Piedad Acosta Ruiz
Poeta recién llegado
Donde empieza a morir la belleza, la frescura de la vida, nace el artista para inmortalizarle en la memoria de la humanidad.
Andaba seductora con la belleza de la Medusa de Zeus,
guardaba en un frasco de alabastro
el secreto de su encanto;
caminaba tan alegre,
que desde los callejones se escuchaban
sus estridentes carcajadas.
Suavemente aromatizada de incienso,
jazmín y sándalo,
vestida de sobrios colores,
abría su armario
de cedro rojo,
para mirar cual prenda
entallaba mejor su cuerpo
esculpido por los años.
¿Cuál luciría?,
¿Cuál le haría esbeltamente aseñorada?
¿Cuál atraería la mirada de su amado?
La madre abuela,
la mujer sincera,
sedienta de caricia,
de ser amada y poseída,
esperaba como araña negra
en la madrugada.
Después de todo era
la mujer más afortunada,
era como todo el tiempo se lo repetía,
¡la mujer de Jaime!,
aunque fuera una mentira,
o la más bella ilusión,
solo eso le importaba;
se tinturaba la melena,
que en la coronilla escaseaba,
hacía ejercicios para ser la mujer
de cuerpo esbelto,
porque así lo sentía,
de ello todo el tiempo
sus amigas le convencían.
Allí iba la mujer de Jaime,
un sueño marino en las rocas,
en las brisas del mar,
Medusa de Poseidón,
cuando se acercaban las olas
bañadas por la cálida brisa del mar.
¡Cuánto eros, cuanta caricia,
Cuanto sentir su cuerpo acariciado,
poseído por su Jaime
y tan inmaculado como cuando escapo
de las garras del maltrato de su esposo
para refugiarse en su Jaime,
frio, calculador, enigmático, vacilante, tan vacio
como poso egipcio en la época de José.
La brisa del mar se había acostumbrado a la espina;
la necesitaba como recuerdo, como eco,
como punzón viajando por su cuerpo,
una manera de redimir el golpe de papa,
la indiferencia de mamá,
la envidia de la hermana,
la humillación de su profesor,
cuando trató de llevar su grupo a la rebelión.
Cepillando su cabello, que apenas giraba en su universo,
con la delicadeza del pétalo de una rosa,
la luz del mar espumoso, agitado por la luna,
derramaba sus olas en la tierra,
era la mujer de Jaime,
y solo eso importaba,
era su gran secreto,
aunque ya todos lo sabían.
En su silla seductoramente sonreía;
hoy su cuerpo las olas del mar cubrirían,
la acariciarían, la poseerían
y de ello, solo ella se enteraría.
En su frasco de alabastro,
en la enigmática penumbra,
sonriendo mientras se mecía,
la mujer de Jaime esta noche,
con la fuerza de la pasión era poseída.
Andaba seductora con la belleza de la Medusa de Zeus,
guardaba en un frasco de alabastro
el secreto de su encanto;
caminaba tan alegre,
que desde los callejones se escuchaban
sus estridentes carcajadas.
Suavemente aromatizada de incienso,
jazmín y sándalo,
vestida de sobrios colores,
abría su armario
de cedro rojo,
para mirar cual prenda
entallaba mejor su cuerpo
esculpido por los años.
¿Cuál luciría?,
¿Cuál le haría esbeltamente aseñorada?
¿Cuál atraería la mirada de su amado?
La madre abuela,
la mujer sincera,
sedienta de caricia,
de ser amada y poseída,
esperaba como araña negra
en la madrugada.
Después de todo era
la mujer más afortunada,
era como todo el tiempo se lo repetía,
¡la mujer de Jaime!,
aunque fuera una mentira,
o la más bella ilusión,
solo eso le importaba;
se tinturaba la melena,
que en la coronilla escaseaba,
hacía ejercicios para ser la mujer
de cuerpo esbelto,
porque así lo sentía,
de ello todo el tiempo
sus amigas le convencían.
Allí iba la mujer de Jaime,
un sueño marino en las rocas,
en las brisas del mar,
Medusa de Poseidón,
cuando se acercaban las olas
bañadas por la cálida brisa del mar.
¡Cuánto eros, cuanta caricia,
Cuanto sentir su cuerpo acariciado,
poseído por su Jaime
y tan inmaculado como cuando escapo
de las garras del maltrato de su esposo
para refugiarse en su Jaime,
frio, calculador, enigmático, vacilante, tan vacio
como poso egipcio en la época de José.
La brisa del mar se había acostumbrado a la espina;
la necesitaba como recuerdo, como eco,
como punzón viajando por su cuerpo,
una manera de redimir el golpe de papa,
la indiferencia de mamá,
la envidia de la hermana,
la humillación de su profesor,
cuando trató de llevar su grupo a la rebelión.
Cepillando su cabello, que apenas giraba en su universo,
con la delicadeza del pétalo de una rosa,
la luz del mar espumoso, agitado por la luna,
derramaba sus olas en la tierra,
era la mujer de Jaime,
y solo eso importaba,
era su gran secreto,
aunque ya todos lo sabían.
En su silla seductoramente sonreía;
hoy su cuerpo las olas del mar cubrirían,
la acariciarían, la poseerían
y de ello, solo ella se enteraría.
En su frasco de alabastro,
en la enigmática penumbra,
sonriendo mientras se mecía,
la mujer de Jaime esta noche,
con la fuerza de la pasión era poseída.