Esler Jardiel Sobalvarro.
Poeta recién llegado
Entre las venas de la tierra
permanece
el hierro.
Silencioso.
Inmóvil.
Como un centinela
que conoce
el momento de su llamado
y no intenta
adelantar el tiempo.
No teme
a la oscuridad.
Porque sabe
que toda luz
alguna vez
también fue profundidad.
La inercia
no siempre
es ausencia.
A veces
es la forma
más alta
de la paciencia.
Mientras el mundo
corre,
el hierro
permanece.
Observa.
Espera.
Aprende.
Todavía no conoce
el fuego.
Pero ya conoce
el silencio.
Y quien aprende
a escuchar
el silencio,
comienza
a comprender
el lenguaje
de la transformación.
Nada ocurre
por accidente.
El aire.
El carbono.
El azufre.
Cada elemento
aguarda
su instante,
como si la creación
también supiera
esperar.
El hierro
no se impacienta.
Porque comprende
que ninguna fragua
recibe
al metal
antes de tiempo.
El imán
no obliga.
Atrae.
Así también
la verdad.
No persigue.
Llama.
Y solo quien
ha aprendido
a permanecer,
escucha
esa voz.
Entonces comprendí
que la paciencia
no consiste
en esperar.
Consiste
en prepararse
mientras llega
aquello
para lo que nacimos.
Porque el hierro
jamás dudó
de convertirse
en acero.
Solo esperó
el día
en que el fuego
pronunciara
su nombre.
Poema de la segunda sección («El Filo») de mi próximo libro Lágrimas de Plomo.
permanece
el hierro.
Silencioso.
Inmóvil.
Como un centinela
que conoce
el momento de su llamado
y no intenta
adelantar el tiempo.
No teme
a la oscuridad.
Porque sabe
que toda luz
alguna vez
también fue profundidad.
La inercia
no siempre
es ausencia.
A veces
es la forma
más alta
de la paciencia.
Mientras el mundo
corre,
el hierro
permanece.
Observa.
Espera.
Aprende.
Todavía no conoce
el fuego.
Pero ya conoce
el silencio.
Y quien aprende
a escuchar
el silencio,
comienza
a comprender
el lenguaje
de la transformación.
Nada ocurre
por accidente.
El aire.
El carbono.
El azufre.
Cada elemento
aguarda
su instante,
como si la creación
también supiera
esperar.
El hierro
no se impacienta.
Porque comprende
que ninguna fragua
recibe
al metal
antes de tiempo.
El imán
no obliga.
Atrae.
Así también
la verdad.
No persigue.
Llama.
Y solo quien
ha aprendido
a permanecer,
escucha
esa voz.
Entonces comprendí
que la paciencia
no consiste
en esperar.
Consiste
en prepararse
mientras llega
aquello
para lo que nacimos.
Porque el hierro
jamás dudó
de convertirse
en acero.
Solo esperó
el día
en que el fuego
pronunciara
su nombre.
Poema de la segunda sección («El Filo») de mi próximo libro Lágrimas de Plomo.
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