La obediencia del acero

Esler Jardiel Sobalvarro.

Poeta recién llegado
La veta

permanece oculta.


Su origen
se escribe
en la oscuridad,


allí donde la tierra
aprende a desgarrarse
para revelar
el mineral
que llevaba siglos
esperando la luz.


Así ocurre
con el hombre.

También se gesta
en regiones
donde nadie mira,


reconociendo
sus propios demonios,


aceptando
la imperfección,

desprendiéndose,
golpe a golpe,
del lastre
que ciega
el espíritu.


El trabajo
sobre uno mismo


es el arrabio.


Todavía impuro.


Todavía cargado
de escoria.


Pero dispuesto
a entrar
en el fuego.


Fueron lágrimas.

Fueron cicatrices.

Fueron cenizas.

Fueron huesos.

Fue la gravedad

del silencio.



Fue el hombre
que dejó de llamarse.


Fue el funeral
del hombre anterior.


Hasta comprender


que nadie
nace acero.



El fuego
no crea.


Revela.



Y el martillo
no golpeaba
el metal.



Despertaba
su voz.


Cada impacto


era una sílaba.


Cada estruendo,


una enseñanza.


Cada clangor,


la memoria
de una forma
que todavía
no existía.



El filo
no nació
para herir.



Nació
para obedecer.


Porque el carácter


no se funde.


Se forja.


Y toda espada
que aprende
a gobernarse,


encuentra
en la vaina


su mayor
acto de poder.


Entonces


el hierro
aceptó
la compañía
del carbón.


El fuego
dejó de ser
castigo.


El agua
dejó de ser
miedo.


Y el clangor
del martillo
marcó
el compás


de una música
que solo escucha


quien ha sobrevivido


a su propia
forja.


Fue entonces,

y no antes,

cuando el acero

aprendió

el significado

de la obediencia.




Poema de la segunda sección («El Filo») de mi próximo libro Lágrimas de Plomo.
 
Última edición:
La veta

permanece oculta.


Su origen
se escribe
en la oscuridad,


allí donde la tierra
aprende a desgarrarse
para revelar
el mineral
que llevaba siglos
esperando la luz.


Así ocurre
con el hombre.

También se gesta
en regiones
donde nadie mira,


reconociendo
sus propios demonios,


aceptando
la imperfección,

desprendiéndose,
golpe a golpe,
del lastre
que ciega
el espíritu.


El trabajo
sobre uno mismo


es el arrabio.


Todavía impuro.


Todavía cargado
de escoria.


Pero dispuesto
a entrar
en el fuego.


Fueron lágrimas.

Fueron cicatrices.

Fueron cenizas.

Fueron huesos.

Fue la gravedad

del silencio.



Fue el hombre
que dejó de llamarse.


Fue el funeral
del hombre anterior.


Hasta comprender


que nadie
nace acero.



El fuego
no crea.


Revela.



Y el martillo
no golpeaba
el metal.



Despertaba
su voz.


Cada impacto


era una sílaba.


Cada estruendo,


una enseñanza.


Cada clangor,


la memoria
de una forma
que todavía
no existía.



El filo
no nació
para herir.



Nació
para obedecer.


Porque el carácter


no se funde.


Se forja.


Y toda espada
que aprende
a gobernarse,


encuentra
en la vaina


su mayor
acto de poder.


Entonces


el hierro
aceptó
la compañía
del carbón.


El fuego
dejó de ser
castigo.


El agua
dejó de ser
miedo.


Y el clangor
del martillo
marcó
el compás


de una música
que solo escucha


quien ha sobrevivido


a su propia
forja.


Fue entonces,

y no antes,

cuando el acero

aprendió

el significado

de la obediencia.




Poema de la segunda sección («El Filo») de mi próximo libro Lágrimas de Plomo.
Que sea por la esencia del ser humano.

Saludos
 
Este poema nos recuerda que el verdadero carácter no nace del talento ni de la fuerza, sino de la transformación interior. El fuego de la vida no nos cambia: revela quiénes somos y quiénes estamos llamados a ser.

Buen comienzo
Bienvenido al foro
Saludos cordiales
 

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