Esler Jardiel Sobalvarro.

Poeta recién llegado
El hombre
no renació
cuando dejó de caer.


Renació
cuando dejó
de temerle
al suelo.


Porque existe un instante
entre el último derrumbe
y el primer paso,
donde el silencio
olvida nuestro nombre
y el tiempo
permanece inmóvil,
esperando
que el alma decida
si volverá a levantarse.


No hay victoria.


No hay respuestas.


Ni siquiera esperanza.


Solo un pecho
que recuerda,
lentamente,
el antiguo oficio
de respirar.


Entonces comprendí
que el aire
nunca había dejado de existir.


Era yo
quien respiraba
a través de mis heridas,
como si el dolor
fuera el único pulmón
capaz de mantenerme con vida.


Y toda herida,
si permanece demasiado tiempo,
termina creyéndose
el centro del cuerpo.


Hasta que un día,
sin anunciarse,
la vida
encuentra una grieta distinta
por donde entrar.


No desaparecieron
las cicatrices.


Tampoco el peso.


Las cenizas
continuaban pronunciando
su antiguo idioma.


Los huesos
seguían recordando.


El eco
todavía repetía
la gravedad
de cada caída.


Nada de aquello
había cambiado.


El que cambió
fui yo.


Porque ya no caminaba
para escapar
de mi propia sombra.


Caminaba
para alcanzarme.


Entonces tomé
la primera respiración
que no pidió permiso
al pasado.


Y comprendí
que renacer
no consiste
en olvidar las ruinas,
ni en borrar
la memoria del incendio.


Renacer
es permitir
que la luz
aprenda a vivir
sobre aquello
que el dolor
creyó inhabitable.


Porque el peso
nunca abandona
la existencia.


Solo deja
de gobernar
el nombre
de quien ha aprendido
a cargarlo.



Con este poema concluye «El Peso», la primera sección de mi próximo libro, Lágrimas de Plomo.

Ha sido un recorrido por la caída, la herida, la memoria, las cenizas y el lento proceso de transformación que convierte el dolor en conciencia.

La próxima publicación abrirá la segunda sección del libro, «El Filo», con el poema:

La obediencia del acero.
 
Última edición:
El hombre
no renació
cuando dejó de caer.


Renació
cuando dejó
de temerle
al suelo.


Porque existe un instante
entre el último derrumbe
y el primer paso,
donde el silencio
olvida nuestro nombre
y el tiempo
permanece inmóvil,
esperando
que el alma decida
si volverá a levantarse.


No hay victoria.


No hay respuestas.


Ni siquiera esperanza.


Solo un pecho
que recuerda,
lentamente,
el antiguo oficio
de respirar.


Entonces comprendí
que el aire
nunca había dejado de existir.


Era yo
quien respiraba
a través de mis heridas,
como si el dolor
fuera el único pulmón
capaz de mantenerme con vida.


Y toda herida,
si permanece demasiado tiempo,
termina creyéndose
el centro del cuerpo.


Hasta que un día,
sin anunciarse,
la vida
encuentra una grieta distinta
por donde entrar.


No desaparecieron
las cicatrices.


Tampoco el peso.


Las cenizas
continuaban pronunciando
su antiguo idioma.


Los huesos
seguían recordando.


El eco
todavía repetía
la gravedad
de cada caída.


Nada de aquello
había cambiado.


El que cambió
fui yo.


Porque ya no caminaba
para escapar
de mi propia sombra.


Caminaba
para alcanzarme.


Entonces tomé
la primera respiración
que no pidió permiso
al pasado.


Y comprendí
que renacer
no consiste
en olvidar las ruinas,
ni en borrar
la memoria del incendio.


Renacer
es permitir
que la luz
aprenda a vivir
sobre aquello
que el dolor
creyó inhabitable.


Porque el peso
nunca abandona
la existencia.


Solo deja
de gobernar
el nombre
de quien ha aprendido
a cargarlo.



Con este poema concluye «El Peso», la primera sección de mi próximo libro, Lágrimas de Plomo.

Ha sido un recorrido por la caída, la herida, la memoria, las cenizas y el lento proceso de transformación que convierte el dolor en conciencia.

La próxima publicación abrirá la segunda sección del libro, «El Filo», con el poema:

La obediencia del acero.
Buen poema, compañero, bienvenido a mundopoesía. Saludos.
 
El hombre
no renació
cuando dejó de caer.


Renació
cuando dejó
de temerle
al suelo.


Porque existe un instante
entre el último derrumbe
y el primer paso,
donde el silencio
olvida nuestro nombre
y el tiempo
permanece inmóvil,
esperando
que el alma decida
si volverá a levantarse.


No hay victoria.


No hay respuestas.


Ni siquiera esperanza.


Solo un pecho
que recuerda,
lentamente,
el antiguo oficio
de respirar.


Entonces comprendí
que el aire
nunca había dejado de existir.


Era yo
quien respiraba
a través de mis heridas,
como si el dolor
fuera el único pulmón
capaz de mantenerme con vida.


Y toda herida,
si permanece demasiado tiempo,
termina creyéndose
el centro del cuerpo.


Hasta que un día,
sin anunciarse,
la vida
encuentra una grieta distinta
por donde entrar.


No desaparecieron
las cicatrices.


Tampoco el peso.


Las cenizas
continuaban pronunciando
su antiguo idioma.


Los huesos
seguían recordando.


El eco
todavía repetía
la gravedad
de cada caída.


Nada de aquello
había cambiado.


El que cambió
fui yo.


Porque ya no caminaba
para escapar
de mi propia sombra.


Caminaba
para alcanzarme.


Entonces tomé
la primera respiración
que no pidió permiso
al pasado.


Y comprendí
que renacer
no consiste
en olvidar las ruinas,
ni en borrar
la memoria del incendio.


Renacer
es permitir
que la luz
aprenda a vivir
sobre aquello
que el dolor
creyó inhabitable.


Porque el peso
nunca abandona
la existencia.


Solo deja
de gobernar
el nombre
de quien ha aprendido
a cargarlo.



Con este poema concluye «El Peso», la primera sección de mi próximo libro, Lágrimas de Plomo.

Ha sido un recorrido por la caída, la herida, la memoria, las cenizas y el lento proceso de transformación que convierte el dolor en conciencia.

La próxima publicación abrirá la segunda sección del libro, «El Filo», con el poema:

La obediencia del acero.
El proceso de renacimiento personal tras una crisis profunda, que sea para bien.

Saludos
 

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