Agatha Maquiavela
Poeta recién llegado
Tu sangre, roja como tus pétalos,
escurría desde mi boca
hasta mi pecho.
En mi lengua quedó el sabor,
amargo y a la vez dulzón,
de tu esencia y tu carencia de color.
En el aire se impregno la muerte,
y a pesar de que no pude verte,
sé que dormías, hermosa e inerte.
Las cuerdas de tu violín se mancharon,
se ensuciaron de roja tristeza
y se tensaron alrededor de tu cuello.
Tu mirada, fría y vacía
estaba fija en la nada
y tu boca abierta gritaba callada.
Y yo no sé qué sentía.
No sabía si era culpa,
aunque la culpa fue tuya.
Pero tu sangre, roja y seca,
quedó plasmada en mi lienzo
después de unas cuantas pinceladas.
Esa pintura grotesca y obscena,
llena de tu belleza muerta
decora la única pared blanca.
escurría desde mi boca
hasta mi pecho.
En mi lengua quedó el sabor,
amargo y a la vez dulzón,
de tu esencia y tu carencia de color.
En el aire se impregno la muerte,
y a pesar de que no pude verte,
sé que dormías, hermosa e inerte.
Las cuerdas de tu violín se mancharon,
se ensuciaron de roja tristeza
y se tensaron alrededor de tu cuello.
Tu mirada, fría y vacía
estaba fija en la nada
y tu boca abierta gritaba callada.
Y yo no sé qué sentía.
No sabía si era culpa,
aunque la culpa fue tuya.
Pero tu sangre, roja y seca,
quedó plasmada en mi lienzo
después de unas cuantas pinceladas.
Esa pintura grotesca y obscena,
llena de tu belleza muerta
decora la única pared blanca.