La NiÑa

Irma Recio Lopez

Poeta recién llegado
La pollera raída cubre apenas los muslos,
se le posa el cabello sobre el seno desnudo
y una triste sonrisa se dibuja en su cara
entre pérfida y dura, salvaje y desolada.
Carga sobre los hombros el peso de sus años
que son pocos, muy pocos, plenos de desengaños;
la vida no le ha dado jamás opción alguna
y arrastra las cadenas, desde la misma cuna.
No sabe de caricias, de juegos, de paseos,
de una madre amorosa que la cubra de besos,
de un hogar confortable, ni de un cálido lecho
donde dormir tranquila y entregarse a sus sueños.
No desea, no anhela, todo es parco y austero,
sus vanas ilusiones remontaron un vuelo
tan magnífico y amplio, tan gallardo y soberbio,
que moran otras almas, que habitan otros pechos.
Silentes son sus gritos, están amordazados,
callada rebeldía que causa miedo y daño,
los labios se le curvan en un rictus amargo,
las lágrimas se secan en los ojos cansados.
Sus manitos traviesas, aletean ruidosas,
van y vienen sin pausa, se estremecen, se chocan;
y su imágen ligera ronda por las esquinas,
atenta y angustiada mira pasar la vida.
Se esconde su mirada tras los párpados gruesos,
en sus ojos oscuros no hay luces ni reflejos;
opaca, anochecida, se detiene un instante
en las sobras que habitan en chiqueros, la calle.
Una punzada infame corroe sus entrañas,
el hambre se recrea, la golpea con saña,
el dolor de la mugre la penetra, la invade
y se siente animal soportando el ultraje.
Abre la tierna boca y engulle su comida,
la suciedad la gana, la enferma, la lastima,
rebusca entre los restos, insaciable y lejana,
satisface su gula sin pudor y con ganas.
Son diez años de calle, de digerir basura,
de porvenir oscuro, de miseria y hambruna,
de intentar ser persona como los otros tantos
y vivir postergada, sumida en el espanto.
Y así pasan sus días, siniestros se le escapan,
días abarrotados de pobreza y de rabia;
tal vez, quizás mañana, cuando el sol se levante,
la alegría la colme y la esperanza cante.
 
La pollera raída cubre apenas los muslos,
se le posa el cabello sobre el seno desnudo
y una triste sonrisa se dibuja en su cara
entre pérfida y dura, salvaje y desolada.
Carga sobre los hombros el peso de sus años
que son pocos, muy pocos, plenos de desengaños;
la vida no le ha dado jamás opción alguna
y arrastra las cadenas, desde la misma cuna.
No sabe de caricias, de juegos, de paseos,
de una madre amorosa que la cubra de besos,
de un hogar confortable, ni de un cálido lecho
donde dormir tranquila y entregarse a sus sueños.
No desea, no anhela, todo es parco y austero,
sus vanas ilusiones remontaron un vuelo
tan magnífico y amplio, tan gallardo y soberbio,
que moran otras almas, que habitan otros pechos.
Silentes son sus gritos, están amordazados,
callada rebeldía que causa miedo y daño,
los labios se le curvan en un rictus amargo,
las lágrimas se secan en los ojos cansados.
Sus manitos traviesas, aletean ruidosas,
van y vienen sin pausa, se estremecen, se chocan;
y su imágen ligera ronda por las esquinas,
atenta y angustiada mira pasar la vida.
Se esconde su mirada tras los párpados gruesos,
en sus ojos oscuros no hay luces ni reflejos;
opaca, anochecida, se detiene un instante
en las sobras que habitan en chiqueros, la calle.
Una punzada infame corroe sus entrañas,
el hambre se recrea, la golpea con saña,
el dolor de la mugre la penetra, la invade
y se siente animal soportando el ultraje.
Abre la tierna boca y engulle su comida,
la suciedad la gana, la enferma, la lastima,
rebusca entre los restos, insaciable y lejana,
satisface su gula sin pudor y con ganas.
Son diez años de calle, de digerir basura,
de porvenir oscuro, de miseria y hambruna,
de intentar ser persona como los otros tantos
y vivir postergada, sumida en el espanto.
Y así pasan sus días, siniestros se le escapan,
días abarrotados de pobreza y de rabia;
tal vez, quizás mañana, cuando el sol se levante,
la alegría la colme y la esperanza cante.

Triste realidad la que pintas en tus versos, por desgracia más común de lo que creemos.
Besos mediterráneos.
 
La pollera raída cubre apenas los muslos,
se le posa el cabello sobre el seno desnudo
y una triste sonrisa se dibuja en su cara
entre pérfida y dura, salvaje y desolada.
Carga sobre los hombros el peso de sus años
que son pocos, muy pocos, plenos de desengaños;
la vida no le ha dado jamás opción alguna
y arrastra las cadenas, desde la misma cuna.
No sabe de caricias, de juegos, de paseos,
de una madre amorosa que la cubra de besos,
de un hogar confortable, ni de un cálido lecho
donde dormir tranquila y entregarse a sus sueños.
No desea, no anhela, todo es parco y austero,
sus vanas ilusiones remontaron un vuelo
tan magnífico y amplio, tan gallardo y soberbio,
que moran otras almas, que habitan otros pechos.
Silentes son sus gritos, están amordazados,
callada rebeldía que causa miedo y daño,
los labios se le curvan en un rictus amargo,
las lágrimas se secan en los ojos cansados.
Sus manitos traviesas, aletean ruidosas,
van y vienen sin pausa, se estremecen, se chocan;
y su imágen ligera ronda por las esquinas,
atenta y angustiada mira pasar la vida.
Se esconde su mirada tras los párpados gruesos,
en sus ojos oscuros no hay luces ni reflejos;
opaca, anochecida, se detiene un instante
en las sobras que habitan en chiqueros, la calle.
Una punzada infame corroe sus entrañas,
el hambre se recrea, la golpea con saña,
el dolor de la mugre la penetra, la invade
y se siente animal soportando el ultraje.
Abre la tierna boca y engulle su comida,
la suciedad la gana, la enferma, la lastima,
rebusca entre los restos, insaciable y lejana,
satisface su gula sin pudor y con ganas.
Son diez años de calle, de digerir basura,
de porvenir oscuro, de miseria y hambruna,
de intentar ser persona como los otros tantos
y vivir postergada, sumida en el espanto.
Y así pasan sus días, siniestros se le escapan,
días abarrotados de pobreza y de rabia;
tal vez, quizás mañana, cuando el sol se levante,
la alegría la colme y la esperanza cante.

Tu poema es una estampa viva, realismo poético. Te felicito Irma.
 

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