La noche, serena y adornada por una espectacular luna llena, estimulaba sus sentidos. Estaba sentada sobre un trono de hojas... Sus grandes ojos, algo inexpresivos, escrutaban con parsimonia la superficie del lago, sobre el cual titilaban los reflejos de la Dama de la Noche. Una suave brisa hacía murmurar a los alisos y a los olmos. Quietud... Era gruesa, pero no carecía de encanto. Su papada seguía el ritmo de su respiración pausada. De pronto oyó algo que llamó su atención, y se quedó inmóvil, expectante... No era más que un inofensivo murciélago del lago que estaba cazando. Se sintió algo molesta por su presencia. Dijo: ¡Croac!... y se lanzó al agua.
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Churrete
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