Se descarna el corazón ante el abandono,
el silencio e hipocresía; sencillamente el no amor.
Mi rostro, poco a poco, se levanta de la envestida,
y me pregunto a mí misma:
¿cómo puedo seguir erguida cuando por dentro caía y caía?
Hoy, te doy Gracias, mi Dios, si has querido que esto viva
pues forma parte de tu Reino: qué es dolor y es la alegría.
Quisiera, para contentar a algunos, aunque no es convicción de vida,
ser de aquellos que poseen para todo una mirada positiva.
¿Pero cómo sacar una sonrisa de forzada hipocresía?
El dolor, es tan real en esta vida,
va oprimiendo la mente y voluntad,
va quitando la energía; porque nace del pecado enemigo de la vida.
No me pidas que sonría,
mira mis ojos y verás un río que corre silencioso en esto días.
¿Es qué acaso Cristo, mismo, no sacó de su rostro la alegría?
¿No lloró en Jerusalén ante la porfía y ante la apatía?
¿No lloró en Getsemaní ante la soledad y su agonía?
El dolor, ciertamente, es un camino que, “en la ruta de Cristo”,
anticipa el renacer a una nueva vida.
Agradezco a quienes me levantan y me animan.
Cirineos, que como con Cristo, me acompañan estos días.
Pero… no fueron los que esperaba que me dieran una mano,
una palabra o una mirada compasiva…
A pesar de mis ruidos, pero también de los suyos,
aún esperaba, de la Hermana Comunidad, aquello que no había…
Antes yo era consuelo, hoy, en cambio,
formo parte de aquellos que sufren su agonía.
Confirmo que hay dolores tan grandes que sobrepasan la comprensión humana de esta vida.
Sin embargo, aquel huerto está siendo mi continua estadía.
Pero como Pablo me digo: sólo derribada, pero no destruida.
Mi meta es llegar pronto al gozo perdido y a la espontánea sonrisa;
que no nace de exigencias que nos lleva a una alegría fingida,
sino más bien por el triunfo en mí de Cristo,
y en mi entorno de su Reino, su verdad y su Justicia.
el silencio e hipocresía; sencillamente el no amor.
Mi rostro, poco a poco, se levanta de la envestida,
y me pregunto a mí misma:
¿cómo puedo seguir erguida cuando por dentro caía y caía?
Hoy, te doy Gracias, mi Dios, si has querido que esto viva
pues forma parte de tu Reino: qué es dolor y es la alegría.
Quisiera, para contentar a algunos, aunque no es convicción de vida,
ser de aquellos que poseen para todo una mirada positiva.
¿Pero cómo sacar una sonrisa de forzada hipocresía?
El dolor, es tan real en esta vida,
va oprimiendo la mente y voluntad,
va quitando la energía; porque nace del pecado enemigo de la vida.
No me pidas que sonría,
mira mis ojos y verás un río que corre silencioso en esto días.
¿Es qué acaso Cristo, mismo, no sacó de su rostro la alegría?
¿No lloró en Jerusalén ante la porfía y ante la apatía?
¿No lloró en Getsemaní ante la soledad y su agonía?
El dolor, ciertamente, es un camino que, “en la ruta de Cristo”,
anticipa el renacer a una nueva vida.
Agradezco a quienes me levantan y me animan.
Cirineos, que como con Cristo, me acompañan estos días.
Pero… no fueron los que esperaba que me dieran una mano,
una palabra o una mirada compasiva…
A pesar de mis ruidos, pero también de los suyos,
aún esperaba, de la Hermana Comunidad, aquello que no había…
Antes yo era consuelo, hoy, en cambio,
formo parte de aquellos que sufren su agonía.
Confirmo que hay dolores tan grandes que sobrepasan la comprensión humana de esta vida.
Sin embargo, aquel huerto está siendo mi continua estadía.
Pero como Pablo me digo: sólo derribada, pero no destruida.
Mi meta es llegar pronto al gozo perdido y a la espontánea sonrisa;
que no nace de exigencias que nos lleva a una alegría fingida,
sino más bien por el triunfo en mí de Cristo,
y en mi entorno de su Reino, su verdad y su Justicia.
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