesí de la vida. El mundo se abrillantó de pronto y adquirió dimensiones de fantasía; dibujó, extrañamente, una sonrisa. Por una vez el proceso involutivo, perenne, de lenta e implacable destrucción, marchó en reversa o así lo quiso: el cabello parió hebras nuevas, vigorosas, de color oscuro; la tez se lavó la cara dejando pliegues muertos en el agua ida, unos kilos partieron, las piernas volvieron a ser fuertes, los brazos se animaron, el pecho y el abdomen invirtieron dimensiones y hasta el sexo recobró parte de su dignidad perdida. Solo la mente se resguardó en sus límites, contra todo credo. Y desde esa trinchera, comenzó a gestar su batalla de lógica.
Una mañana de estas, la mente se convenció a sí misma de que había manchado una fuente sagrada de belleza y poesía, contra toda posibilidad, contra todo racionamiento lógico. Se opuso a Pascal -el Matemático- y a su el corazón tiene razones que la razón no entiende. Lo miró con reproche, eran las once y algo en aquel lugar del mundo.
Y preparada, desarrolló su ataque: se disfrazó en palabras, recuperó sus antiguos espacios (no sin oposición -por cierto- de sí misma y de aquellos/as a quienes gobernaba). Destruyó de varios tirones la magia. Ella, La Mucho, lo supo porque un torbellino de lógica la acuchilló impensadamente, cuando comenzaba, quizás, a sonreir quizás. El mismo torbellino que a él le cortó las venas y le desangró la esperanza esa mañana en letras. La lógica, sin embargo, no le restó el dolor, lo devolvió a su antigua vejez decadente. Nada volvió a ser como antes.
La Bella
Tenía un rostro perfecto en una voz de hada. Ningún humano verdadero hubiera podido resistírsele; solo los monstruos, esa raza malvada que deambula entre nosotros ocupando nuestros cuerpos y haciéndose pasar por gentes, lo habían hecho y con gran éxito, como con casi todos, todas, alguna vez. Algún combate contra ellos/as siempre hemos perdido.
Tenía versos de diosa. Vivía en aquel lugar remoto del odiado septentrión; hasta allí la había arrastrado en una cápsula sideral su suerte. Sangraba poemas fulgurantes, descollantes, encumbrados sí, sangraba esa clase de poemas. Y uno se sentía pequeñiiiiito como partícula de polvo ante su brisa, así se contara con los años del mundo (¡Parece mentira!)
Él necesitaba la belleza, arrastraba una sed infinita y antigua, milenaria casi, desde todos los espíritus que acopiaba en sus viajes. E intentó profanarla, robársela de algún modo ¡Pobre diablo! Ella no era tan solo la bella, sino la belleza. ¿Acaso usted no se hubiese sentido tentado/a a dejarse seducir?
Un día él, con sus torpes y descuidadas manos, le escribió un poema. De alguna manera eso lo cambió todo, pero no la esencia bella de ella. Él despertó.
La Siempre
Después del cataclismo cósmico que los encontró en pleno pecho a ambos descuidados, y que como un lanzazo artero los colgó atravesados en un silogismo mortal, el entendió que ella sería La Siempre No, ya lo había comprendido al ser atravesado él, pero no ella. De hecho, la comprensión hasta se transformó en palabras que fueron colocadas en la punta de la lanza, para darle todavía más filo a su cortante acero. ¡Y él debía empuñar contra ella la misma mortal lanza que a él le había matado!
Afuera era la angustia, el fuego invadiendo las esquinas, vidrios resquebrajándose ante las pedradas, las balas las balas buscando carnes para extraerles la vida. Afuera una nación crujía y crepitaba. Él, sin embargo, caminó entre todo eso sin inmutarse, como poseído por los mil demonios del infortunio solo. Debía lanzar el terrible dardo. Debía penetrar mortal un alma, era su sino, ¡maldición! En medio de las luchas, las carreras, el olor a humo, el ruido, las maldiciones, las imprecaciones infelices y la agitada marea de las sensaciones insatisfechas, lo hizo: disparó contra ella, contra La Siempre.
Ella cayó con palabras, herida desde él, herida para él, por siempre. Su sangre extrañamente no era roja sino arcoíris, y desde su boca, por la tersa mejilla, corrió un hilo de dolorosa poesía. El quiso recogerla y retenerla pero ella lo impidió: para siempre es para siempre, ya somos grandes, dijo. Pero ella era la grande a pesar de las heridas, él solo era un viejo niño loco buscando una bofetada sería la muerte, sería el dolor.
Epílogo
Esa noche hubo poemas rotos, por lo menos en dos partes del universo. Desde entonces alguien vela por su alma malherida y alguien ya no tiene almas para velar pues no le quedan. Cuenta la leyenda que todo ocurrió cerca, muy cerca, al borde, de un día de esos que los cristianos y las cristianas llaman de San Valentín. Así fueron las cosas. Así murieron a su pertinaz e impensado amor imposible ambos: Él y ella... La Mucho, La Bella, La Siempre.
