No te escuche decirme nunca esa palabra
y siempre quise oírla.
Siempre esperé.
Siempre espero.
Pero hoy,
dudo de la reacción de mi corazón,
porque ya vive por tu silencio convulsionado.
Silencio grande, misterioso
al que me he acostumbrado
al que he acogido como innato en ti sin serlo
y que extrañamente,
por esta ausencia tiene peso su presencia,
al punto que el mismo vacío,
de vacíos, lleno está.
Entre los dos,
si esa palabra de dos palabras
se interpusiera,
te confieso que me sonaría tan rara
como raro sería que al recibir en mis labios
la brisa de un Te Amo,
estos vuelvan a pronunciar también
Te Amo.