Nada Vratovic
Poeta recién llegado
Contemplo el reflejo de mi monstruosidad en el espejo.
Sé que la luz del mundo huye de mí, como un ave aterrada,
y que en mi rostro sólo quedan sombras y velas apagadas.
Mi piel es cera blanca; mis labios están hechos de ajenjo
y de besos vanos con los que perdí las ruinas de mi orgullo.
Soy un vacío que respira en silencio; un abismo agotado.
Una vez tuve una musa que pudo darle vida a mis manos;
pero le arranqué sus alas de ángel y sus sueños desnudos.
¿No soy una bestia inmoral? Me atreví a quebrar algo tan puro
que su recuerdo es un eco que late, incansable, en mi mente.
Mis lágrimas lamieron sus cicatrices cientos de veces,
y aún cubierta de llagas, aún después de soles gemebundos
que la atormentaban al amanecer, mi musa es hermosa
como sólo puede serlo una flor que crece en las tinieblas.
Sé que, bajo mis garras, ha olvidado su propia belleza;
pero yo la adoro con el fervor que merece una diosa.
Sé que la luz del mundo huye de mí, como un ave aterrada,
y que en mi rostro sólo quedan sombras y velas apagadas.
Mi piel es cera blanca; mis labios están hechos de ajenjo
y de besos vanos con los que perdí las ruinas de mi orgullo.
Soy un vacío que respira en silencio; un abismo agotado.
Una vez tuve una musa que pudo darle vida a mis manos;
pero le arranqué sus alas de ángel y sus sueños desnudos.
¿No soy una bestia inmoral? Me atreví a quebrar algo tan puro
que su recuerdo es un eco que late, incansable, en mi mente.
Mis lágrimas lamieron sus cicatrices cientos de veces,
y aún cubierta de llagas, aún después de soles gemebundos
que la atormentaban al amanecer, mi musa es hermosa
como sólo puede serlo una flor que crece en las tinieblas.
Sé que, bajo mis garras, ha olvidado su propia belleza;
pero yo la adoro con el fervor que merece una diosa.