Tomé tu mano para bendecir
la mía, con tu boca medía
mi destino. Mi corazón de pasto
alimentaba tu hambre fiera
y gotas de mis versos quitaban
la sed de tu nombre.
Para qué, para que en mis
rodillas crezcan tus tribunales.
Para que congeles con sal mis
besos y mueran marchitos
entre el colchón y la almohada.
Como un pájaro me lancé
a volar por los campos de
tu cuerpo y crucé el meridiano
de tus sueños.
Claro, me regalaste promesas
sin cumplir, fotos en blanco,
algo con que fumar
mis tristezas y una dicha
que se remanga los puños.
Riego los jardines del olvido
y dejo sin agua al amor.
Luego la miro y siento que
vuelve a ser una parte de
mí mismo, que cortó sus
cabellos para hacer con sus
mechas un recuerdo,
un pañuelo con que secarme
el dolor.
La miro otra vez y pienso
que si estuviera conmigo
no la miraría tanto y que no
sabría si he muerto o sigo
insistente; de volver a ella
para estar más solo.
Y miro también esta tarde de
juncos, de infusión de ojos
y secretos; el miedo reparte
consonantes y despide vocales,
pinta quizás y jamases.
Tiene aspecto de animal
callado, su risa parca.
Entonces doy un bostezo
y después nada, nada, nada.
la mía, con tu boca medía
mi destino. Mi corazón de pasto
alimentaba tu hambre fiera
y gotas de mis versos quitaban
la sed de tu nombre.
Para qué, para que en mis
rodillas crezcan tus tribunales.
Para que congeles con sal mis
besos y mueran marchitos
entre el colchón y la almohada.
Como un pájaro me lancé
a volar por los campos de
tu cuerpo y crucé el meridiano
de tus sueños.
Claro, me regalaste promesas
sin cumplir, fotos en blanco,
algo con que fumar
mis tristezas y una dicha
que se remanga los puños.
Riego los jardines del olvido
y dejo sin agua al amor.
Luego la miro y siento que
vuelve a ser una parte de
mí mismo, que cortó sus
cabellos para hacer con sus
mechas un recuerdo,
un pañuelo con que secarme
el dolor.
La miro otra vez y pienso
que si estuviera conmigo
no la miraría tanto y que no
sabría si he muerto o sigo
insistente; de volver a ella
para estar más solo.
Y miro también esta tarde de
juncos, de infusión de ojos
y secretos; el miedo reparte
consonantes y despide vocales,
pinta quizás y jamases.
Tiene aspecto de animal
callado, su risa parca.
Entonces doy un bostezo
y después nada, nada, nada.