Fingal
Poeta adicto al portal
Detengo mis huesos en el lecho de un camino
demasiado castigado por mis surcos.
De una entraña raída
que solo sustentan
hebras de nostalgias incondicionales
extraigo memorias cuyos nombres
dibujo en el polvo añejo,
junto al tuyo
que con tanto cuidado y esmero
pronuncio entre mis dedos.
El niño de ilusión virgen y lágrima desconocida
que persigue el canto absoluto
reflejado en el ingenuo abrazo de sus fronteras
se aleja
y pienso en amarte
con unas manos que sienten el peso
del sedimento de un llanto lento y denso.
¿Qué puedo darte
que sea un poco sincero
ante el juicio irrevocable
de los últimos árboles?
En cada nombre
voy amontonando y borrando versos viejos
custodios de mis arrepentimientos:
Los errados reproches,
los anhelos malcriados y llorones,
las exigencias de afectos
cuyo merecimiento
solo discierne el lado
de una moneda mal lanzada
incrustada en los órganos.
Los tequieros paridos por yoquieros,
heraldos del mismo egoísmo anegado en su ansiosa ceguera.
La tortura mutua de la carne y el sueño
que se asaltan en su prolongado desencuentro.
El engaño de la belleza de versos
vendidos a sentimientos vanidosos
que no se apartan del espejo.
Así, voy deshojando mi huella indeleble
hasta desnudar la helada certeza
de que nada importa cuánto o cómo te siento,
sino lo que te haga con ello.
Las cavidades que desfiguran mis latidos
serán para ti
refugios abiertos.
Al fin
junto a tu nombre en el camino
solo consiento un horizonte limpio,
página artesana de lino blanco
de acogedora caricia,
donde con trazo consciente y sereno,
con tanto cuidado y esmero,
voy recorriendo
la primera línea de tus versos.
(Hasta encontrarte
donde el amor no pueda alcanzarnos).
Galapagar (Madrid), 12 de septiembre de 2015.
demasiado castigado por mis surcos.
De una entraña raída
que solo sustentan
hebras de nostalgias incondicionales
extraigo memorias cuyos nombres
dibujo en el polvo añejo,
junto al tuyo
que con tanto cuidado y esmero
pronuncio entre mis dedos.
El niño de ilusión virgen y lágrima desconocida
que persigue el canto absoluto
reflejado en el ingenuo abrazo de sus fronteras
se aleja
y pienso en amarte
con unas manos que sienten el peso
del sedimento de un llanto lento y denso.
¿Qué puedo darte
que sea un poco sincero
ante el juicio irrevocable
de los últimos árboles?
En cada nombre
voy amontonando y borrando versos viejos
custodios de mis arrepentimientos:
Los errados reproches,
los anhelos malcriados y llorones,
las exigencias de afectos
cuyo merecimiento
solo discierne el lado
de una moneda mal lanzada
incrustada en los órganos.
Los tequieros paridos por yoquieros,
heraldos del mismo egoísmo anegado en su ansiosa ceguera.
La tortura mutua de la carne y el sueño
que se asaltan en su prolongado desencuentro.
El engaño de la belleza de versos
vendidos a sentimientos vanidosos
que no se apartan del espejo.
Así, voy deshojando mi huella indeleble
hasta desnudar la helada certeza
de que nada importa cuánto o cómo te siento,
sino lo que te haga con ello.
Las cavidades que desfiguran mis latidos
serán para ti
refugios abiertos.
Al fin
junto a tu nombre en el camino
solo consiento un horizonte limpio,
página artesana de lino blanco
de acogedora caricia,
donde con trazo consciente y sereno,
con tanto cuidado y esmero,
voy recorriendo
la primera línea de tus versos.
(Hasta encontrarte
donde el amor no pueda alcanzarnos).
Galapagar (Madrid), 12 de septiembre de 2015.
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