Carlos Aristy
Poeta que considera el portal su segunda casa
La mujer de los abedules.
A Elise, nuevamente.
Hoy yo ví a la mujer de los abedules.
Su blancura realmente me hipnotiza.
Se mueve entre nosotros como un anhelo,
respiración de dioses, voz de poesía.
Yo pedí hace tiempo que alguien la detuviera,
en su danza y correr hacia los abedules.
Mi temor, egoísta desde luego, era perderla
con su blancura en esos bosques de ceniza.
Hoy me encontré con ella, con su sonrisa,
como cuando uno abre de pronto un abanico japonés.
Las perlas de sus dientes irradiaban alegría
Y su voz, simplemente destilaba poesía.
Yo la abrazé con el más ardiente abrazo,
con un cuidado enorme, por no romper la magia.
Y le planté un beso de alquimista sefardita,
soñando en convertirla en estatua...
Pero nadie me ayudó en la faena de pararla.
Ahora tengo que contemplarla desde esta lejanía.
Blanca, pura azucena, quizás lirio o rosa
entre los abedules cenicientos de mi alma.
A Elise, nuevamente.
Hoy yo ví a la mujer de los abedules.
Su blancura realmente me hipnotiza.
Se mueve entre nosotros como un anhelo,
respiración de dioses, voz de poesía.
Yo pedí hace tiempo que alguien la detuviera,
en su danza y correr hacia los abedules.
Mi temor, egoísta desde luego, era perderla
con su blancura en esos bosques de ceniza.
Hoy me encontré con ella, con su sonrisa,
como cuando uno abre de pronto un abanico japonés.
Las perlas de sus dientes irradiaban alegría
Y su voz, simplemente destilaba poesía.
Yo la abrazé con el más ardiente abrazo,
con un cuidado enorme, por no romper la magia.
Y le planté un beso de alquimista sefardita,
soñando en convertirla en estatua...
Pero nadie me ayudó en la faena de pararla.
Ahora tengo que contemplarla desde esta lejanía.
Blanca, pura azucena, quizás lirio o rosa
entre los abedules cenicientos de mi alma.