La practicante

Por años consultaba compendios de demonología. Se empeñaba en reconocer algún ente que satisfaciera ese insólito fetichismo.
Su costumbre, al llegar a casa, era ordenar el altar y besar alguna de las patas, mientras musitaba dulcemente: «¡Oh, diablito mío!»
Costumbre convertida en adoracion que llama con insitencia su
presencia. me ha gustado. saludos de luzyabsenta
 

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