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La pintora y las escaleras

Cris Cam

Poeta adicto al portal
La pintora y las escaleras

Sólo un hueco encontré para escribir,
invadido de sus grafías,
de sus moléculas,
respirando el aire que exhalaba.
Tenía olor a guitarra.

Afuera la vida se resuelve a los hachazos,
huyo a pie juntillas de las manchas de petróleo de cunetas,
de sangre fresca, de virus enamorados, de muertes melancólicas.
Y siempre que llego a tu patio, te veo parada, amiga,
soplando vida en un plano, luchando por respirar,
con un pincel, un lápiz, un sol, un tacho, una luna,
un tubo, una piedra y una manguera.

Te reís de mi sombra,
quizá porque veas la luz de mi nuca.
Te alzas de hombros a mi espera,
en mi desesperación de luna imposible.
Ambos sabemos de la lejanía de mi Boudelaire y su Borges,
de mis locos diamantes y sus pájaros de bosque,
de mis hijos ausentes y de su virginidad de mundo.
Hace ya tiempo que cambié mis estaciones de Verónica
por tus grutas de incienso.

Pronuncias frases que escucho y no comprendo.
¿Cuantos años te llevó aprenderlas?
Me golpeo la cabeza contras las rejas,
me clavo puñales de hielo,
al verla partir, inocente,
en busca de otro cazador con sus alas de mariposa.

Tu mano dibuja la boca despintada que yo no beso y muero,
tu pincel arrastra óleo en las pestañas que yo sueño.
Me esconderé en uno de tus árboles azules.
Me disfrazaré de tus duendes.

Me aparto, me paro,
mis ojos en dirección opuesta a la primavera,
le tengo tanto terror a su piel fresca,
y ella que sabe de mi angustia de almanaque,
sólo dibuja escaleras,
en las que yo no ocupo ningún escalón.
Quizá me omita, en su amor de amiga y compañera,
para no acrecentar mi llaga de ausencia.
Me ocultaré en una estela blanca, detrás de Saturno.

Su zapatilla invade mi lugar.
Me escondo detrás de una bombilla,
sólo vos me ves por encima de tus marcos.
Solo vos escuchás mis hesitaciones.
Quisiera salir en dirección a la flecha.

Me cargas en tu mochila con una sonrisa cómplice,
como si fuera una vianda, un puñal, un pasamontañas,
y te reís, amiga.
Te reís de mi ingenua ilusión sin destino.

Pero en algo te equivocás,
sabia de las lunas,
no es ella demasiado nena,
soy yo que me enamoro de todas las actitudes infantiles,
que me soplan inocencia en mis llagas de cuenta corriente.

Tiraste un trazo de sus ojos oscuros,
nunca los vi bien, no sé si son café, azabache o caoba;
los cortaste con un filo,
dejaste tu tela vacía y me entregaste su mirada.
Las guardé en un libro,
para que me miren,
los solsticios de verano,
como a través de una máscara de porcelana.
Mientras mi limón sigue secándose lentamente.
 
Me ha encantado este alucinante poema, con el que despierto en el amanecer parisino.

Mi abrazo.

Gladiadora______________
 

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La pintora y las escaleras

Sólo un hueco encontré para escribir,
invadido de sus grafías,
de sus moléculas,
respirando el aire que exhalaba.
Tenía olor a guitarra.

Afuera la vida se resuelve a los hachazos,
huyo a pie juntillas de las manchas de petróleo de cunetas,
de sangre fresca, de virus enamorados, de muertes melancólicas.
Y siempre que llego a tu patio, te veo parada, amiga,
soplando vida en un plano, luchando por respirar,
con un pincel, un lápiz, un sol, un tacho, una luna,
un tubo, una piedra y una manguera.

Te reís de mi sombra,
quizá porque veas la luz de mi nuca.
Te alzas de hombros a mi espera,
en mi desesperación de luna imposible.
Ambos sabemos de la lejanía de mi Boudelaire y su Borges,
de mis locos diamantes y sus pájaros de bosque,
de mis hijos ausentes y de su virginidad de mundo.
Hace ya tiempo que cambié mis estaciones de Verónica
por tus grutas de incienso.

Pronuncias frases que escucho y no comprendo.
¿Cuantos años te llevó aprenderlas?
Me golpeo la cabeza contras las rejas,
me clavo puñales de hielo,
al verla partir, inocente,
en busca de otro cazador con sus alas de mariposa.

Tu mano dibuja la boca despintada que yo no beso y muero,
tu pincel arrastra óleo en las pestañas que yo sueño.
Me esconderé en uno de tus árboles azules.
Me disfrazaré de tus duendes.

Me aparto, me paro,
mis ojos en dirección opuesta a la primavera,
le tengo tanto terror a su piel fresca,
y ella que sabe de mi angustia de almanaque,
sólo dibuja escaleras,
en las que yo no ocupo ningún escalón.
Quizá me omita, en su amor de amiga y compañera,
para no acrecentar mi llaga de ausencia.
Me ocultaré en una estela blanca, detrás de Saturno.

Su zapatilla invade mi lugar.
Me escondo detrás de una bombilla,
sólo vos me ves por encima de tus marcos.
Solo vos escuchás mis hesitaciones.
Quisiera salir en dirección a la flecha.

Me cargas en tu mochila con una sonrisa cómplice,
como si fuera una vianda, un puñal, un pasamontañas,
y te reís, amiga.
Te reís de mi ingenua ilusión sin destino.

Pero en algo te equivocás,
sabia de las lunas,
no es ella demasiado nena,
soy yo que me enamoro de todas las actitudes infantiles,
que me soplan inocencia en mis llagas de cuenta corriente.

Tiraste un trazo de sus ojos oscuros,
nunca los vi bien, no sé si son café, azabache o caoba;
los cortaste con un filo,
dejaste tu tela vacía y me entregaste su mirada.
Las guardé en un libro,
para que me miren,
los solsticios de verano,
como a través de una máscara de porcelana.
Mientras mi limón sigue secándose lentamente.

Concluyo que ambos sabían que ese "momento" no sería eterno pero termina siendo más difícil para quien ya no tiene espacio para reconstruír. Saludos cordiales, Cris.
 

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