Nace para adueñarse de la boca;
nace para usurparnos el aliento;
nace para quemarnos el momento;
nace en la torcedura, y nos provoca.
Archiduque de manto que aventaja
y arrogante nos dice de su alcurnia,
que encendido, despliega la saturnia;
apagado, le cubre la mortaja.
Abandonar al puro con su muerte
es el voto a cumplir, que no revierte,
y no acusa culpables por ausencia.
El pedazo del puro, no fumado,
sufre el axioma escrito por el hado:
«¡La agonía enaltece la paciencia!»
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Un puro nunca se apaga, se deja extinguirse por sí solo. Apagarlo con el cenicero o con cualquier otro método, es considerado una falta al rito de fumar. Para quienes practicamos este acto, lo consideramos un arte que se idealiza, no solo al encenderse (los más tradicionalistas usan una varilla de cedro) , sino también al apagarse. El cigarro (puro o habano) sufre una hermosa muerte poética: se le abandona para que se consuma hasta sus cenizas.
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