infeliz?
Feliz
(Nabrisa y Alejandro en la cueva)
Dime amor, si tú notas,
cómo el cuerpo ahora vuelve
a su lecho de huesos,
cómo el plasma se arropa
en sus carnales brácteas de colores.
Ha pasado una luz, encendida, invisible,
sobre nuestras cabezas condenadas,
entre los corazones soterrados.
Dime amor, ¿no es la noche más fría
tras esta tenue hoguera en que yacemos
como un ramo de besos y sus ascuas?
Es una servidumbre ahora más laxa
la que nos martiriza.
Esta quietud de males, incorpórea,
¿no es acaso la calma que se esconde
bajo el rostro acerado en la tormenta?
Abrázame fuerte, cielo,
que no sé si es la leve luz, que me falta,
o el tiempo, que me ciega, o al revés,
pero estoy tiritando como un lucero.
No quiero día sin ti, Alejandro,
ni noche en el arroyo quejumbroso
que es sentir tu ausencia.
Dame calor, estréchame más fuerte.
Claro que noto, ahora, el hielo de los huesos,
pero también la fragancia impregnada en la piel
y su flamígero canto emplumado,
que hace de cada poro de tu torso
fuente de alas.
Esta noche es testigo carbonizado
del incendio pactado
que brotó en nuestros cuerpos.
Es el cráneo latente de la muerte, bajo nuestras cenizas.
Es un gigante viejo, ya cansado,
que se desploma al ver cantos y luces.
Y allí descansa, como una cordillera, infranqueable,
de espaldas a las nubes que nos pueblan
y al vigor sonrosado que eleva a un nuevo día.
Abrázame fuerte, amor,
que el viento me devuelve a mis orillas,
envuelta en velas negras.
¡Ay, sujétame que me lleva!
Nadie te llevará hoy de esta cueva.
Con estos brazos, que son anclas,
y esas olas, que son piedras,
despistaremos al día, entre sus vientos,
y el sol será sólo un rumor equivocado,
sólo una queja lastimera
que se extingue.
Dime amor, si tú notas,
cómo el cuerpo ahora vuelve
a su lecho de huesos,
cómo el plasma se arropa
en sus carnales brácteas de colores.
Ha pasado una luz, encendida, invisible,
sobre nuestras cabezas condenadas,
entre los corazones soterrados.
Dime amor, ¿no es la noche más fría
tras esta tenue hoguera en que yacemos
como un ramo de besos y sus ascuas?
Es una servidumbre ahora más laxa
la que nos martiriza.
Esta quietud de males, incorpórea,
¿no es acaso la calma que se esconde
bajo el rostro acerado en la tormenta?
Abrázame fuerte, cielo,
que no sé si es la leve luz, que me falta,
o el tiempo, que me ciega, o al revés,
pero estoy tiritando como un lucero.
No quiero día sin ti, Alejandro,
ni noche en el arroyo quejumbroso
que es sentir tu ausencia.
Dame calor, estréchame más fuerte.
Claro que noto, ahora, el hielo de los huesos,
pero también la fragancia impregnada en la piel
y su flamígero canto emplumado,
que hace de cada poro de tu torso
fuente de alas.
Esta noche es testigo carbonizado
del incendio pactado
que brotó en nuestros cuerpos.
Es el cráneo latente de la muerte, bajo nuestras cenizas.
Es un gigante viejo, ya cansado,
que se desploma al ver cantos y luces.
Y allí descansa, como una cordillera, infranqueable,
de espaldas a las nubes que nos pueblan
y al vigor sonrosado que eleva a un nuevo día.
Abrázame fuerte, amor,
que el viento me devuelve a mis orillas,
envuelta en velas negras.
¡Ay, sujétame que me lleva!
Nadie te llevará hoy de esta cueva.
Con estos brazos, que son anclas,
y esas olas, que son piedras,
despistaremos al día, entre sus vientos,
y el sol será sólo un rumor equivocado,
sólo una queja lastimera
que se extingue.
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