Solo fueron unos días, pocos, y mucha poesía. Ella encontró la manera de adherirse, extenderse e invadirlo todo. No dejó defensa en pie. Fue un licor mágico desbordado por los ríos carmesí de la vida. El mundo se abrillantó de pronto y adquirió dimensiones de fantasía; dibujó, extrañamente, una sonrisa. Por una vez el proceso involutivo, perenne, de lenta e implacable destrucción, marchó en reversa o así lo quiso: el cabello parió hebras nuevas, vigorosas, de color oscuro; la tez se lavó la cara dejando pliegues muertos en el agua ida, unos kilos partieron, las piernas volvieron a ser fuertes, los brazos se animaron, el pecho y el abdomen invirtieron dimensiones y hasta el sexo recobró parte de su dignidad perdida. Solo la mente se resguardó en sus límites, contra todo credo. Y desde esa trinchera, comenzó a gestar su batalla de lógica.
Una mañana de estas, la mente se convenció a sí misma de que había manchado una fuente sagrada de belleza y poesía, contra toda posibilidad, contra todo racionamiento lógico. Se opuso a Pascal -el Matemático- y a su el corazón tiene razones que la razón no entiende. Lo miró con reproche, eran las once y algo en aquel lugar del mundo.
Y preparada, desarrolló su ataque: se disfrazó en palabras, recuperó sus antiguos espacios (no sin oposición -por cierto- de sí misma y de aquellos/as a quienes gobernaba). Destruyó de varios tirones la magia. Ella, La Mucho, lo supo porque un torbellino de lógica la acuchilló impensadamente, cuando comenzaba, quizás, a sonreir quizás. El mismo torbellino que a él le cortó las venas y le desangró la esperanza esa mañana en letras. La lógica, sin embargo, no le restó el dolor, lo devolvió a su antigua vejez decadente. Nada volvió a ser como antes.
La Bella
Tenía un rostro perfecto en una voz de hada. Ningún humano verdadero hubiera podido resistírsele; solo los monstruos, esa raza malvada que deambula entre nosotros ocupando nuestros cuerpos y haciéndose pasar por gentes, lo habían hecho y con gran éxito, como con casi todos, todas, alguna vez. Algún combate contra ellos/as siempre hemos perdido.
Tenía versos de diosa. Vivía en aquel lugar remoto del odiado septentrión; hasta allí la había arrastrado en una cápsula sideral su suerte. Sangraba poemas fulgurantes, descollantes, encumbrados sí, sangraba esa clase de poemas. Y uno se sentía pequeñiiiiito como partícula de polvo ante su brisa, así se contara con los años del mundo (¡Parece mentira!)
Él necesitaba la belleza, arrastraba una sed infinita y antigua, milenaria casi, desde todos los espíritus que acopiaba en sus viajes. E intentó profanarla, robársela de algún modo ¡Pobre diablo! Ella no era tan solo la bella, sino la belleza. ¿Acaso usted no se hubiese sentido tentado/a a dejarse seducir?
Un día él, con sus torpes y descuidadas manos, le escribió un poema. De alguna manera eso lo cambió todo, pero no la esencia bella de ella. Él despertó.
La Siempre
Después del cataclismo cósmico que los encontró en pleno pecho a ambos descuidados, y que como un lanzazo artero los colgó atravesados en un silogismo mortal, el entendió que ella sería La Siempre No, ya lo había comprendido al ser atravesado él, pero no ella. De hecho, la comprensión hasta se transformó en palabras que fueron colocadas en la punta de la lanza, para darle todavía más filo a su cortante acero. ¡Y él debía empuñar contra ella la misma mortal lanza que a él le había matado!
Afuera era la angustia, el fuego invadiendo las esquinas, vidrios resquebrajándose ante las pedradas, las balas las balas buscando carnes para extraerles la vida. Afuera una nación crujía y crepitaba. Él, sin embargo, caminó entre todo eso sin inmutarse, como poseído por los mil demonios del infortunio solo. Debía lanzar el terrible dardo. Debía penetrar mortal un alma, era su sino, ¡maldición! En medio de las luchas, las carreras, el olor a humo, el ruido, las maldiciones, las imprecaciones infelices y la agitada marea de las sensaciones insatisfechas, lo hizo: disparó contra ella, contra La Siempre.
Ella cayó con palabras, herida desde él, herida para él, por siempre. Su sangre extrañamente no era roja sino arcoíris, y desde su boca, por la tersa mejilla, corrió un hilo de dolorosa poesía. El quiso recogerla y retenerla pero ella lo impidió: para siempre es para siempre, ya somos grandes, dijo. Pero ella era la grande a pesar de las heridas, él solo era un viejo niño loco buscando una bofetada sería la muerte, sería el dolor.
Epílogo
Esa noche hubo poemas rotos, por lo menos en dos partes del universo. Desde entonces alguien vela por su alma malherida y alguien ya no tiene almas para velar pues no le quedan. Cuenta la leyenda que todo ocurrió cerca, muy cerca, al borde, de un día de esos que los cristianos y las cristianas llaman de San Valentín. Así fueron las cosas. Así murieron a su pertinaz e impensado amor imposible ambos: Él y ella... La Mucho, La Bella, La Siempre.
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